jueves, 18 de noviembre de 2010

Recuerdos imborrables


Ya estaba advertido, así que, aunque hice caso omiso al apercibimiento y continúe hablando al cabo de un rato, mantuve todos los sentidos alerta. Ella me miró presa de un torrente de ira contenida, yo dejé de charlar mientras la observaba por el rabillo del ojo, su reacción no tardaría en llegar. Había agotado su débil paciencia, otros ya habían sido víctimas de lo que estaba a punto de sucederme.

Entonces lo vi, volando hacía mi, imparable, dispuesto a impactar contra mi cabeza, con la firme intención de dejarme aturdido y con los restos de tiza como testigos. Tuve tiempo de agacharme, sentí su rebufo y un leve silbido al sobrevolar mi cuerpo. Agachado, giré el cuello en la dirección contraria, llegué a tiempo de contemplar como el borrador impactaba en la cara de Manuel, el alumno modelo, un buen compañero, un gran estudiante, ni de lejos el típico empollón sabelotodo, un ejemplo. Aquella mañana de octubre, Manolo aprendió lo que eran los daños colaterales.

Así era doña Amparo, con el borrador cargado y las tizas volando por la clase. Mientras, nosotros, con seis años, asistíamos entre asustados y divertidos a una costumbre que se terminó convirtiendo en un juego. Los de las últimas filas corrían menos peligro, no por su falta de puntería, ni mucho menos, sino porque la distancia se había convertido en su gran aliada cuando debían de poner a prueba su velocidad de reacción. Por el contrario, a mi, el orden alfabético me ha jugado malas pasadas en unas cuantas ocasiones.

Ese fue nuestro primer año en E.G.B., peligroso para nosotros, provechoso para algún que otro oculista, pero divertido. En segundo la cosa cambió, las propabilidades de ser víctimas de un castigo eran las mismas, pero la certeza de recibirlo era infinitamente mayor, el método era infalible. Doña Teresa, la coja, con su andar descompensado y su abyecta mirada que ni tan siquiera se veía atenuada por el color azul de sus ojos. Utilizaba unos palos de madera con los que nos daba en las manos, en el culo o donde su rabia dictara. Sólo Manuel Abalo Castells, si lees ésto, que sepas que no nos olvidamos de ti; permanecía alejado de cualquier castigo.

El ínclito, suministraba a doña Teresa el material necesario para tales fines. Su padre tenía una sierra y él, llegaba a clase con varas de diferentes tipos de madera, castaño, cerezo o abedul, que nuestra querida maestra iba utilizando en función de sus estados de ánimo. Abalo, dejó el colegio al finalizar aquel curso, aquello, a un mismo tiempo, supuso su suerte y nuestra desgracia. Las técnicas de "la coja", hubieran resultado ser un juego de niños en comparación con lo que esperaba a partir de sexto. Cada cierto tiempo le busco en facebook con la intención de dar con él, con el transcurso de los meses he llegado a la conclusión de que utiliza un sobrenombre.

La cosa se fue suavizando con el paso de los cursos, Doña Oudila, Don Daniel y Doña Emilia vivían lejos de aquellos comportamientos. Resultaron ser mucho más pacientes y didácticos, tanto o más exigentes que sus predecesoras, en aquellas clases no se movía ni una mosca sin su permiso, pero ese fue un respeto que se ganaron con su forma de ser y actuar.

Llegando a sexto nos encontramos con el padre de todas las bestias, con la antipedagogía convertida en ser humano, con la suma de todas las vilezas hechas hombre, aquel, que años atrás resultó absuelto tras reventar de un bofetón el tímpano de un alumno. Caminaba bajo el manto de la impunidad, con la dudosa habilidad de humillar a los más débiles y la soberbia como virtud. Sus métodos se acercaban más a los de principio de siglo que a los que debían ser utilizados mediados los ´80. Ha resultado ser una de las tres personas más despreciables que me he encontrado en mi vida, de las otras dos ya hablaré a su debido tiempo.

Doña Goyita asistía perpleja al espectáculo, no daba crédito, nada podía hacer, excepto animar a los alumnos y consolar a algunas madres.

Séptimo y octavo resultaron años gloriosos, con Don Juan, Doña Conchita, Don Ángel y Don Víctor. Años en los que el Don o Doña dieron paso al "El" o "La" , excepto cuando nos dirigíamos a ellos, donde empezamos a creernos los reyes del mambo, donde la inocencia abría camino a la picardía, allí donde las chicas comenzaron a importarnos más que un balón de fútbol durante el recreo, donde creerte mayor era un privilegio por la ausencia de responsabilidad y donde llorar estaba mal visto.

Somos lo que vivimos, somos nuestros recuerdos y experiencias, pero también, el poso que todas y cada una de esas personas han dejado a nuestro paso, tenemos un poco de nosotros y mucho de ellos, de lo que nos enseñaron, de lo que nos gustó en su modo de actuar, también de lo que decidimos no ser, de lo que obviamos o despreciamos, de lo que el paso del tiempo nos obligó a recordar, de lo que nos hizo más fuertes.