miércoles, 3 de noviembre de 2010

El primer amor


Hacía un tiempo que se frecuentaban, fue una época de días deshojados en el calendario, tardes de otoño llenas de mariposas, acné juvenil, sueños de adolescentes, cortejos de recreo, miradas furtivas, encuentros en los rellanos, susurros, sonrisas y risas, conciertos, paseos por el parque, esperas en portales, suspiros, deseos y celestinas.

Nerviosos esperaban la llegada del recreo, ansiosos aguardaban el final de las clases, ninguno de los dos sabía quién acompañaba a quién, se sentían seguros, o al menos eso creían, libres, dichosos, afortunados, cada día suponía una nueva experiencia, él hablaba, ella sonreía, tímida, pensativa, reflexiva, él quería impresionar, demostrar algo que estaba lejos de su alcance, daba igual, el mundo vivía ajeno a su existencia, eran felices, nada importaba más que aquel momento, era el principio de todo, podría ser el fin de cualquier cosa, igual daba.

Las caricias eran tímidas, los besos aún no eran robados, simplemente no existían, solamente había complicidad, adolescencia y un agradable olor a castañas asadas. Creyeron descubrir el significado de la palabra eternidad, pensaron que nunca cambiarían, eran inocentes, ingenuos, había poca picardía y mucha ternura.

Tuvieron facilidad para perdonar, no hubo reproches, sólo deseo, de verse, de acariciarse, de sentirse, de mirarse a los ojos, de besarse por fin. Aquel día llegó, la risa dio paso al silencio, las miradas se clavaron como puñales, los ojos brillaban, él apartó un mechón de su cara, ella sintió sus manos, cerro los ojos, sus labios se acercaron, se tocaron al fin, inseguros, descubriendo un mundo nuevo, deseando no volver a casa, soñando con vivir en aquel parque para siempre.

Un día él dejó de luchar, ella perdió la ilusión, creyeron encontrar el amor en otros ojos, en otras manos, en el sonido de otra voz, ella lloró, él también.