miércoles, 28 de julio de 2010

Se acabó la fiesta





Llevo toda la mañana debatiéndome entre la prohibición de las corridas de toros por parte del parlamento de Cataluña o la deuda del Barça. Uno no sabe si escribir sobre ambas cosas o ninguna de ellas. Porque, tanto lo uno como lo otro tiene su intríngulis y su delicadeza. Pero como esta mañana estoy especialmente cabreado, voy a aprovechar la ocasión, que la pintan calva, y le voy a echar valor y al toro.

España es un país con unas señas de identidad muy definidas, imagino que como todos los demás. El caso es que, hay muchas costumbres, platos o tradiciones que nos caracterizan. Siempre hemos vivido bajo algunos de esos tópicos tan típicos: sol, fiesta, paella y toros. Y probablemente esto último sea lo más popular. Las corridas de toros siempre han seducido a muchas y a muchos. A los autóctonos y a los foráneos, con mención especial al  mítico Hemingway. 

Es una tradición que se remonta a tiempos inmemoriales, y que, desde mediados del siglo XVIII, tras una serie de cambios, dio lugar a las corridas de toros en su sentido moderno.

No me gustan los toros, nada. Me parece un triste espectáculo, y me abstengo de ponerle cualquier calificativo para no herir sensibilidades. Aún así, no los prohibiría, forman parte de la cultura de nuestro país. De la forma que tiene mucha gente de entender nuestra forma de ser, del paisaje, que se los digan al de Osborne, de nuestro vocabulario, qué sentido tendrían los olés, incluso de alguna que otra bandera, como la que sacaba Raúl para celebrar los títulos del Real Madrid.


Aunque lo peor no es que se prohiban los toros, lo peor es que se utilicen argumentos e intereses políticos para ello y que, como siempre, tanto los unos como los otros, los usen como un elemento disgregador.