lunes, 25 de octubre de 2010

Experiencias de juventud

Corría el año ´92, España caminaba hacia la modernidad y el progreso, y yo me disponía a realizar el camino inverso, aquel que tantas veces hicieron, año tras año, cientos de españoles. Eran muchas las cosas que había oído sobre aquella experiencia, algo que, para muchos otros, supuso durante largo tiempo una necesidad.

Había conocido a Jacques el invierno anterior. Me lo presentó una irlandesa a la que rondaba por aquella época, a ella la seguí rondando algún que otro fin de semana más hasta que, su falta de interés, y mis limitaciones con el inglés, evitaron lo que podía haber sido una preciosa historia de amor. Sin embargo, a aquel pequeño gabacho le fui frecuentando con asiduidad y, desde entonces, mantenemos una buena amistad. 

Las fantasías propias de un chaval de 19 años me llevaron a pensar que durante aquel mes de septiembre ganaría el suficiente dinero como para poder sobrevivir durante el resto del año. Eso era lo que se decía, había que trabajar muy duro, pero al final veías tu esfuerzo recompensado en forma de francos.

Nos pasamos todo el verano planificando el viaje, Jacques desde su Bages natal (localidad próxima a Perpignan), y yo, desde León. No resultó fácil encontrar un hueco para un chico sin ninguna experiencia en el sector. Además, el círculo estaba bastante acotado, familiares y amigos cercanos al dueño de las viñas eran los que acudían cada año a la recogida.

Guardo casi todos los recuerdos de aquel viaje con absoluta nitidez, desde el trayecto en coche cama hasta Barcelona, donde comencé a entender que nada es lo que parece. Aquel magnífico coche cama era un habitáculo, que tenía más de lo último que de lo primero, en el que se disponían tres literas a cada lado y donde se mezclaban las últimas experiencias de cada uno de nosotros. Pasé casi toda la noche en vela, caminando por el pasillo mientras me llegaban a partes iguales los ronquidos del tipo de la segunda litera que se encontraba al entrar a mano derecha, y el hedor que desprendían los pies de su vecino de abajo.

Mi primer día en la viña supuso la perfecta puesta en escena de un paleto de ciudad en el medio rural. Siempre me dijeron que, no hay una segunda oportunidad para causar una buena primera impresión. El problema fue que equivoqué la indumentaria. Acudí a la viña peinado y repeinado, ya sé que muchos de vosotros creéis que siempre he sido calvo, en bermudas y con un polo Lacoste impoluto.

Tras unas breves lecciones de cómo cortar y recoger la uva y un: "chaval, ándate vivo que aquí vamos a toda hostia", comencé aquella extraordinaria experiencia. Después de abordar la segunda cepa, entendí que aquel polo al que tenía tanto aprecio no lo volvería a hacer bueno por mucho que lo lavara. Al llegar a casa de Jacques, y después de observar toda la mierda que salía de mi cuerpo mientras me duchaba, tomé la firme decisión de acudir a la viña todos los días con la misma ropa.

Pasé de ir afeitado, peinado y con la ropa inmaculada, a llevar barba de lunes a viernes, los pelos atusados de cualquier modo y aquel polo que podía ser obra del mismísimo Kandisky. Cuando alguna vez por la noche me despertaba, abría los ojos con pavor, deseando que fueran horas las que aún me quedaran por dormir. Por las tardes, tras la ducha en la que el suelo se transformaba de color negro, me aplicaba una crema milagrosa que aplacaba los dolores que tenía en los riñones.

Y así transcurrieron las semanas, a diario aguantando el tipo en los vaciles por mi cambio de look, los fines de semana disfrutando de la noche de la costa francesa, adecentado, por supuesto.

Me trataron mejor de lo que merecía, los padres de Jacques me acogieron y alimentaron como si fuera su hijo. En la viña, la confianza adquirida con el paso de los días superó la barrera idiomática y dio paso a las risas y a la complicidad.

Recuerdo con una sonrisa el día que fui a casa de Monsieur Vidal a recoger mi más que merecida paga al finalizar la temporada, le costó reconocer a aquel chaval que iba limpio y vestido como si se dispusiera a hacer la primera comunión.

Supuso una gran experiencia y sobre todo, dos confirmaciones; en la vendimia nadie se hace rico y hay que pasarlo realmente mal para "pasarlas más putas que en vendimia".