miércoles, 8 de septiembre de 2010

El día que Dios se vistió de Scola


Hoy no tenía pensando escribir sobre baloncesto, por aquello del mucho más, pero la descollante exhibición protagonizada ayer por Luis Scola ha hecho que cambie de opinión.

Ayer noche vino a mi memoria la mítica frase pronunciada por Larry Bird después de que Michael Jordan les endosara 63 puntos en el segundo partido de la ronda inicial de los play-off por el título de la NBA. Corría el año ´86, el mejor jugador de baloncesto de todos los tiempos había anotado 49 puntos en el primer partido de la eliminatoria, aunque esta actuación no le sirvió para ganar.

Aprovechando el día de descanso entre partidos, Jordan quedó para jugar al golf con su amigo Danny Ainge, en la actualidad director ejecutivo de los Celtics, y base-escolta por entonces de aquel extraordinario equipo. Al salir del campo, Air le dijo a Ainge: " Mañana os voy a meter más de 50 y os vamos a patear el culo". Con la seguridad de formar parte del mejor equipo de aquella temporada, Ainge respondió: "Mañana te tenemos  preparada una sorpresa. DJ (Dennis Johnson, el base All-Star de aquellos Celtics, el mejor defensor de la NBA), ha pedido personalmente ocuparse de ti. Tú y yo sabemos lo que eso supone".

Posiblemente en el mundo del baloncesto no haya existido un tipo al que le motiven tanto los retos como a MJ. Era un 20 de abril, domingo, tarde soleada y primaveral en Boston. Jordan se presentó con sus compañeros en el emblemático Boston Garden dispuesto a cumplir la promesa realizada. Disputaba su segunda temporada en la NBA y había pasado buena parte de la misma apartado del equipo por una lesión en un pie. Aquella tarde cumplió su palabra; había nacido la leyenda. Aunque su extraordinaria actuación en el templo del baloncesto no sirvió para que su equipo empatara la serie, al menos se llevo el reconocimiento del Garden y, en especial, de unos de los más grandes de todos los tiempos. "Hoy he visto a Dios disfrazado de jugador de baloncesto". Larry Legend dixit. Casi nada.

Ni mucho menos tengo la intención de comparar a Luis Scola con Michael Jordan. Pero no es menos cierto que, la frase que pronunció en su día Larry Bird, se podría aplicar a la actuación que ayer protagonizó el pívot argentino.

En España no vamos a descubrir su extraordinario talento, su inteligencia, su interpretación del bloqueo directo, su movimiento de pies o su capacidad para competir. Aquí fue uno de los grandes, de los más grandes. Pero en Estados Unidos no resulta mediático, no es atlético y, como dice Marcelo Nicola, no es capaz de saltar un listín telefónico.

El partido contaba con todos los ingredientes. Un Argentina-Brasil supone un clásico, una rivalidad continental llevada al marco de un mundial. Lo único negativo ha sido presenciar este partido en octavos de final. Fue digno de la lucha por el campeonato o, al menos, por las medallas.

Supuso un partido de poder a poder, un toma y daca con dureza, intensidad y acierto. Pero sobre todo, fue baloncesto. Baloncesto del bueno, del de verdad, del de siempre. De los que te levantan de la butaca, de los que hacen que te enamores de este juego, de los que enganchan a los niños, de los que te hacen recordar porqué te gusta tanto este deporte, esencia pura.

Hablar solamente de Scola tampoco sería justo, Huertas estuvo descomunal, Barbosa (no es santo de mi devoción) tuvo su momento, ensombrecido posteriormente por un tremendo Jasen y por su desconocimiento del juego, Delfino dejó detalles de su extraordinaria clase y Machado metió un par de canastas enormes.

Mientras Scola, a lo suyo, cual martillo pilón iba perforando la canasta brasileña. Empezó con siete puntos en los primeros compases, en el transcurso continuó sumando y, al final, cuando se deciden esta clase de partidos, demostró el tipo de jugador que lleva dentro. Una en el poste bajo, dos desde cinco metros, la segunda de extraordinaria dificultad, y dos tiros libres para firmar la sentencia.

Ayer disfrute de un partido de baloncesto como hacía tiempo. Deseé que no terminara nunca, que aquello fuera eterno. Desgraciadamente, como todo, se acabó. Pero concluyó del mejor modo posible, con una actuación épica de un extraordinario jugador.