martes, 14 de diciembre de 2010

La muerte tenía un precio


Vivir en la cima del mundo tiene que resultar algo realmente placentero para los que allí habitan, imagino que para todos ellos no exista un lugar mejor. Aunque deduzco que cuando llegas hasta allí, ir bajando pisos, ya sea por las escaleras o en ascensor, tiene que suponer un sensación frustrante.

La fama, el poder, el dinero y el glamour son sustantivos íntimamente ligados a semejante posición social. Sospecho que sea un lugar muy poblado, allí deben habitar financieros, empresarios, políticos, artistas de primer nivel  o deportistas de prestigio mundial; y supongo que la exigencia en una posición tan relevante deba ser extraordinaria.

Siempre viviendo de cara a la galería, tratando de mantener a cada momento una conducta intachable, sometido al constante juicio de la opinión pública y con tus enemigos acomodados a la vuelta de la esquina mientras esperan el más mínimo desliz.

Algunos dicen que uno no se hace rico trabajando, que la honradez está discutida cuando llegas a según que piso, habrá de todo, digo yo. Tramposos que mueran esbozando una sonrisa mientras su último pensamiento sea: "Os engañé a todos y no os habéis enterado". Sin embargo, el que es cazado con las manos en la masa, no necesita ningún medio de transporte para bajar, la caída es al vacío, sin red.

Hace un par de días apareció muerto, en su piso de Nueva York, Mark Madoff, hijo del mayor estafador de la historia del planeta. Al parecer, Mark desconocía la trama que tenía organizada su padre, y cuando éste le confesó hace unos años en qué consistía su negocio, se apresuró a ponerlo en conocimiento de las autoridades.

Han sido muchas la dudas que se han cernido sobre la implicación o no de los dos hijos de Bernard Madoff. Ellos lo han negado siempre, a pesar de ello se vieron sometidos a tal presión que originó un desequilibrio emocional, en el caso de Mark, que le llevó al suicidio.

Madoff, fue condenado a 150 años de prisión por crear y mantener, durante más de dos décadas, un sistema fraudulento de inversiones calculado en más de 68.000 millones de dolares. En su momento dijo no sentirse arrepentido, asegurando que la cárcel suponía una liberación para él y calificando a sus víctimas de avariciosas y estúpidas.

Con certeza, nunca imaginó a su hijo como una víctima de la trama. Y si en algún momento llegó a hacerlo, supuso que, únicamente la ignorancia en la que vivía era el motivo de tal victimismo. El avaro, una vez más, cometió un error de cálculo; aunque, en esta ocasión, de consecuencias irreversibles. 

Quiero pensar que, a pesar de su insaciable codicia y su manifiesta falta de escrúpulos, Madoff tiene capacidad para sufrir, y estoy seguro que al día de hoy hubiera preferido no sentarse en la cima del mundo.