martes, 12 de octubre de 2010

La cruda realidad

Me senté mientras ella cerraba una página de reservas de habitaciones de hotel por internet. Me miraba de frente, pero sus ojos emitían un cierto aire de superioridad. Era, en cierto modo, como si dijera : "Yo estoy al otro lado de la mesa". Como si eso significara que era mejor persona, que estaba preparada para mayores retos y su capacidad se hallaba muy por encima de la mía. No era una sensación, no fue una percepción o algo subjetivo. Fue así. Solamente necesitó decir un par de frases para demostrar que yo estaba en lo cierto.

Hacía mucho tiempo que había estado allí, afortunadamente sólo una vez. Eran otros tiempos y otras circunstancias. Aquella primera vez me sentía avergonzado y agachaba la cabeza por el miedo a encontrar una mirada conocida. El lunes fue diferente, fui porque era lo que tocaba. Las muescas de la vida y una seguridad no conocida por entonces me situaban en una posición diferente. Aún así, no me gustó lo que vi.

Llegué pronto, apenas eran las nueve y cuarto y la gente se agolpaba frente a la máquina expendedora de números. Mientras, unos cuantos ya esperaban su turno. Eramos muchos y de todas las clases pero, al fin y al cabo, con una misma necesidad.

Las instrucciones estaban claras y seguí los pasos que me correspondían. Primero tienes que solicitar la tarjeta de demanda de empleo. Te explican que cada tres meses debes ir a sellarla, que puedes hacerlo el mismo día o dentro de los tres días anteriores, incluso, puedes hacerlo por internet. Si no lo haces en tiempo y forma te quitan un mes de la prestación. Algo así me dijo. Hablaba muy rápido, imagino que tenga que ser aburrido estar cada dos minutos soltando la misma retahíla.

Desde allí a orientación laboral, como si a mi edad no estuviera lo suficientemente orientado. Se apresuró a cerrar la página, no sé si porque no quería que viera el destino que había elegido o por si consideraba poco apropiado estar a esas horas de la mañana y en horario laboral (qué suerte ella que trabaja) planificando sus vacaciones o una escapada. Vete tú a saber, lo cerró tan rápido que no me dio tiempo a ver las fechas.

Siempre he pensado que la orientación laboral del INEM es un departamento con poca capacidad práctica y resolutiva. No dudo que haya habido gente a la que sus servicios le resultaran útiles, con los que somos en la casa grande sólo faltaría, pero a juzgar por mi escasa experiencia y la de alguno de mis amigos y conocidos sólo puedo reafirmarme en esa idea.

Me sometió a un tercer grado y se produjeron dos escenas especialmente graciosas, aunque una de ellas un tanto surrealista y un poco triste. En la base de datos de ese departamento, únicamente figuraba en mi historial una experiencia profesional de hace algo más de dieciséis años. Con aire de indiferencia me dijo que debía llevar la vida laboral si quería que todas las experiencias posteriores figuraran en mi expediente. Increíble. Resulta que no existe conexión entre el Ministerio de Trabajo y el de la Seguridad Social. Bueno, eso es un problema relativo, lo peor era pensar que, cuando veinte metros más allá fuera a solicitar la prestación por desempelo ocurriera lo mismo.

"¿De que quieres trabajar?" Un poco cansado de aquellas ínfulas contesté que de entrenador del Real Madrid. "¿Me vais a conseguir un trabajo como entrenador de baloncesto?" "Nunca se sabe". Walls estás despedido, no has sido capaz de encontrarme un misero equipo en todo el verano y ahora llega esta tía y me hace albergar esperanzas de que Querejeta me llamará cuando rompa su idilio con Ivanovic. ¡Hay que joderse!

Salí de allí sabiendo que cumplía con un acto protocolario y con el convencimiento de que aquella mujer reservará muchas noches de hotel antes de que le lleve mi vida laboral. El pequeño cabreo se esfumó al ver la cantidad de gente que esperaba en la cola de prestaciones. Más que una cola aquello era un hacinamiento. Nuestras miserias amontonadas unas encima de las otras.

Había para todos los gustos, aunque me llamaron especialmente la atención dos hombres que rondaban los sesenta y decían estar allí por primera vez. A juzgar por su aspecto de perdidos y desconcertados, les creí. Más tarde los volví a encontrar por la calle, arrastraban sus pies como si no hubiera destino para sus pasos. Sentí tristeza al verles, los observé indefensos, llenos de una inseguridad que solamente debiera tenerse durante la juventud. Nunca en la parte final de tu vida, cuando el trabajo y el esfuerzo diario te deben proporcionar un merecido descanso.

Mañana llevaré el certificado que me falta. El hombre que estaba detrás de la mesa demostró mucha más sensibilidad y comprensión que mi nuevo agente. También demostró una mayor efectividad, y en su ordenador apareció desglosada toda la vida laboral que había perdido veinte metros antes.

Afortunadamente, siempre que se cierra una puerta se abre una ventana. Las circunstancias nos llevan a unos a ver un mundo lleno de posibilidades y a otros, el final de la esperanza.