jueves, 9 de septiembre de 2010

¿Hasta cuándo?


Muchas veces intento pensar que le puede pasar por la cabeza a un ser humano para terminar con la vida de otro de su misma especie. Y por más vueltas que le doy no logró encontarle una explicación a semejante barbaridad. Y mucho menos entiendo que, alguien sea capaz de llevarse la vida, las esperanzas y los sueños de una persona con la que ha compartido proyectos y la ilusión de una vida en común.

Esta mañana sí tenía pensado escribir sobre baloncesto, pensaba hacerlo desde la tranquilidad que te proporciona una noche de reflexión. Quería hacerlo de modo objetivo y considerado hacia el trabajo de los demás. Teniendo en cuenta que es fácil ser general después de la batalla y que, si uno no está en el día a día de un equipo, cuenta con la ausencia de importantes fundamentos de opinión. Pero ese parecer inicial cambió en el transcurso de la mañana. 

A uno se le revuelven las tripas cuando oye que, otra mujer ha sido asesinada a manos de su pareja o ex-pareja. Es entonces cuando entiendes cuales son los motivos reales para sentirse enfadado de verdad y cuando pones en valor la importancia de la eliminación de España en unos cuartos de final de un mundial. A partir de ahí todo empieza a cobrar sentido o, quizás, empieza a perderlo.

Con la de hoy, son 45 las mujeres asesinadas. Cuarenta y cinco vidas segadas, cuarenta y cinco familias destrozadas y un gran número de hijos que, en muchos casos, terminan quedando huérfanos de padre y madre. He pensado muchas veces en esos niños, en esos adolescentes. En cómo tiene que ser su día a día, cómo es posible sentir miedo en el lugar donde debes sentirte protegido, cómo es posible odiar donde solamente debe haber cariño, cómo es posible que se nos llame seres racionales cuando cometemos atrocidades, cómo son posibles tantas cosas que se escapan a la lógica de la razón.

Encendemos la radio o la televisión y oímos la noticia. Muchos pensarán: "Otra más, ¡hay que ser hijo de puta!". A otra gente el problema le pillará tan lejos como los muertos de Afganistán. "Al fin y al cabo, la película no va conmigo".

No soy especialista en nada y menos en este tipo de conflictos. No voy a escribir sobre las sociedades patriarcales, ni sobre los principios de la antropología moderna. Pero, del mismo modo que, creo que es un problema con difícil solución, pienso en la educación como principal motivo. En la ausencia de ella, por supuesto. Intuyo que, todo empezará con un concepto equivocado de la vida en pareja, imagino que la pérdida de respeto será el siguiente paso, para terminar llegando a las amenazas, ya sean verbales o físicas.

Trato de imaginar cómo se creó una pareja que termina de este modo. Y pienso en mi propia experiencia. En la ilusión de un futuro junto a la persona que amas, en el respeto como base de toda relación, en los proyectos comunes, en el apoyo diario, en la comprensión mutua, en los malos momentos, en las discusiones o en las diferentes maneras de entender la vida y lo que nos rodea. Y entonces, pienso que todo termina,  de un modo u otro, porque siempre existe un final para todo. Y es ese el momento en el que debemos de diferenciarnos de los animales. Algo tan sencillo como: "Hasta aquí hemos llegado".

Los finales duelen siempre. En la mayoría de las ocasiones una parte resulta más dañana que la otra; pero al final el tiempo restaña las heridas. Sin embargo, lo que nunca consigue devolver es la vida a alguien que jamás mereció perderla.