viernes, 10 de septiembre de 2010

El club de la comedia



Ayer nos reímos, y mucho. Tratábamos de imaginar la cara de Toño cuando le ocurrió lo que nos estaba relatando. Por otro lado, nos creímos la historia porque era él quien la contaba y porque sabemos de su trayectoria y su integridad; si ésto nos lo cuenta un tercero que hace referencia a un amigo, le hubiéramos dicho que como relato surrealista tenía mucho futuro.

Resulta que, el pasado mes de agosto se personó en la oficina de extranjería para arreglar la documentación de una empleada. Pasó el arco de seguridad, se percató que no había un alma en la oficina y se dispuso a hablar con el amable policía nacional que estaba en la entrada. Toño le explicó el motivo de su visita, y el otro le preguntó si tenía concertada una cita. A lo que Toño respondió que no y que desconocía que hubiera que pedirla.

El funcionario, con mucha amabilidad le entregó una hoja en la que figuraban varios números de teléfono, matizando que,  mejor sería llamar al segundo de la lista porque de este modo le atenderían antes. Toño, que para eso es de San Claudio, empezó a ver como funcionaba el asunto: "¿No llamaré a una de esas señoras que están al otro lado de la mampara?". El agente asintió avergonzado.

La perplejidad de mi amigo empezaba a despuntar, pero como es un tipo de los que no se saltan las normas (excepto las de aparcamiento), decidió hacer lo que se le decía; no sin antes empezar a observar lo que se movía a su alrededor, no fuera a ser que, estuviera siendo víctima de una cámara indiscreta.

Ahora es cuestión de cerrar los ojos y, esbozando una ligera sonrisa, imaginar la secuencia. Toño coge su teléfono móvil (menos mal que vivimos en estos tiempos, porque hace unos años habría que salir a la calle y buscar una cabina) y marca el número. Observando a través de la mampara ve como una funcionaria descuelga amablemente el auricular. "Hola. Mire, soy yo (saluda con la mano). El chico que está  al otro lado. Quería pedir una cita para arreglar una documentación". La empleada pública le dice que espere un momento, pone el teléfono en modo de espera y se pone a hablar con la compañera de al lado. Toño alucina y, mientras mira hacia todos los lados intentando encontrar la cámara, se encuentra con la cara del policía. Éste se encoje de hombros y arquea las cejas como diciendo: "Ésto es lo que hay".

Después de los correspondientes trámites burocráticos, la administrativo le concede la cita. Entonces el policía se acerca a una máquina que tiene sobre su mesa y pulsa un botón. De allí sale un papel: Número B147. Mesa 6. "Aquí tiene, tendrá que entregárselo a la funcionaria". Estás de guasa debió pensar Toño.

Entró en la sala y se acercó con pasos indecisos a la mesa mientras miraba a un lado y a otro, no fuera que, todavía hubiese preparada alguna sorpresa más. Una vez allí, entrega la documentación. La funcionaria sin apenas mirarla le pone los correspondientes sellos. "¿No comprueba si está bien?" "Seguro que sí (sólo le falto decir: Tienes cara de buen chico). Si hay algo que esté mal ya te llamamos". "Eso, al menos, supondrá venir con cita concertada", pensó.

Y así salió de la oficina, sin saber si había sido víctima de una broma o de un sistema burocrático y acomodado que nos tiene atrapados, y de qué modo.