viernes, 26 de noviembre de 2010

¿Qué tal un poco de respeto?



Hay equipos que devoran entrenadores. Clubes donde la urgencia de títulos en algunos casos y la ineptitud de sus dirigentes, en otros muchos, ven desfilar a compañeros de profesión como pasos de Semana Santa.


Este empleo debería ser considerado de alto riesgo. Con la permanente sensación de interinidad, sometidos a una extraordinaria presión, la cual aumenta  a medida que se trabaja en superiores categorías y se dispara entrenando a según que clubes. Con esa extraña percepción que revela que no siempre los resultados están directamente ligados a la calidad de tu trabajo, y con la certeza de que, sobre ésto, sabe hasta mi vecino el del quinto.

Muchas veces tengo la sensación de vivir en un país lleno de urgencias, y el deporte se convierte en fiel reflejo de las mismas. La noticia no es el cese de un entrenador, muy al contrario, ésta se produce cuando alguno vive en el mismo banquillo más allá de la tercera temporada. En este trabajo eres tan bueno, o tan malo, como tu último resultado.

Cuestionamos con total impunidad el trabajo de los demás y opinamos con absoluta ligereza sobre el mismo. Ausentes de argumentos y ajenos al trabajo diario, nuestra soberbia o ignorancia nos impide someternos al escrutinio de la prudencia.

En los últimos meses asisto perplejo, no sólo a la controversia que generan las decisiones que toma Messina, sino, al debate sobre su capacidad para entrenar a un equipo como el Real Madrid. Polémica que me confunde aún más, cuando es considerado uno de los mejores entrenadores de Europa y  acumula en su palmarés un par de Euroligas y una medalla de plata en un Eurobasket con la selección Italiana.

A propósito de ésto, y sin querer compararme con Messina, semejante osadía no está al alcance ni de un leonés, recuerdo una anécdota de mi época en Los Barrios. En la grada, detrás del banquillo contrario, se situaba un "personaje" (voy a evitar calificativos desagradables que traigan peores consecuencias) que no dejaba de increparme. Lo hacía cada partido que jugábamos en casa, daba igual cuál fuera el resultado, sus descalificaciones daban siempre paso al insulto y a una inquina personal sobre la que desconozco su motivación al día de hoy.

En un partido contra Menorca, después de perder con un triple de F.J. Martín en el último segundo, en mi camino al vestuario el tipo no dejó de acordarse de toda mi familia, la viva y la del más allá. En un ataque de ira, producto del hastío y el hartazgo que me producía semejante personaje, perdí el control como no lo puede hacer alguien que se dedique a esta profesión. Puse a su disposición todo un repertorio de lindeces, así como el ofrecimiento de alguna que otra "caricia".

Creo que me arrepentí de ello antes de hacerlo, aunque aquel suceso me llevó a conocer la mejor historia relacionada con individuos de esta calaña. Cuentan que, un entrenador que tuvo la Balona, también conocido como la Balompédica Linense, equipo de la Línea de la Concepción, no paraba de recibir insultos y descalificaciones, domingo sí y domingo también, por parte de un aficionado del equipo. Era tal el acoso que el entrenador indagó hasta conocer la profesión del ultra en cuestión.

Se enteró de que éste era carnicero y, un lunes se situó en la puerta de su comercio gritando como un poseso y aludiendo a la multitud de efectos nocivos que producía la carne del hooligan. Al cabo de un rato el carnicero salió de su tienda suplicando al entrenador que dejara de hacer aquello porque le iba a arruinar el negocio, a lo que este último contesto: "Eso es lo mismo que haces tú conmigo cada domingo". Desde entonces, el seguidor no volvió a abrir la boca para descalificar al entrenador de su equipo.

Obviamente, muchos de nosotros no tendríamos ni tiempo ni ganas para hacer lo mismo con todos aquellos que, no sólo ponen en cuestión nuestra capacidad sin el menor argumento, sino, con todos esos que descalifican motivados por una osadia e ignorancia que a veces asusta. Pero sí puede servir a esos mismos para sentir empatía y respeto por alguien que desempeña su profesión con la misma honestidad que ellos la propia.