jueves, 4 de noviembre de 2010

¿Enredados?


Argumentan que nuestras costumbres están cambiado, que el modo  que tenemos de comunicarnos actualmente nada tiene que ver con lo de antes, que nos recluimos detrás de una pantalla y hemos perdido la complicidad de una mirada. Que los gestos han dado paso a las teclas y las reuniones a las redes sociales.

Dicen que muchos tienen dependencia de ellas, que escriben y describen cada paso que dan, que nos vigilan, que debemos tener cuidado con los datos que proporcionamos, que el timo de la estampita es ahora mucho más sofisticado, que las empresas compran bases de datos, que pierdes todos los derechos sobre todo lo que publicas y que tus fotos jamás se destruyen por mucho que las elimines de tu perfil.

Quizás sea cierto, es probable que muchos sientan adicción por ellas, seguro que más de uno ha sido estafado y, es probable que, muchos de esos correos que acaban en la carpeta de spam hayan nacido de una compra de datos ilegal. Pero no es menos cierto que, unos cuantos, bastantes, seguro que muchos, hemos encontrado a personas a las cuales habíamos perdido la pista o hemos retomado un contacto al que, la falta de tiempo como excusa y la pereza como evidencia, había dejado en el olvido.

Vivimos momentos de vértigo, apenas tenemos tiempo para nosotros, para sentarnos y reflexionar, para detenernos a pensar cómo nos ha ido el día, cómo nos va la vida. Carreras, agobios, presupuestos, objetivos, reuniones, tráfico, pañales, biberones y guarderías. El reloj nuestro peor enemigo y, al final, aquella frase que siempre han dicho todas nuestras madres: "Mira la hora que es, y todavía no me he sentado".

Las costumbres y los hábitos cambian, el mundo está en constante evolución. Existen herramientas que se han convertido en imprescindibles, instrumentos que nos llevan a pensar cómo era nuestra vida antes de que existieran. Internet ha cambiado el planeta, nos hace la vida más fácil, nos acerca, nos proporciona multitud de posibilidades inimaginables hace una década.

Al final, como todo en la vida, depende del uso que hagas de lo que te rodea. Hay aspectos que son de sentido común, maniobras que sólo reportan peligro, riesgos que uno no debe de asumir y, si lo hace, aceptar las ulteriores consecuencias. No puedes abrir las puertas de tu casa a cualquiera, ni airear tus intimidades o hacer público el primer pensamiento que llega a tu cabeza. Del mismo modo que, todo en exceso resulta perjudicial, toda dependencia lleva al individuo a abandonar su autonomía, a sentirse subordinado y a perder su autogobierno. 

Siempre hay peligros y fulanos que acechan. Las trampas son tan antiguas como la humanidad y las adicciones tanto como la debilidad del ser humano. Al final, que impere el sentido común.