martes, 27 de julio de 2010

El Ermitaño



Hay un lugar en el que la comida se convierte en poesía, la experiencia de comer adquiere una dimensión extrasensorial y entonces, se para el tiempo, o esa sensación tienes, o es que quizás querrías que así fuera. Antes de llegar no te quieres marchar y cuando ésto ocurre, ya estás pensando en volver, piensas en agudizar todos tus sentidos para no perder detalle. Porque allí, no sólo el gusto está presente. Tienes que oler, oír, sentir y tocar, y por supuesto, tienes que ver. 

Y me explico, obvio resulta decir que, las pupilas gustativas deben de estar en plena forma cuando visitas un establecimiento de esa categoría, pero no es menos cierto que, eso supone el último paso en la liturgia de una experiencia semejante. Antes, tienes que ver el servicio, el cuidado del último detalle, el gusto por una buena decoración, la presentación de los platos y la perfecta armonía de todo lo que se mueve a tu alrededor.

Después, tienes que oír, más bien escuchar y entender, y aprender de los que ponen adjetivos a los sabores, de los que hacen metáforas con los sentidos y sentimientos del paladar, porque allí el paladar siente y se estremece, y a veces llora de auténtico placer.

Y más tarde tienes que oler, que es como empezar a comer. Y empezar a descifrar los ingredientes que componen el manjar que vas a degustar. Y es cuando, el tacto del cuchillo y el tenedor adquiere una sensibilidad desconocida hasta entonces, cuando un movimiento adquirido de modo tan mecánico pasa a formar parte del coro de una orquesta. Esa que estalla cuando en tu boca se mezclan sabores, olores, experiencias, recuerdos, sensaciones y emociones.

Y pasan los platos, a cual mejor, y sigues viendo, y oliendo, y oyendo, tocando y llorando de alegría cada vez que masticas. Y bebes, porque hay que beber, que sería aquello sino. ¡Qué invento ese del maridaje! Y te dejas llevar, y despegas, y vuelas. ¡Qué placer este el de comer! Y exclamas: ¡Joder, qué bueno está ésto! Y le dices a Pilar:  "Hay que buscar fecha para volver. ¡Cómo aquí no hemos comido nunca en ningún sitio! Y mira que hemos rodao". Y ella responde: " Y mira que hemos venido veces, y cada vez se come mejor. ¡Y ya es difícil!"

Porque es lo que tiene El Ermitaño, antes de volver, no te quieres ir.