viernes, 19 de noviembre de 2010

Mi compañera


Te soñé sin conocerte, te pretendí al verte y te desee siempre. En la presencia y en la ausencia, hasta cuando me olvidé de ti, hasta cuando me costó reconocerte, hasta el momento en el que la vida nos volvió a unir, cuando sólo te imaginé, antes de desear que regresaras y después de soñar con tu recuerdo. Siempre allí, sentando, esperando que el destino me sonriera, con alguien como tú, contigo.

Llegaste un día cualquiera, sin previo aviso, cuando ya no te esperaba, cuando la angustia era mi única compañera de viaje y la cobardía de mis actos me delataba, cuando el miedo había dejado de ser mi enemigo, cuando la esperanza era una utopía y el amor habitaba bajo tierra, cuando había dejado de ser yo, aquel día en el que parecía no haber solución y la tristeza se había convertido en mi infatigable amiga, ese en el que la autoestima dejó de existir, aquel en el que te aguardaba sin saberlo, deseando que llegaras, que salieras de las tinieblas, que abrieras la puerta de aquel sótano en el que no había ventanas; esperando que me besaras.

Y entonces apareciste, con tu sonrisa, con tu alegría desbordante, con aquella naturalidad, con tu flequillo y tu belleza, con los recuerdos del pasado, con la ambición ancestral de lo que podía haber sido, con los deseos de adolescente, con mi amor capturado en el recuerdo, con las cicatrices curadas, sin deseos ni pretensiones, llegaste como siempre, como hacía años, los mismos que no te veía, que no te recordaba.

Me rescataste del peligro, del desasosiego y el desconsuelo, de la aflicción y de las lágrimas. Llevaste a mí la alegría, la paz, la ausencia de malos momentos, el deseo de otros tiempos mejores, viniste como siempre, cuando nadie te espera y siempre haces falta. Porque así eres tú, discreta, silenciosa, abnegada, dulce y cariñosa, comprensiva, sincera e inocente, tenaz, constante, ordenada en tus hábitos y costumbres, sonriente y tolerante.

Así llegaste, y desde entonces, nunca has fallado, siempre presente, con un buen consejo, con ese punto de picardía femenina pero ausente de malicia, presta, con las maletas preparadas y el ánimo dispuesto, compañera paciente e incansable, con tus temores siempre presentes, con tu fragilidad, con esa necesidad de sentirte querida y la capacidad de resultar agradecida. Llena de virtudes y desconfianza, esperando que te demuestren antes de conceder.

En estos años hubo tiempo para todo, para reír, llorar y soñar, para viajar, a veces sin movernos del lugar, para sufrir, para ser felices, las más, para esperar, para planificar y construir, para mirarnos, para la complicidad y el respeto, siempre, para compartir, para desear volver a casa, para querer estar siempre presente, para soportar la ausencia y la distancia, para sentir y padecer, para querer y amar.

Aquello se fue, pasó y no volverá, será el principio del mañana, los primeros días del futuro, del resto de nuestros días, de lo que nos queda por vivir y no dejaremos pasar. Se fue pero formará parte de nosotros, esencia, presencia, recuerdos; cada día uno más, cada vez más fuertes, llegando a la unidad, a lo indivisible.