miércoles, 30 de noviembre de 2011

La vida


La vida se condensó en 3.600 gramos y un gemido, ni tan siquiera hubo un llanto. Aquello, sin lugar a dudas, ya vendrá después. El centro de atención, los primeros minutos del futuro, el sueño ausente de preocupaciones, una mueca que todos interpretamos como una sonrisa y la luz que impidió enseñar el color de los ojos con los que se hubieran terminado de confirmar los parecidos.

La madre, bien, gracias. Pasó a un segundo plano; cosida transversalmente, con los nervios de una primeriza sin serlo y unos cuantos quilos menos. Con la risa floja y las lágrimas de emoción e inquietud en los ojos. Mirando sin ver y con el único anhelo de llevar a sus brazos a la que durante nueve meses estuvo en su seno.

La emoción contenida y el desasosiego vencido por el paso del tiempo y la certeza. La vida demostrando su esplendor, enseñando la inocencia que no deberíamos perder nunca, la necesidad de sentirte protegido y la esperanza del porvenir.

Varias generaciones en torno a un gesto, a un guiño, todos con cara de enamorados, con la baba colgando hasta tropezar y los relojes detenidos, porque en aquel momento nada importaba más que aquello. Sólo el sonido del teléfono y los flashes de las cámaras rompían el embelesamiento. Risas, miradas de complicidad y una protagonista extraña al evento.

Su hermana mayor emocionada y ajena a la responsabilidad que está por llegar, los abuelos nerviosos, no menos que el padre, y los tíos pensado en los regalos de navidades y en cómo mal criarla.

Y mientras, Elsa a lo suyo. Deseando que nadie la molestara, intentado averiguar por qué la sacaron de aquel lugar en el que se encontraba tan a gusto, ausente de compromisos y explicaciones, feliz sin saberlo.

Cincuenta y un centímetros de vida que se alargarán con el paso del tiempo, que llenarán de esperanza nuestros rincones más oscuros y nos robarán el corazón. Con los que nos reiremos cientos de veces desando que no crezcan nunca para no perder su pureza y con los que volveremos a ser niños sin saberlo. Esos mismos que lograrán que siempre nos sintamos vivos.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

25 años no son nada


Mientras todos reían eché mi silla hacia atrás, tomé un poco de distancia y los observé. Los fui mirando uno a uno y tuve la sensación de que el tiempo pareció detenerse años atrás. Alguno peinaba menos pelo, un par de ellos ni tan siquiera eso, otros muchos una cuantas canas, varias barrigas asomaban, las menos, muchas responsabilidades a cuestas y unas cuantas cargas. Más experiencias que entonces y menos recorrido por delante, la ilusión de aquellos días modificada, transformada por el paso de los años y las cicatrices.

Por un momento me sentí lejos de aquel lugar que tantos recuerdos nos proporcionó, me llevé a cuestas el tiempo transcurrido y la memoria. Recordé aquellas tardes en el Ferral, ausentes de responsabilidades, o eso creíamos, con el único propósito de la diversión, con la bebida como herramienta y el futuro como testigo, aquellos días lejanos, cuando éramos los reyes del mambo.

Cuando Alicia vomitó la chupa nueva de Toño, que quiso ser un caballero de propósito oculto para ella y evidente para todos nosotros y terminó maldiciendo su señorío. Cuando aquella curva me mandó al suelo con la moto del Tocho, el mismo día que Viejo casi le abre la cabeza a Marta Raquel al dejarla caer sobre la vieja mesita, ese día en el que Richy le quiso “quitar” la novia a Chema, o eso decía él.

No debió ser el mismo en el que Gelín casi mata a Morales después de que éste lo posara sobre las brasas de la barbacoa, pero si fue el día en el que Arturo se comportó como nuestro hermano mayor y David añadía una nueva hazaña amorosa a su historial. Quizás fue ese, u otro diferente, en el que Fernando nos perseguía para besarnos en la boca y a Veloso se le entendía mejor borracho que sobrio, aunque esto no ha cambiado.

Josines empezaba a construir su leyenda mientras ninguno de nosotros quería sentarse a su lado, no fuera que nos quedásemos sin comida. Javi, como siempre que la luz se atenuaba, esperaba agazapado el momento del zarpazo. Y aquel pudo ser el año en el que Andrés utilizó un burladero de la plaza de toros para dormir la mona durante un concierto de Radio Futura; después de que Juan nos bajara a León con una de las ruedas de su Opel Corsa pinchada

Alguna gracia de Morales mientras se metía con Fami y sus rollos me trajo de nuevo allí, veinticinco años después, con aquellos mismos tipos, los de entonces y los de ahora, los mismos que hemos caminado de la mano hasta hoy y que tienen el propósito de regresar al mismo lugar dentro de otros veinticinco.

Agosto

Apoyó su espalda sobre la pared, dejó que ésta se fuera deslizando hasta posar su culo sobre el suelo. Hacía años que no estaba allí, demasiados, había dejado olvidados unos cuantos recuerdos, aquello olía a viejo, a pasado, a cierta reminiscencia, a nostalgia. Las cuencas de los ojos se le llenaron de lágrimas, lágrimas de felicidad, se sentía vivo, ausente, ajeno, alejado pero vivo.

Le hubiera gustado compartir aquel momento con ella, disfrutar de sus ojos y su sonrisa. Susurrarle al oído todos sus secretos, una vez más. Advertirle de los peligros, prometerle el infinito a sabiendas de su falta de compromiso, acariciar su mejilla y reír juntos. Deseaba que asi fuera, pero hacía tiempo que las cosas habían cambiado. Ella ya no estaba, hubo una temporada en la que fue distinto, una época en la cual lo compartieron todo, un espacio en el que no hubo lugar para nadie que no fuera ellos. Otro tiempo, el pasado.

Pudo ver el mar a lo lejos, sentir el golpeo de las olas en su cabeza, imaginar la luna llena en aquellas noches de largos paseos, su mano, las huellas de sus pisadas, el agua, las viejas rocas castigadas por el paso de los años y el viento, su sonrisa, siempre su sonrisa.

Aquella que le cautivó, la misma que le hizo perder el control, la del chantaje y la complicidad, la del amor eterno y a la vez vacío de significado, la de las dudas, la del temor y el cariño, aquella que decía no me olvides nunca y te esperaré siempre. Esa, la que nunca fallaba y levantaba el ánimo, aunque fuera embustera y canalla, simplemente, su sonrisa.

Y mientras, el mundo en un baúl, guardado, como si su existencia fuera cosa de mayores. Tapado con aquellas mantas de lana para evitar que respirara, con la tapa echada y los candados cerrados, no fuera nadie a estropear aquel sueño. El mismo que les tenía cautivos, presos, faltos de aliento y sobrados de esperanzas.

Se juraron amor eterno, se prometieron las estrellas, el se vio capaz de bajarlas para ella, besó sus labios en señal de compromiso, ella sonrió, otra vez su sonrisa, el corrió hacia un extremo de la playa, ella le siguió, se obligó a no olvidarle y él lloró. Ahora es noviembre, y el verano hace tiempo que acabó.

lunes, 12 de septiembre de 2011

Sin pudor

Existen comportamientos completamente inaceptables, aquellos que no admiten matices, tan vergonzosos, y realizados con tan poco disimulo, que suponen una ofensa a la inteligencia y al espíritu deportivo.

Así se comportó ayer Francia, de manera inadmisible e indigna. Con su seleccionador Collet a la cabeza, no sé si como ideólogo o como ejecutor de un paripé insultante.
Reservó a sus dos principales figuras: Noah y Parker, quien no dejó de bostezar. Realizó una dirección de partido impropia en un técnico de su categoría y mantuvo una actitud en la banda más acorde a un domingo de playa que a un campeonato de Europa.
La mañana ya anunciaba algo parecido, el “pretigioso” L´equipe marcaba el camino a seguir. Indicaba que ganar sería poco inteligente, puesto que la derrota, previsiblemente, proporcionaría mejores cruces hasta la final. De este modo se evitarían las consecuencias que se produjeron hace dos años tras la fatídica canasta de De Colo. El único pero era que los españoles pensaran lo mismo.
Como entrenador me resulta imposible pensar que un colega pueda dar instrucciones de manera explícita para no ganar un partido; pero después de lo de ayer albergo mis dudas.
Si esto fuera cierto, en condiciones normales, la autoridad moral de un entrenador quedaría ultrajada ante sus jugadores. Circunstancia minimizada si éstos se convierten en cómplices.
La actitud de Francia, invicta hasta ayer, deja al descubierto las vergüenzas de un equipo menor, que especula con los posibles cruces buscando el camino teóricamente menos complicado hasta la final.     
Habría que preguntar a todos aquellos que halagan la inteligencia práctica de Francia, qué pensarían si España hubiera hecho lo mismo. Afortunadamente ese debate no existe, ya que nosotros tenemos un cuerpo técnico y un grupo de deportistas de los que podemos sentirnos muy orgullosos.
Habrá que ver cómo le sale la jugada a los franceses, porque tengo la impresión de que igual, los que más se ríen son los griegos.

domingo, 11 de septiembre de 2011

El día que cambió el mundo

Sentado frente al televisor, mientras me retorcía en aquel incómodo sofá, oía de fondo a mi novia que se estaba preparando para ir a la playa. El teléfono sonó casi al mismo tiempo que aparecía en pantalla el pálido rostro de Matías Prats.

Diego Tobalina, que era quien estaba al otro lado, requería mi atención sobre lo que estaba ocurriendo. “¿Has visto? ¡Un avión se ha estrellado contra una de las Torres Gemelas!”. Casi sin tiempo para responder, observamos como otro avión impactaba contra la otra torre. 
Pilar se disponía a salir por la puerta cuando la llamé para que viera lo que estaba pasando; se fue a la playa pensando que aquello simplemente era un accidente, muy extraño por el hecho de que fueran dos los aviones que se habían estrellado, pero un accidente al fin y al cabo.

El sopor se había esfumado y el estupor hacía tiempo que se había apoderado de Diego, que seguía al otro lado, y de mi. La información era contradictoria, un tercer avión caía en Pensilvania y un cuarto se estrellaba contra el Pentágono.

La hipótesis de un atentado terrorista cobraba cada vez más fuerza, aunque nadie quería, ni podía pensar, que la mente del ser humano puede envolver tanta crueldad.
Ninguno de nosotros imaginaba que aquella masacre cambiaría el mundo. Los Estados Unidos, hasta entonces potencia inexpugnable, había sufrido el mayor atentado terrorista de su historia a manos de unos extremistas que amenazaban el orden y la paz de occidente.

Hubo un antes y un después del 11 de septiembre de 2001. El mundo cambió a nivel político, económico y social. La seguridad se convirtió en una obsesión y el planeta se partió en dos.

Todos nos sentimos conmocionados, nadie podrá olvidar aquellas imágines y aún hoy, un escalofrío recorre mi cuerpo al verlas de nuevo.
A pesar de ello, y de la barbarie que supuso aquella masacre, no puedo dejar de pensar que todas las víctimas de atentados terroristas son inocentes, pero no todas las muertes valen lo mismo.

martes, 6 de septiembre de 2011

La duda ofende


Somos un país muy dado a las exageraciones, tan pronto nos instalamos en el pesimismo como hacemos de la euforia nuestro hábitat natural. Hemos pasado de tener un cierto complejo de inferioridad a sentirnos superiores a la inmensa mayoría. Nuestro nivel de exigencia roza la intransigencia. Nos permitimos el lujo de opinar sin los argumentos y conocimientos necesarios.

Es algo sustancial en nuestro modo de ser, como los toros, la paella, los domingos de fútbol o el tinto de verano.

De un tiempo a esta parte nos hemos convertido en una referencia a nivel mundial en cuanto a deporte se refiere. Ganamos en muy diferentes disciplinas, cada fin de semana nuestros deportistas nos proporcionan multitud de alegrías, tenemos referencias a nivel mundial, pero, en el momento del fallo, no mostramos el más mínimo atisbo de comprensión o empatía.

La selección española de baloncesto ha supuesto el ejemplo perfecto. Hace un par de días, en un extraordinario partido contra Lituania (especialmente durante los primeros dos cuartos), los halagos corrían por las redes sociales, llenaban informativos y ocupaban portadas de periódicos. Ayer, tras el nefasto último cuarto contra Turquía (subcampeón mundial), la alabanza se convirtió en desprecio.

Es cierto que, probablemente tengamos la mejor selección de todos los tiempos. Talento por arrobas, capacidad atlética, conocimiento del juego, experiencia y juventud. Seguramente nuestro mejor nivel sea superior al de cualquier otro equipo de este europeo, pero existen selecciones de primera categoría que están muy cerca de nosotros.  
Hoy se oye que Ricky Rubio está acabado (con 20 años), que es un invento mediático. Que Calderón es un pasota y hace años que no rinde al nivel esperado (habrá que repasar el primer tiempo contra Lituania), que a Felipe se le pasó el arroz, que Llull es una cabra loca y que Pau va al 50% y no defiende el bloqueo directo central. ¡Hay que joderse!

Así estamos, desquiciados porque una docena de niñatos que se han creído los mejores y se han aburguesado. Con una ausencia de compromiso insultante, defendiendo sólo cuando quieren y, además, dirigidos por un incapaz que lo único que hace es limitar su libertad de juego y encorsetar su talento. No resulta Scariolo uno de mis favoritos, pero ya empató con unos cuantos como para tener que pasar un examen diario.

Nos hicieron campeones del Mundo, de Europa y subcampeones Olímpicos. Nos han hecho disfrutar, sentir orgullosos, ser una referencia a nivel mundial y convertirnos en el enemigo a batir.
Desconfiar de su compromiso no es justo, poner en cuestión su talento es una ofensa a la inteligencia y al sentido común. Por eso, yo, me he prometido no volver a dudar.

miércoles, 17 de agosto de 2011

Sin vuelta atrás

Hoy he guardado la pizarra en la última repisa de una de las estanterías del trastero. Decidido a emprender un camino sin retorno. Dispuesto a cruzar, como dice mi amigo el de los salmones, una línea que me impedirá volver atrás.

No ha resultado sencillo tomar tal decisión, como tampoco lo ha sido el verano. Esperando una llamada que me colocara de nuevo en órbita, buscando un hueco por el que colarme, un lugar en el cual pudiera volver a sentir todas esas sensaciones que únicamente racionalizamos los entrenadores.

Lamentablemente el teléfono sonó pocas veces, y lo que oí al otro lado, en una par de ocasiones, no me satisfizo. Una por considerar el proyecto deportivo inapropiado, la otra, porque se alejaba desproporcionadamente de los mínimos económicos que considero razonables.

Las que me agradaban no llegaron, aunque en algunas se estuvo cerca, al final, por uno u otro motivo, será otro quien se ponga el chándal y agarre el silbato.

Entre tanto nació una propuesta de donde uno menos lo espera, surgió de una relación que de profesional pasó a personal y desde Miami, mi amigo Carlos Ayesa, me invitó a ser socio de su empresa y dedicarme a la representación de jugadores.

La idea y las circunstancias martillearon mi cabeza sin respiro, tomé distancia para analizar la propuesta. Dudé como nunca lo he hecho en mi vida. Por un lado sentía que podía dejar pasar una excelente oportunidad laboral, un proyecto enormemente atractivo, cargado de vida y futuro, dotado de estabilidad y basado en la confianza. En el otro lado de la balanza un desgarro interno, una cierta desazón y un poso de frustración al pensar en abandonar el sueño por el que tanto he luchado. La cabeza contra el corazón.

Echaré de menos todo, construir el equipo, planificar la pretemporada, preparar cada entrenamiento, el vestuario, la tensión de los partidos, las ruedas de prensa, la relación con los jugadores y el cuerpo técnico, los viajes, y por supuesto ganar, e incluso, perder.

Me paso al lado oscuro, donde los agentes, al igual que los políticos, son considerados "todos iguales". Gente sin escrúpulos que te "apuñalan" por un puñado de euros, desleales hasta con sus propios clientes, con un cierto toque mafioso en algunos casos y con la conciencia muy laxa en otros muchos. Claro que existen fulanos semejantes, como el que me cerró la puerta en Orense este verano hablando pestes sobre mi y terminando de certificar lo que ya pensaba de él.

Pero también hay unos cuantos que son honestos, y mucho, como Carlos, Rubén, Guillermo, Fabio, Javier o Rafa. Para este último una mención especial, por lo mucho que me ha ayudado este verano, por volcarse en mi colocación y hacer de ella, casi, algo personal. Muchas gracias, Falo.

Ahora serán otros los que estén pendientes de mis llamadas, procuraré, por todos los medios, no fallarles. Pensando que ellos vivirán una situación que no me resultará ajena. Trataré de devolver multiplicada la confianza que Ayesa ha depositado en mí. Y, por supuesto, jamás me convertiré en lo que tantas veces he detestado.





martes, 9 de agosto de 2011

Que los árboles no nos impidan ver el bosque


Quedan un par de horas para que la selección española de baloncesto inicie su camino de partidos amistosos que desembocarán en el campeonato de Europa que se celebrará en Lituania. Hay ganas de baloncesto, hay muchas ganas de Equipo Nacional.

El verano no ha podido ser más productivo en cuanto a medallas se refiere. A excepción del resbalón del equipo sénior femenino, las alegrías han ido llegando semana tras semana sin apenas darnos tiempo para respirar. Han sido tres oros, una plata y un bronce. Repartidos en los campeonatos de Europa U20 masculino y femenino, en el U18 masculino, en el Campeonato de Mundo U19 femenino y en el europeo U16 masculino.

El futuro parece estar en buenas manos, chicas y chicos de enorme talento, dueños de un desparpajo y una entrega fuera de lo normal. Siendo conscientes de su condición de favoritos en algunos casos, pero con la humildad imprescindible para llevar a cabo ese papel.

Buena culpa de todo eso la tienen los Gasol, Navarro, Calderón, Rudy y compañía. Jugadores de una dimensión desconocida hasta entonces en nuestro país que terminaron de abrir la senda que en su día nos enseñaron Epi, Iturriaga, Martín, Solozabal o Romay.

Han llevado a nuestro deporte a las primeras páginas de los diarios, los informativos abren con sus hazañas y la gente hace cola para verles jugar o llegar al hotel de concentración. Su compromiso llama tanto la atención como su juego, con el que han creado una seña de identidad difícilmente imitable.

Nos han hecho campeones de casi todo, y si no hubiera sido por todos aquellos pasos que no se pitaron, hoy serían campeones de todo. Nos hicieron madrugar, trasnochar, comernos las uñas, saltar de los sillones y, sobre todo, nos emocionaron y llenaron de orgullo.

Lamentablemente para nuestro deporte no todo son buenas noticias. Algunos clubes ACB pasan por momentos muy delicados a nivel económico, unos cuantos han entrado en concurso de acreedores y unos pocos aún adeudan nóminas de la temporada pasada.

El panorama en el baloncesto FEB es aún mucho más desolador, la web especializada Solobasket ofrece en el día de hoy un dato concluyente, desde la temporada 2007/08, las ligas Adecco han tenido una reducción de equipos equivalente al 45%, de los 53 que recorrían la geografía española por entonces, hemos pasado a los 29 que hay en la actualidad; a la espera de que la LEB Plata cierre su segunda ampliación del plazo para la entrega de aval y documentación.

Los éxitos de las respectivas selecciones diseñan un futuro esperanzador, pero sobre lo que no hay duda, es que, los árboles no nos pueden impedir ver el bosque.

martes, 28 de junio de 2011

Al borde del precipicio


No presenta buen aspecto la orina del enfermo. No hace falta someterla a un análisis para confirmar que algo no va bien, basta con seguir un poco la actualidad para darse cuenta que, si alguien no lo remedia, el caos se hará cargo de la situación.

El deporte europeo profesional vive un momento de serias dificultades, ni tan siquiera el fútbol se libra del drama, muy al contrario. Las deudas ahogan a infinidad de clubes que no saben cómo salir de una situación que, en gran medida, ellos han generado.

La creación de las sociedades anónimas deportivas, allá a principios de los noventa, parecieron la solución a la mala gestión realizada por muchos de los regentes de aquella época. Veinte años después ha quedado demostrado que, ni por asomo, aquello supuso el remedio que se esperaba. Y para muestra un botón, aquel año de las magníficas olimpiadas disputadas en Barcelona, los clubes españoles de fútbol acarreaban con una deuda aproximada de 172 millones de euros, al día de hoy supera los 4.000.

El dato es escalofriante y deja de manifiesto la pésima gestión realizada por los administradores de estos equipos. Ninguno de nosotros puede pensar en gastar un céntimo de euro más de lo que entra en nuestras casas por muy maltrecha que esté nuestra economía doméstica. Al final, se termina haciendo de la necesidad virtud. Y ni por asomo se piensa en tener deudas con la seguridad social o hacienda. La angustia sería nuestra inseparable compañera de viaje, el desahucio una realidad acechante y el futuro la peor de nuestras pesadillas.

Por el contrario, los clubes viven ajenos a estas obligaciones, adeudan mensualidades como quien colecciona sellos, el cumplimiento con el erario público es algo que les resulta lejano y la responsabilidad no habita en sus diccionarios.

Y con menores deudas pero al borde del precipicio se encuentra el baloncesto, el balonmano o el voleibol de media Europa. Ya no se oyen tantas risas y no se gasta con la misma alegría. Ahora el drama nos toca a todos de cerca, nadie puede mirar hacia otro lado y sentir indiferencia por lo que está sucediendo.

Otra vez fue el dichoso mercado el que nos trajo hasta este punto. Ese ente etéreo que nadie controla y que constantemente nos esta jodiendo. Ese mismo que hace que se paguen cantidades obscenas, aquel que te obliga a gastar más de lo que ingresas porque sino siempre irás sentado en el furgón de cola.

Llegó el momento de tomar contacto con la cruda realidad, asumir que estamos viviendo por encima de nuestras posibilidades, reaccionar, obrar en consecuencia y asumir responsabilidades. Sólo espero que no sea demasiado tarde.

miércoles, 15 de junio de 2011

Por el regreso a la cordura


Decir que el Real Madrid no pasa por sus mejores momentos resulta una obviedad. Lejos parecen haber quedado aquellas épocas de gloria en las que el equipo blanco se hacía con la mayoría de los títulos por los que competía.

La sensación que se percibe desde fuera es que el club vive una situación convulsa. Mou y Valdano se tiran los trastos a la cabeza, Messina decide irse en el momento más importante de la temporada, Florentino Pérez termina decantando la balanza del lado del portugués y le muestra la puerta de salida a su, hasta entonces, hombre de confianza.

Para más inri, el Barcelona arrasa en todas la secciones, gana títulos de liga, copas de Europa, del Rey y Supercopas. Pero ese no es el peor de los males del Real Madrid, lo realmente preocupante es el hecho de que en Can Barça tienen un modelo con el que se han ganado la admiración de todo el planeta.

Por el contrario, el Madrid navega sin rumbo fijo, con la sensación de ir a golpe de timón, sumergido en una constante zozobra y un clima de inseguridad e incertidumbre alarmante. La moral de sus seguidores se resquebraja por momentos y el desánimo hace tiempo que se apoderó de la parroquia.

La sección de fútbol presenta síntomas de mejoría, han ganado la Copa del Rey después de casi dos décadas, han quedado a un paso de la final de la Champions y han sido subcampeones de liga. Además, los entendidos en la materia dicen que las segundas temporadas de Mourinho son mejores.

Por el contrario, la sección de baloncesto parece ir a la deriva. Se contrato a uno de los mejores entrenadores de Europa, por fin la ilusión llegó a las gradas, la depresión parecía quedar atrás, pero pronto empezaron las dudas. Todo han sido problemas, desde la Caja Mágica hasta el último de los fichajes.

Incluso, muchos se atrevieron a criticar encarnizadamente a Messina, como si se tratara de un inútil, cuando su trayectoria y capacidad está fuera de toda duda y alcance de muy pocos. La presencia en la final four tras más de una década alejados de los mejores equipos europeos parecía el inicio de la resurrección, nada más lejos de la realidad.

Aquello resultó un desastre, aunque menor que el que supuso la eliminación por parte del Bilbao en las semifinales de liga. A partir de ese momento se ha alimentado la rumorología gracias a la ausencia de una hoja de ruta establecida.

Se antoja imprescindible el fichaje de un entrenador que sea capaz de hacerse con el dominio de la nave, alguien al que se deje trabajar en paz, sin constantes injerencias y que desde el sosiego y la cordura termine con la inestabilidad que vive la sección. Para terminar, un dato demoledor: en las últimas diez temporadas, 7 entrenadores para conseguir 2 ligas ACB y una ULEB. Sobran las palabras.

martes, 14 de junio de 2011

La última parada de un viaje extraordinario


La televisión primero, e internet después, han logrado que todos estemos un poco más cerca. Nos han proporcionado la posibilidad de visitar lugares sin ni tan siquiera salir de casa. Nuestra imaginación nos ha transportado, en más de una ocasión, a esa ciudad que tantas veces deseamos visitar. Nuestra memoria fotográfica nos ha permitido reconocer calles en las que nunca estuvimos anteriormente. Todos estos condicionantes reducen la capacidad de asombro, el sentimiento de fascinación.

Algo así fue lo que me ocurrió con Nueva York, esperaba comportarme como Paco Martínez Soria, la misma expresión de perplejidad, a falta de la boina y la gallina. No negaré que me pareció una ciudad excepcional, sobrecogedora y enormemente bulliciosa, pero "Españoles por el mundo" y "Callejeros viajeros" habían hecho desaparecer el elemento sorpresa.

Es un lugar para perderse en él, para mimetizarse con el paisaje y pasar inadvertido, para deslizarse por sus calles y mirar al cielo sin apenas poder ver el sol, para caminar por Central Park mientras imaginas que eres el protagonista de Love Story, para pasear por la quinta avenida como si estuvieras hecho para vivir en ella. Es una ciudad para eso y para mucho más. Pero esperaba quedarme boquiabierto con Rockefeller Center o con la estatua de la Libertad, y no fue así.

A cambio de la falta de pasmo estuvieron las risas, el descojono más bien. Rubén dejó de ser él para convertirse en el pájaro carpintero, Ochogavia pasó a ser el oso Yogi y allí, en la parte final de nuestro viaje, incorporamos a Dani, más conocido por el mago de las finanzas o Roger, por su extraordinario parecido con Federer.

Aquel hotel neoyorquino da para un libro. Dos camas king size a compartir, habitación sin espejo, lavabo incrustado en una esquina de la habitación, tipo Ikea, aprovechando el espacio, ducha último modelo con cortina especial para que todo el agua saliera cual manantial, vamos, un poema.

Las noches fueron épicas, para que las camas no chirriaran había que contener la respiración, algo que se complicaba cuando te quedabas dormido. El más mínimo movimiento provocaba un crujido estremecedor, el oso Yogi se quedaba sopa boca arriba y comenzaba con la serenata, el mago de las finanzas le acompañaba a capela, el pájaro carpintero emitía su chasquido llevado por su desatada mala hostia, ruido que hacía más agudo a medida que los ronquidos aumentaban.

Mientras, yo, asistía perplejo a un espectáculo inigualable. Mi liviano sueño me permitió no perder detalle de tamaño acontecimiento, cada noche una sinfonía, cada minuto un nuevo espectáculo, ni tan siquiera el Radio City Music Hall está a la altura de lo que se vivió en aquel hotel de la 3ª avenida.

Fueron días muy divertidos, el perfecto colofón para un viaje perfecto. Y no negaré que si quedé impresionado con la grandeza de Central Park, con las luces de Times Square y con aquellos tres sensacionales tipos que hicieron de Nueva York una ciudad que no aparece en las guías.

lunes, 13 de junio de 2011

Justicia poética


No sigo mucho la NBA, los partidos se me hacen interminables, y a esas horas los párpados deberían estar sujetos por pegamento para evitar que se cerrasen. Tampoco me gusta el exceso de individualismo ni la simulación defensiva que realizan muchos equipos durante la temporada regular.

Ni mucho menos soy de aquellos que dicen que no es baloncesto puro como el que se practica en Europa, quizás tenga razón mi amigo el de los salmones (¡qué de tiempo sin citarte!) y todo cambie si se ve con el horario de la costa este y con una Samuel Adams bien fría que refresque el gaznate.

Hubo una época en la que Bird, Isiah Thomas y Magic me robaron muchas horas de sueño, la culpa también la tuvo Trecet y su famoso: “Cerca de la estrellas”, toda la semana esperando escuchar el Faith de George Michael que daba paso al espectáculo. Los ´80 estaban dando sus últimos coletazos y aquel programa nos abría una ventana a un mundo que, hasta entonces, solamente habíamos conocido gracias a Gigantes.

Hace unas semanas, sentado en una butaca del Toyota Center, mientras presenciaba un Rockets-Spurs, recordaba que no veía un partido completo desde aquella época. En más de una ocasión un tiempo muerto me echó del sofá a la cama y en otras muchas ni tan siquiera hubo tiempo de que aquello ocurriera.

Ahora, que por diferentes motivos mi vida se va acercando cada día un poco más al continente americano, los Dallas Mavericks me han hecho recuperar la ilusión por el juego NBA. El baloncesto, como la vida, no siempre es justo con quien lo merece, por eso, cuando suceden acontecimientos como el de anoche uno siente que existe una cierta justicia poética.

Para Nowitzki y Kidd parecían quedar lejos los días de gloria, nadie contaba con ellos al inicio de la temporada, Lakers, Spurs, Celtics y, por supuesto, Heat se hacían con el cartel de favoritos. Estos últimos habían logrado reunir a tres grandes estrellas como Wade, Bosh y James, después de que este último protagonizara una polémica y estrambótica salida de Cleveland.

Afortunadamente, el juego colectivo de los Mavs les ha dado la victoria frente a las individualidades de Miami. Para Kidd y Nowitzki se cierra un círculo, el primero se proclama por primera vez campeón de la NBA con el equipo que le eligió en la primera ronda del draft allá por el año ´94. El alemán hace lo propio tras haber sido fiel a la franquicia tejana durante los últimos 12 años, tantos como los que lleva en la liga americana.

Por el contrario, en la soleada Miami, el astro rey no hará acto de presencia en las próximas semanas. Muchos son los que se alegran de la victoria de Dallas, pero hay tantos o más que disfrutan del fracaso de los Heat. Lebron James, al que Pippen llegó a situar al mismo nivel de Michael Jordan, (¿qué se habría tomado para hacer tal afirmación?) tendrá que esperar para hacerse con un anillo.

Mientras, el baloncesto nos ha devuelto una época casi olvidada. Si esto continúa así, prometo ver más partidos de la NBA.


miércoles, 8 de junio de 2011

El recuerdo de un genio


Su carácter no dejaba indiferente a nadie, sobre su talento no existía debate, sencillamente, era un genio. Tenía un dominio de balón al alcance de muy pocos y una capacidad anotadora demoledora. Con frecuencia acusado de individualista, marcó una época en el baloncesto europeo. Fue un jugador diferente, determinante, imparable en muchos momentos, desquiciante para la defensa y el público rival, un provocador, un ganador.

Épicos fueron aquellos duelos contra el Real Madrid en los que el genio de Sibenik nos desesperaba, la rabia se apoderaba de nosotros una y otra vez. Mientras observábamos atónitos sus canastas imposibles, nuestro cerebro era incapaz de procesar todos los improperios que nuestra boca escupía ante sus constantes afrentas. Sus gestos, sus risas provocadoras, sus muestras de superioridad apoyadas en la complicidad de su hermano hacían de la impotencia el peor sentimiento posible.

Siete títulos jalonan sus cuatro temporadas en la Cibona, entre ellos dos Copas de Europa. Ejerciendo un poder casi tiránico en la antigua Yugoslavia, Europa se rindió a sus pies, era el hombre de moda, el dominador absoluto del baloncesto continental. Y, como en otras tantas ocasiones, si no puedes vencer a tu enemigo debes aliarte con él. Eso debió pensar Ramón Mendoza cuando puso en movimiento toda su artilleria para ficharlo.

Aquel chico de cabello rizado, correr peculiar y mano de seda, aquel que había puesto en entredicho la jerarquía del Real Madrid, el mismo que arengaba al público de Zagreb con gestos provocadores, ese que se mofaba del contrario jugando a pasarse el balón en el medio del campo con su hermano como si estuvieran en el patio de su casa, vestiría la camiseta blanca.

Solamente un año duró aquella aventura, el Madrid se hizo con la Copa del Rey y con la Recopa de Europa en aquella memorable final contra el Snaidero de Caserta donde Petrovic anotó 62 puntos y Oscar Schmidt 44.

Después se iría con los mejores, tras una temporada en Portland, donde no supieron apreciar su talento, fichó por lo Nets de New Jersey. Allí, como en todos los lugares en los que estuvo, se convirtió en un ídolo de masas. Despertó a una franquicia que vivía en el letargo, a un público aburrido de asistir al campo para ver perder a su equipo noche tras noche, haciéndoles soñar con la posibilidad de dejar de ser el vecino pobre.

Desgraciadamente, una accidente de coche se lo llevó en una carretera alemana, justo en el momento en el que su carrera estaba en la cima, casualmente el mismo día que le caducaba el carne de identidad. Ahora, cuando se cumplen dieciocho años de aquella tragedia, el número 3 colgado del Prudential Center nos recuerda a la leyenda.

jueves, 19 de mayo de 2011

Yo, también estoy indignado


Cuando pensé en el nombre de este blog varias fueron las posibilidades que rondaron en mi cabeza. Quería escribir sobre baloncesto, pero no siempre, quería hablar de aspectos relacionados con mi profesión, pero no de zonas, ni bloqueos directos. Pretendía expresar lo que pudiera sentir ante según qué cosas, cotidianas o no, cercanas o ajenas.

Eso es lo que he hecho durante este periodo, lamentablemente, en las últimas fechas tengo menos tiempo para ello. He abordado asuntos diversos: deporte, cultura, ocio, viajes, etc. Pero nunca he escrito sobre política, y hoy tampoco lo voy a hacer. Obviamente, como casi todos, tengo mis ideas, no exentas de dudas, mayores aún a cada día que pasa.

 
Quiero reflexionar sobre el movimiento 15M, la repercusión que puede tener y las reacciones de los políticos. Hace unos meses leí el libro de Stéphane Hessel titulado: "¡Indignados!". Llama a la sociedad a una insurrección pacífica ante el rumbo que está tomando el mundo en el que vivimos, recapacita sobre las cada vez mayores diferencias que existen entre pobres y ricos, reflexiona sobre los derechos humanos y el estado del planeta, el conflicto entre Israel y Palestina y alude a la indiferencia como la peor de la actitudes.

Hessel sabe de lo que habla, formó parte de la resistencia francesa contra los nazis, estuvo en tres campos de concentración, participó en la redacción de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y fue embajador de Francia ante la ONU.

Su libro tuvo una gran repercusión en Francia, donde alcanzó el millón y medio de ejemplares vendidos. Pero ha sido en España donde ha tenido más éxito, hemos saltado del sofá a la calle. La gente ha hecho de la plazas su casa, ha ocupado las aceras y ha mostrado su indignación ante lo que está sucediendo.

Y lo que ocurre es muy grave,  estamos cansados de una clase política que no aporta soluciones y que utiliza el insulto como único argumento, asqueados de la corrupción y de la impunidad con la que actúan los aparatos de los partidos llenando sus listas electorales de imputados, hartos de que valga más ser amigo de alguien importante que tener la preparación adecuada y hastiados de ver como sólo se dirigen a nosotros cuando quieren nuestro voto.

Hasta el gorro de ver como gobiernan de espaldas a la sociedad y de como se pliegan ante los intereses de los más ricos y poderosos. Indignados cuando son ellos los que nos abocan a una crisis de dimensiones planetarias para terminar siendo los ricos más ricos y los pobres más pobres. Cansados del paro, de las injusticias sociales, las de aquí y las de Siria, donde no hacen nada porque no les interesa, como en decenas de países en los cuales dejan que se maten porque allí la vida vale menos.

Cansados de que armen y refuercen a los dictadores y cada vez menos sorprendidos cuando entran en sus casas a punta de fusil y los liquidan porque han adquirido autonomía y ya no se dejan manipular.

Perplejos porque un tipo decide cuánto vale el dinero e indefensos cuando hablan de los mercados como un ente extraño que nos está haciendo la puñeta a todos.

Luego, cuando la gente sale de su letargo, cuando el pueblo ocupa las calles porque no puede soportar la incapacidad de quienes nos dirigen, tenemos que oír que son grupos antisistema, como si ésta fuera la forma de denominar a unos apestados. Evidentemente que somos antisistema, estamos en contra de ese al que también nosotros hemos contribuido con nuestra indiferencia.

Pero ha llegado el momento de demostrar que estamos vivos, que no somos seres adocenados a los cuales puedan manipular a capricho, que lo que ocurre ahí fuera nos importa y que en nuestra mano está cambiar el mundo.

Yo, voy a salir a la calle a mostrar mi indignación pacífica. Porque como dice Hessel: Crear es resistir, resistir es crear.

lunes, 9 de mayo de 2011

El mito deja paso a la leyenda


Nadie podía pensar cuando Severiano Ballesteros se colaba furtivamente en las noches de luna llena en el campo de golf de Pedreña, que aquel chico de origen humilde revolucionaría años más tarde un deporte que por entonces languidecía.

Cuentan que segar los campos con la guadaña le ayudó en su swing, quizás tener que sacar el abono de las vacas, ir a buscar la leche o limpiar los domingos los zapatos de sus hermanos mayores fueron aspectos que forjaron su carácter.

Probablemente su imaginación se disparaba aquellos días en los que jugaba al golf en la playa, después de hacer un hoyo con una lata de tomate y colocar un palo y un pañuelo a modo de bandera. Acaso allí realizó golpes imposibles con aquel hierro 3 que le había regalado su hermano Manuel y dibujó trayectorias que únicamente están al alcance de los genios, como aquella vez en el Open Británico de 1979 cuando buscó intencionadamente el aparcamiento en el Royal Lytham.

En aquel lugar nació el mito, los británicos hicieron de él algo propio y lo aceptaron como uno más. Su trascendencia excedió de lo hasta entonces conocido; se llegaron a quebrar las normas de la Ryder Cup para incluir a un jugador del continente europeo. Su pasión, su geniales golpes, su carácter indómito y su carismática sonrisa hicieron de aquel chico de Pedreña un mago del golf.

Continuó rompiendo barreras, se convirtió en el primer europeo en ganar el Master y, probablemente, en el único jugador que, tras ganarlo, se haya llevado la mítica chaqueta verde a su casa. Revolucionó la Ryder Cup e hizo de ella el torneo más importante del mundo, logrando que en 1997 saliera por primera vez de las islas británicas.

Más allá de sus 87 títulos, el premio Príncipe de Asturias, pertenecer al salón de la fama del golf o ser el único español que ha ocupado la portada de la revista más importante del mundo del deporte (Sports Illustrated), se sitúa la trascendencia que Ballesteros ha tenido en el deporte español. Cuando en otros casos, deportistas como Nieto o Santana veían limitada su repercusión al panorama nacional, Seve barría las fronteras de los mapas, acaparaba elogios a nivel mundial y resucitaba un deporte que estaba agonizando.

Hoy, el mundo del deporte llora su muerte, todos lamentamos el vacío que nos deja su precipitada marcha. En nuestra memoria quedarán para siempre sus inigualables gestas, su extraordinaria facilidad para hacer lo que otros ni tan siquiera podemos imaginar, su carácter y su sonrisa. El mito ha dado paso a la leyenda.

lunes, 2 de mayo de 2011

Sueños a la ribera del Atlántico


Los 580 kilómetros que separan Nueva York de Norfolk se recorren en algo más de 7 horas. Los constantes límites de velocidad que impiden superar las 50 ó 55 millas no permiten reducir ese tiempo. Además, como nos recordaba constantemente Ochogavia, Estados Unidos no es un país para andarse con tonterías. Rubén y yo, conscientes de aquella afirmación por los periodos que ambos pasamos allí, convertimos en una máxima aquella frase y la utilizamos cada vez que tuvimos la más mínima oportunidad. Ya podías saltarte la cola de un supermercado como aparcar en doble fila, aquella cantinela siempre estaba presente, y las risas posteriores también.

Fue un viaje pasado por agua, pero agradable gracias a la buena conversación que mantuvimos dentro del coche. Habíamos llegado a media tarde a Newark, por lo tanto, debíamos cenar y dormir por el camino. Las áreas de descanso en Estados Unidos tienen poco o nada que ver con las de nuestro país; en ellas puedes encontrar varios tipos de restaurantes, de los suyos eso sí, supermercados y hoteles.

Tras una reparadora cena en un Burger King de carretera, tentación que tuvimos la suerte de vencer durante nuestra estancia en Houston, nos dispusimos a encontrar un hotel que nos permitiera descansar. Como suele ocurrir en estos viajes, vas dejando pasar excelentes oportunidades esperando encontrar algo mejor, al final, la noche se echa encima y terminas entrando en la peor de las elecciones posibles. Así que, al igual que Marion Crane en Psicosis, nos alojamos en un motel parecido al de los Bates.

Lo más sorprendente del viaje resultó ser el Chesapeake Bay Bridge-Tunnel, el puente túnel más largo del mundo con una distancia superior a los 24 kilómetros y que une la costa este de Virginia con la parte continental de ese mismo estado. Pareces estar en un parque de atracciones sobre el océano Atlátinco, la estructura se va retorciendo sobre el agua para terminar sumergiéndote en un túnel mientras un camión nos persigue como si fuera el diablo sobre ruedas.

Norfolk resultó un lugar tranquilo y agradable, con una bonita bahía, el centro de la ciudad cuidado y limpio, con el tranvía recorriendo sus calles y el edificio del ayuntamiento siendo una réplica a pequeña escala del Capitolio. Por el contrario, Virginia Beach resultó ser más impersonal, con cientos de edificios a lo largo de la playa de placer más larga del mundo, como atestigua el Libro Guinness de los récords.

El Portsmouth International Tournament, más conocido en el mundo del baloncesto como el PIT, supuso una nueva experiencia para mi. Tienes la sensación de estar en un mercado, en una lonja de pescado donde las piezas más codiciadas serán subastadas al final de la jornada. Allí se dan citan los mejores universitarios en su año senior, a excepción de los llamados a ocupar un puesto en el draft de la NBA.

Mientras ellos intentan exhibirse, decenas de agentes esperan su momento en las gradas. Aquello supone una lucha sin cuartel, en la pista y en la tribuna. Unos luchan por conseguir un contrato en alguna liga profesional que les permita iniciar el sueño de una futura carrera profesional, mientras otros persiguen ser quienes hagan realidad esos anhelos.

Auténticos atletas sobre la cancha, mates estratosféricos, rebotes que desafían las leyes de la gravedad y tapones que humillan a cualquiera. Unos cuantos harán buenas carreras en Europa, podrán ganarse la vida jugando a este deporte. Otros tantos quizás se queden en el camino mientras maldicen su suerte al entender que no siempre los sueños se cumplen.

jueves, 28 de abril de 2011

Hoy siento vergüenza


Tenía el firme propósito de continuar con la saga americana, contar la experiencia que supuso el viaje desde Nueva York hasta Virginia, cómo es Norfolk y las impresiones que saqué del PIT, pero después de lo visto y oído en los últimos días y el colofón que ha supuesto el esperpento de esta noche, no puedo menos que tirarme al barro, qué le voy a hacer, me hierve la sangre.

Obvio resulta decir que, el fútbol dejó de ser un deporte hace muchos años. Hace tiempo que pasó a ser un negocio, se habla más de cifras que de estrategia, la poca que pueda tener, un club es tan importante como el número de camisetas que vende, importa más con quién sale cada cual, que cuál es su rendimiento dentro del campo, muchos hacen política del asunto, arriman el ascua a su sardina en función de los resultados y, al final, resurgen los más bajos instintos del ser humano.

La objetividad brilla por su ausencia, la imparcialidad hace tiempo que no da noticias de su existencia, los medios de comunicación parecen el guión de cualquier vodevil y los protagonistas de la historia viven sumergidos en la histeria, el egocentrismo, la insolencia y la desvergüenza.

Esta noche hemos asistido a una farsa de dimensiones desproporcionadas, un espectáculo grotesco, burdo y soez, que ha supuesto la explosión de la mecha encendida por Mourinho y que Guardiola intentó apagar con queroseno. Los jugadores del Barcelona víctimas de lipotimias, disparos de ametralladoras desde la grada y patadas de karate que parecían el único modo de justificar la desfachatez con la que fingieron. Ronaldo víctima de su soberbia y el Real Madrid inmolado por la arrogancia de su entrenador.

El mismo que se cree en poder de la verdad, que hace de la altanería virtud y de la excusa una estrategia. Tiene la capacidad de saber exacerbar a las masas, con un discurso burdo y de brocha gorda, es capaz de arengar a su legión de seguidores. La palabra autocrítica no existe en su diccionario y su actitud es tan repulsiva que empaña diariamente la grandeza del club al que representa.

Muchos le encumbran porque al parecer resulta un gran estratega, no sólo en el campo, dicen que domina y controla cuanto le rodea, la provocación forma parte de su táctica, su aspecto rudo y desafiante solamente es la máscara de una persona cercana y entrañable de alguien que se hace querer. Al parecer le va bien y parece encantado de haberse conocido, pero, en mi modestia de entrenador, muy alejada de la de Mourinho, al cual no igualaré en prestigio y títulos así viva cien vidas, el portugués supone una vergüenza para todos los entrenadores del planeta, independientemente de cuál sea el deporte que representen.

Hoy ha ganado cualquier cosa menos el deporte, el fútbol ha sido devorado por la parodia y la pantomima, el Bernabeu pareció una piscina y la sala de prensa el hábitat natural de las plañideras. No sería un mal punto de partida para reflexionar, decidir hacia dónde queremos ir y cuál es el destino al que nos conducen todos estos comportamientos. Mientras tanto, el bochorno será el dueño de nuestra suerte.

miércoles, 27 de abril de 2011

La ciudad del petróleo y del espacio

Houston supuso una sorpresa para mi, esperaba otro tipo de ciudad. Impersonal, árida, con poco atractivo y una enorme extensión de terreno. Únicamente acerté en esto último, resulta algo realmente desproporcionado, para un chaval de provincias como yo, acostumbrado a vivir en lugares pequeños como Zamora, Los Barrios, Melilla o Alaior, una ciudad tan vasta supone algo realmente llamativo. Para ejemplificar el asunto diré que, la ciudad de León tiene poco más de 39 kms cuadrados, frente a los 1.600 que tiene la capital del condado de Harris.

Al margen de esto, y de la evidente necesidad de un coche para poder desplazarte, me sorprendió el gran número de zonas verdes que tiene. Texas suena a desierto, a lugares inhóspitos y desangelados, obviamente, en un estado que es una cuarta parte mayor que España, debe haber lugar para eso y mucho más, pero Houston no resulta ser ese ejemplo.

Mención especial merece la Universidad de Houston, (existen otras ocho) cuando llegas a ella, entras en un lugar de paz, armonía y sosiego. Árboles, edificios construidos con una gran respeto por la estética y el equilibrio, calles limpias que rebosan belleza en cada uno de sus rincones. Estudiar allí debe suponer mucho más estimulante.

Volvió a llamarme la atención la hospitalidad, amabilidad y educación de los estadounidenses. Logran que te sientas bien entre ellos, son cordiales y diligentes. Evidentemente no resulta una sociedad perfecta, pero, ¿y cuál lo es?

Dejamos Houston después de haber vivido grandes momentos y mejores experiencias, con la gratitud correspondiente hacia Matt, Rafa, Gigi y Rubén por convertir nuestra estancia en un recuerdo imborrable, por hacernos sentir uno de los suyos y descubrirnos rincones que sin ellos hubiera sido imposible visitar.

Volamos a Nueva York, lugar que serviría como punto de partida de una nueva historia, con nuevos protagonistas y con el baloncesto como nexo de unión. Ese lenguaje de la pelota que no entiende de fronteras ni de idiomas. Ese deporte que hace que muchos de nosotros perdamos la cabeza. Ese sonido que retumba en nuestra mente y nos roba el corazón. Pero ese, es otro relato.

martes, 26 de abril de 2011

Otra dimensión


Hay experiencias durante nuestra existencia que uno no se puede perder, debe perseguirlas hasta poder encontrarlas, si la vida te proporciona la oportunidad de disfrutar de ellas, dejarlas pasar se convertiría en una losa insoportable. Todos tenemos pasiones, sueños y deseos. Cada uno de un modo diferente, cada uno en una disciplina distinta, pero, al fin y al cabo, todos buscamos algo que nos proporcione recuerdos imborrables, sensaciones indescriptibles, momentos de pasión y de felicidad.

Recientemente he tenido la oportunidad de disfrutar de una de esas oportunidades. La temporada que estuve en la Universidad de New Mexico,  regresé a España con el propósito de vivir una final four universitaria. Me parecía un espectáculo inigualable, con esa capacidad que tienen los estadounidenses para vender su producto haciendo que siempre parezca el mejor.

He presenciado in situ todo tipo de acontecimientos deportivos, partidos de ACB, NBA, Euroliga, con su final four correspondiente, Copa del Rey de baloncesto, partidos de primera división de fútbol, Copa Davis, finales de títulos europeos de balonmano, etc. Pero la magnitud de lo presenciado en Houston a principios del mes de abril, eclipsa a cualquiera de ellos.

La llegada al aeropuerto ya te proporciona una imagen de la dimensión del acontecimiento. Cientos de voluntarios encargados de repartir de manera gratuita pelotas conmemorativas del evento. Decenas de autobuses que trasladan a entrenadores, familiares, periodistas y personal de universidades a sus diferentes hoteles. En uno de esos se subieron aquellos dos chavales españoles que llevaron a gala la picardía española durante todo el viaje.

De camino al hotel ya se puede ver la ciudad engalanada para la ocasión, carteles en casi todas las farolas, banderas, multitud de gente vestida con los colores de su equipo, mensajes de bienvenida en las puertas de los hoteles, canales de televisión y portadas de periódicos que no hablan de otra cosa. Todo el país se detiene. Los días de los partidos de la final four no hay otro acontecimiento deportivo a nivel profesional en todo Estados Unidos.

Uno empieza a tomar conciencia de lo que supone el evento, pero realmente no se da cuenta de la verdadera magnitud hasta que no está en las inmediaciones del Reliant Stadium. Un campo de fútbol americano preparado para la ocasión. La parte superior cubierta, un marcador, que parece un ovni, en el centro de la cúpula, miles de personas entrado por la puertas de acceso, decenas de policias, cientos de voluntarios, carritos con todo tipo de comidas y bebidas, gente y más gente.

Educados, organizados, con la cabeza o la cara pintada, con bufandas, gorras o camisetas, o con todo a la vez. Con la ilusión de ver a su equipo en una acontecimiento soñado, con el deseo de las cenicientas (Butler o VCU de ser los nuevos hoosiers) o la añoranza del prestigio perdido por parte de Kentucky y Connecticut.

Hasta 75.000 personas entramos por los vomitorios de aquel estadio, unos tuvieron la suerte de verlo desde cerca, otros nos conformamos con presenciarlo bastante más arriba, con el consuelo que te concede ver las cosas con perspectiva. No importaba mucho dónde estuviera uno sentado, lo sustancial era estar allí. Eso decían nuestras caras, la de Gigi, la de Rafa, la de los Rubén (López y Fernández), de eso hablaban nuestros gestos, nuestra expresión, ese lenguaje no verbal que tanto le gusta a Ochogavia.

Lo cierto es que no hubo un gran baloncesto, las semifinales nos dejaron la emoción de unos marcadores estrechos y la final distó mucho de lo que se espera de los dos mejores equipos universitarios del país. Para mi, por una vez y sin que sirva de precedente, aquello fue lo de menos; lo verdaderamente valioso fue estar allí.

jueves, 10 de marzo de 2011

Genio y figura


Nunca le ha gustado estar delante de los focos, siempre ha obrado según le ha dictado su conciencia, fiel a sus principios y a sus ideas, jamás se mordió la lengua y nunca ha sido políticamente correcto, la sinceridad ha sido una de sus muchas virtudes, esa misma que a veces le causó más de un disgusto y algún que otro encontronazo. Siempre defendió a los suyos y en más de una ocasión no encontró la misma respuesta; pero, a pesar de ello, el altruismo ha continuado siendo su seña de identidad.

La palabra derrota no existía en su vocabulario, caer era sinónimo de levantarse, la picardía era la esencia de la vida y el patio del colegio su segunda casa. No importaba que hiciera frío, que lloviera o nevara, él siempre estaba allí. Daba igual que hubiera cogido un resfriado o que el maldito lumbago le llevara a mal traer, su amor por el baloncesto siempre fue superior a cualquier imponderable.

Si un tablero se rompía, él lo arreglaba, si había que salir a la calle a buscar dinero para poder viajar al próximo desplazamiento, él lo conseguía. Eso, y las camisetas, la serigrafía, el autobús, los trámites federativos y todo lo que hiciera falta para que aquello funcionase.

Siempre caminando, nunca echó en falta no tener carné de conducir. Desde su casa a San Claudio la tirada es buena, camino que recorría todos los días. Con el tiempo justo tras llegar de trabajar y la comida en la boca. Otras salía a por churros una mañana de domingo y no volvía hasta por la tarde. Entre tanto, un viaje a Ponferrada con todos los equipos del club. "Para cuando vuelvas, ¡cómo van a estar los churros!"

Nunca obtuvo otra recompensa que no fuera el placer de enseñar lo que llevaba dentro, la satisfacción de transmitirnos su pasión por este deporte, la explicación de lo que nos esperaba en la vida, la enseñanza de la pillería, del orgullo, de no darte nunca por vencido y creer siempre en la victoria.

Así era el barbas, genio y figura. Hoy, cuando recibe el León de Plata por parte de la Fundación de Baloncesto León, son muchos los recuerdos que se agolpan en mi cabeza, y casi todos buenos. Siempre estaré en deuda con él, por revelarme un modo de entender la vida, por ofrecerme la primera oportunidad y, sobre todo, por enseñarme a adorar el baloncesto sin concesiones.




Nunca ganó una liga ACB, ni estuvo en una fase final de la Copa del Rey, ni le dieron el título al mejor entrenador del año. Tampoco lo buscó, su objetivo era otro. Muchos pasamos por sus manos, unos lo dejaron al poco, otros recorrimos una parte más del camino, pero ninguno de nosotros será capaz de olvidarle nunca. Gracias Paramio, por todo.


jueves, 27 de enero de 2011

La eterna sonrisa


Ultimamente no me sobra el tiempo, más bien ando un poco escaso, entre el que debo ocupar en estas obligaciones que me he impuesto y el que desperdicio entreteniéndome con asuntos triviales, los días se esfuman sin enterarme. Tanto es así que, por más que han llegado a mi mente temas con los que enredarme a la vera de un teclado, no he visto el momento ni la oportunidad.

Pero como me tengo por un tío de palabra, al menos lo intento, debo cumplir con una obligación adquirida durante una reunión de amigos celebrada en el día de hoy. Los allí presentes, periodistas los más, aficionados al deporte todos, debatíamos indignados sobre lo acontecido en los últimos meses en la Cultural y Deportiva Leonesa.

Debo decir que, el fútbol siempre me la ha traído al pairo. Nunca he sido un forofo, más allá de los Madrid-Barça y los partidos de la selección en los cuales haya algo importante en juego, desconozco el 85% de los nombres de los futbolistas de primera. Por lo tanto, podéis entender que la Cultural no supone una excepción dentro de mi extraordinaria incultura balompédica.

Dicho lo cual, no puedo por ello dejar de sentir vergüenza por lo vivido durante las últimas semanas dentro del seno del club más antiguo y, durante mucho tiempo, más representativo de la ciudad.

No voy a entrar en la gestión de quienes tienen la mayoría de las acciones de la entidad, resulta evidente que se califica por sí misma. Ignoro si va a llegar un jeque con un pilón de petrodólares para salvar in extremis lo irremediable o si 87 años de historia se deslizarán por los colectores de la indecencia. Para mi, todo ésto tiene una importancia relativa, existen mayores preocupaciones en mi vida, será porque el fútbol me motiva lo justo.

Lo que si me motiva, me indigna, me irrita, me encoleriza y me encabrona, son las injusticias. Y la cometida con Diego Calzado es una de esas. Tuve el privilegio de conocer a Diego hace unas semanas, compartimos mesa y mantel, además de una buena conversación. Descubrí que es un apasionado del baloncesto, que conoce sobradamente en qué consiste el juego y que tiene más noticias que yo de muchos jugadores de la NBA.

Al margen de ésto, comprendí que es un buen tipo, de los de sonrisa fácil y sincera, de los que siempre tienen un buen gesto, aquellos a los que el corazón les guía y la buena educación les proporciona la palabra adecuada. Alguien de fiar, aquel del que te sentirías orgulloso siendo su amigo.

Todos sabemos que el deporte profesional tiene estas cosas, los resultados mandan y la ignorancia y los intereses deciden. Así ha sido siempre y así seguirá siendo, mientras tanto la cuerda continúa rompiéndose por el extremo más débil.

Son algunas las decenas de preguntas que se amontonan en mi cabeza, ¿cómo es posible que un club que debe cuatro meses a sus jugadores, se permita el lujo de despedir a tres de ellos, con el pretexto de fichar, sin haber puesto al día a ningún miembro de la plantilla? ¿cómo se sentirán los jugadores después de desconvocar una huelga que hubiera situado al club al borde de la desaparición? ¿qué pensarán ahora, esta situación les llevará a tomar una medida de fuerza o por el contrario seguirán el dictado de aquella frase que se acuñó a Beltor Brecht?

Desgraciadamente, Diego no formará parte del cónclave que tome esas decisiones, mientras tanto seguirá mirando a la vida de frente, con una sonrisa en su rostro y sabiendo que a la buena gente la vida siempre les recompensa.

lunes, 10 de enero de 2011

El último viaje


El turrón, el cava y algún que otro langostino, además de otras obligaciones, me han tenido entretenido durante estas navidades. He sentido el impulso de abandonar tanta ocupación y lanzarme a por el teclado, especialmente después del enésimo fracaso del Real Madrid ante el Barcelona, pero antes de que mi amigo Juanjo Moro escribiera algún comentario al respecto de mi fijación sobre el club de Concha Espina, preferí seguir atendiendo tanta ocupación culinaria.

Entre cenas y comidas, cañas y calamares y alguna que otra sesión de gimnasio que consumiera tanta caloría adquirida, hubo tiempo para una experiencia que estuvo a punto de adquirir la denominación de extrasensorial.

La cuestión fue la siguiente, durante dos días disputé con mi equipo de alevines un torneo que se organizó en La Coruña, el martes día 4, antes de las ocho de la tarde, debía estar en León, así que, la familia Capetillo se ofreció para tal menester. La cosa, inicialmente, pintaba bien. Buena tertulia, mejor compañía, buena carretera y el estreno de la nueva nave espacial de la familia.

Salimos con tiempo, sobre las 14.30 estábamos en marcha, lo justo para no llegar agobiados y poder parar por el camino para dar cuenta de alguna que otra vianda. Llegando a Lugo, y ante la inminente posibilidad de quedarnos sin gasolina, Pilar (mujer de Cape y conductora del vehículo en cuestión), sugirió detenernos para repostar. Así se hizo, y en este fatídico momento comenzó nuestra peripecia.

El pathfinder viene equipado hasta los dientes, con una serie de artilugios que serán descubiertos cuando la vida de la nave toque a su fin. Es tal la sofisticación del aparato en cuestión, que no éramos capaces de abrir el depósito de la gasolina. Eso Pilar y yo, porque Capetillo, en un ejercicio de dejación de responsabilidad desconocido para mi, decidió alejarse del lugar con el pretexto de fumar un cigarro y de este modo, contemplar el espectáculo como si aquello no fuera con él.

Hasta allí llegaron el gasolinero y su esposa, dos tipos que pasaban por allí y nos habían visto cara de pardillos, un ingeniero que marchó frustrado y uno del pueblo que tenía un Nissan del año de la polca y creía que los japoneses no habían evolucionado. Cape no vio a ninguno de ellos, de ahí su cara de asombro al leer ésto.

Tanto se complicó el asunto que, después de llamar al gerente de la tienda dónde se había comprado el coche, se decidió ir al concesionario más cercano. Este se encontraba en Lugo, pero si hubiera estado en Cuenca no hubiéramos tardado más. El gps indicándonos un camino, la tía del concesionario la dirección contraria, porque decía que el navegador no nos llevaría hasta allí. Cape traduciendo del gallego como si tal cosa y Marta (que así es como se llama la del gps), llevándole la contraria.

Rotondas, cambios de sentido, otra llamada al concesionario, Pilar con los diez sentidos en la carretera, Marta a lo suyo y yo perplejo. Después de 45 minutos y 10 kilómetros llegamos al destino. Entrada en el taller, apertura del maletero por parte de los mecánicos y uhhhhhhh, sorpresa. Lleno de productos de Ikea, el tipo del mono azul que mira a su colega, el copiloto, a la sazón Capetillo, alejándose del vehículo y el de San Claudio arremangándose para empezar a bajar bultos. La voz de Pilar le trajo de nuevo a la realidad y puso su granito de arena bajando una caja. Debo decir que también la subió.

Después de que nos dijeran que se había estropeado el motor del cierre de la puerta del depósito y hacer un apaño hasta que se pudiera arreglar, nos fuimos felices y sonrientes, ajenos a lo que aún estaba por llegar. El pathfinder decía, hasta aquí hemos llegado, y yo: "Hasta que Cape no salga del coche y empuje, no muevo mi culo del asiento". Así que, 150 metros de pendiente favorable, empujando aquella máquina. Risas por doquier y descojono generalizado.

Al fin llegamos a la gasolinera, una chocolatina para el camino y un bocadillo de tortilla de patata fueron el resultado de lo obtenido en el avituallamiento. Las sonrisas dieron paso a las carcajadas, la ironía y los puñales llenaron el espacio interior del vehículo, el buen humor presidió el viaje hasta cuando ocurrió lo inimaginable, nos perdimos en la entrada a León, pero ese es otro capítulo.

Al final llegamos sanos, salvos y a tiempo, aunque por los pelos. Este ha sido mi último viaje, y que mejor que una sonrisa para cerrar durante una larga temporada esta extraordinaria experiencia del blog, puesto que, otros asuntos me requieren e impedirán que tenga el tiempo suficiente para seguir escribiendo. A todos los que me habéis seguido durante estos meses: Muchas gracias y hasta pronto.