viernes, 5 de noviembre de 2010

Estúpidos prejuicios

Partí con una maleta llena de prejuicios. Años atrás, víctima del síndrome del tipo que cree saberlo todo, el del ignorante que pretende hacer de la arrogancia virtud, aseveré que mis huesos nunca acabarían en aquel lugar. Alguien, con mucha más modestia y mundo recorrido me interrumpió diciendo: "No te veas en la necesidad".


Y así fue, de vuelta a la carretera, con mi vida entera en el maletero de un coche y un barco que me esperaba en Málaga para cruzar el estrecho rumbo al continente africano. Atraqué esperando encontrar el más mínimo pretexto para regresar a casa, era agosto, el sol atizaba, la incertidumbre angustiaba y el piso en el cual iba a vivir y del que me habían hablado maravillas, resultó estar hecho una cochiquera.

La mesa de la salita boca abajo, el cristal que algún día debió de coronarla, roto, la mugre hacía tiempo que no pagaba la renta, y del baño y la cocina es mejor no hablar. Pilar que había emprendido el camino de ida conmigo, pero no estaba allí para quedarse, asistía atónita al espectáculo y a mi cabreo.

Aquella fue la primera vez que vi a Mercedes resolver una situación comprometida, era la gerente del club, nos buscó alojamiento en un hotel y movilizó a un batallón de limpieza para dejar aquella casa en condiciones. Salvado ese primer escollo tomé aire, reflexioné, estaba allí para quedarme, podía adaptarme, ser uno más, aprender y disfrutar, o por el contrario sufrir lamentando mi desgracia.

Tome la decisión más inteligente, me dispuse a empaparme de la gente, de sus hábitos y costumbres. Comencé a disfrutar de la luz, tan diferente, tan brillante, de los colores, de aquellos olores que te permitían distinguir lo que te rodeaba aunque fuera con los ojos cerrados.

Allí fue la primera vez que descubrí que, alguien puede ser tu familia sin necesidad de que exista consanguinidad. Nunca me fallaron, siempre estuvieron a mi lado, las puertas de su casa jamás se cerraron para mi, nunca faltó un extraordinario guiso de mi tía Mari Ángeles, ni una buena conversación con mi tío Gerardo.

Resultó ser un lugar soberbio, muchas fueron las cosas que me llamaron la atención. La convivencia, con sus problemas claro está, como en todas las ciudades, como en todos los pueblos, como en todas las casas y familias; extraordinario resulta ver a cuatro religiones (cristiana, musulmana, hebrea e indú), aceptando las creencias y hábitos de los otros.

Su gastronomía, con esa mezcla entre Andalucía y Marruecos, los exquisitos pescados, las tapas, el té moruno. La playa, con sus contrastes, donde se puede observar a una mujer haciendo top-less o a una musulmana bañándose en el mediterráneo completamente vestida. El clima, el viento, el paso marítimo, el pinar de Rostrogordo, la legión y su cabra, la facilidad de caminar por sus calles, la plaza de España en navidad, engalanada y reluciente, sus edificios art decó, la segunda ciudad de nuestro país con más construcciones de este tipo después de Barcelona, sus mercados y sus maravillosas gentes.

Fue en aquel lugar donde terminé de recibir una de las lecciones más importantes que te da la vida. Allí descubrí lo que significa ser un privilegiado, allí supe lo que supone nacer a un lado u otro de una valla. Entendí como te puede cambiar la vida, como puedes tenerlo todo o solamente puedes soñarlo. Comprobé lo que era la miseria cuando crucé al otro lado, nadie me lo contó, fueron mis ojos los que lo vieron, no hubo testigos, mi memoria es mi mejor aliada y aquel recuerdo me acompaña cada día para saber que, la vida es una cuestión de suerte.

Así es Melilla, una ciudad que me recibió con los brazos abiertos y de la que me despedí con el deseo de que llegara un día como el de hoy.