miércoles, 27 de octubre de 2010

El lado oscuro de la verdad



La verdad tiene aristas y buscarla supone, en algunos casos, caminar por senderos siniestros y tortuosos, vivir mirando quién camina a tus espaldas y sospechar de cualquier sombra que aceche en medio de la noche.

Dormir cada día en un lugar diferente, pagar en metálico y no utilizar tarjetas de crédito, cambiar con frecuencia de número de teléfono, mantener siempre conversaciones encriptadas y registrarse en los hoteles con un nombre falso, son aspectos que forman parte de la vida de Julian Assange.

Pensamos que nos protegen, vivimos tranquilos sabiéndonos a salvo, tenemos la certeza de que los malos son otros y que, el crimen organizado, los narcotraficantes y toda esa "fauna" que habita en el planeta tierra acabará pagando por sus crímenes y sus delitos.

Las películas nos enseñaron que los estados mantienen el orden, desarticulan mafias, desenmascaran la mentira y nos resguardan. Siempre se creyó que, los crímenes y los abusos los cometían los perseguidos, aquellos a los que no ampara la legalidad; y siempre tuvimos la certeza de que, las únicas vidas que estaban en peligro eran las de los intocables de Elliot Ness.

Hace tiempo que los tiempos han cambiado, y así lo demuestra la publicación por parte de Wikileaks de 400.000 documentos clasificados por Estados Unidos sobre la guerra de Irak. En ellos se habla de torturas, vejaciones, asesinatos, silencios, muertes de civiles inocentes, falta de escrúpulos y humanidad y sobradas dosis de impunidad. En 400.000 informes caben muchos tormentos.

Antes ya desvelaron miles de documentos sobre la guerra de Afganistán. Ahora las diferentes administraciones implicadas acusan a Wikileaks y Julian Assange, su fundador, de poner en peligro la vida de los soldados que allí se encuentran, así como, la de los iraquíes o afganos que trabajan para ellos. En el mismo sentido se expresaron cuando se hicieron públicos los informes sobre Afganistán, sin embargo, un portavoz de la ONU afirmó que, no se conocen casos de personas que hayan necesitado protección o hubieran tenido que huir del país a raíz de dicha publicación.

Todo ésto deja al descubierto varias vergüenzas, la primera es la certificación de una sospecha mantenida en la sombra durante hace años, algunos estados, aprovechando la impunidad que les proporciona la legalidad que ellos crean, se han convertido en torturadores y asesinos, persiguiendo de manera atropellada todas las dosis de poder y los puñados de dólares que puedan conseguir a costa del sufrimiento y la dignidad ajena. La segunda supone la confirmación de que los servicios secretos de inteligencia deberían pensar en otra denominación. Al descubierto queda que, tienen poco de inteligentes y aún menos de secretos.

Assange se ha convertido en algo más que un personaje incómodo para muchos gobiernos, en especial el de los Estados Unidos. Muchos aseguran que, afortunandamente, su incipiente popularidad le proporciona la salvaguardia ante posibles conspiraciones. Otros no se muestran tan optimistas. Internet se ha convertido en un medio imposible de controlar y las repercusiones de lo publicado en la red cada día tienen un mayor calado.

En cualquier caso, más allá de los objetivos que persiga Assange, se sitúa la situación de impotencia y desamparado en la que quedamos los ciudadanos de a pie. En otro plano queda la esperanza de seguir confiando en la justicia, cayendo ésta, tanto sobre quien vulnera la ley, como sobre quien se cree al amparo de ella.