jueves, 21 de octubre de 2010

Miedo al vértigo

Nos miramos aturdidos, eran las siete y cuarto, es cierto que, a estos acontecimientos ellas siempre suelen llegar tarde, para eso son las protagonistas. Hubo quien no le dio importancia al retraso, al fin y al cabo, Alicia siempre había tenido la costumbre de la impuntualidad, con mayor motivo aquel día, debieron pensar algunos.

Sin embargo, en los bancos situados en las primeras filas, la algarabía de hacía unos minutos había dado paso a un murmullo que no hacía presagiar nada bueno. Marcos sonreía tímidamente mientras con la vista perdida trataba de ajustarse el nudo de una corbata que, desde hacia un rato, no le llegaba al cuello.

Algunos salieron a la calle, hacia mucho calor, el sol cegaba, pero a pesar de ello pretendían ver una imagen que nunca llegaría. Así fue como los invitados empezaron a abandonar la iglesia, todos menos los familiares más cercanos. Nadie se atrevía a mirar los perdidos ojos de Marcos, ni tan siquiera los más íntimos tenían el valor de volver a entrar para consolarle en el día "más feliz de su vida".

Decidí ir a buscar a la clásica media docena que siempre se queda en el bar de turno. Se asombraron al verme, nadie esperaba que el cura pronunciara una homilía tan corta. Cuando oyeron lo que tenía que contarles, primero rieron nerviosos, después miraron sus vasos pensando que allí dentro debía haber algún tipo de sustancia alucinógena, y por último, sólo Toño alcanzó a decir: "Se jodió la barra libre".

La escena era dantesca, voces nerviosas, lágrimas que acompañaban a algún que otro moño medio descompuesto, corbatas desanudadas antes de tiempo y horas de maquillaje en el cubo de la basura. Por un momento agradecí haber ido solo.

De la penumbra de la entrada de la iglesia salió Marcos, fue como una aparición, si hubiese venido la novia no nos hubiéramos acojonado más. Había logrado hablar con ella, por lo menos estaba viva, le dijo que le quería (eso es lo peor que te pueden decir en un momento como aquel), pero que no estaba segura de que fuera el hombre de su vida. "Joder, pues con los años que lleváis saliendo no habrá tenido tiempo de averiguarlo", otra sentencia de Toño.

Nos pidió que pasáramos dentro. Una vez allí se subió al púlpito, hacía un rato que los familiares de Alicia se habían ido, la inquietud había impedido a sus amigas hacer lo propio; se dirigió a nosotros y nos dijo: "Perdón padre, aquí ni Dios nos va a joder la fiesta", muy propio de Marcos. No sabemos si el cura se escandalizó más por la frase o por la afirmación de que el convite se iba a celebrar.

Los padres, abuelos y tíos prefirieron regresar a casa, el ánimo no estaba para fiestas. Alguna de las amigas de Alicia también, la vergüenza ajena les impedía presumir de vestido. Del resto recuerdo poco, pero se que lo pasamos muy bien, hubo risas y alguna que otra lágrima, pero poco desconsuelo. Pasó hace muchos años y siempre quise contarlo. Muchas veces me había preguntado cómo sería una boda sin novia, cuál sería la reacción del novio, allí, plantado en el altar, siendo objeto de todas las miradas de tus familiares y amigos, y especialmente, cómo serían los días posteriores y la burla de tus enemigos.

En la primavera del año siguiente, Alicia y Marcos se casaron en una ceremonia muy íntima, ella había sentido vértigo. Como dijo Toño: "Ya podía habérselo tratado antes"