miércoles, 15 de diciembre de 2010

Sin mirar atrás

Existen pocos sabores tan desagradables como el que proporciona el fracaso, deja un poso de tristeza y amargura en la mirada al que resulta difícil acostumbrarse. Por más que lo pruebes no terminas de sacarle el gusto, te enseña, te hace más fuerte, te curte, saca lo peor de ti con efecto inmediato y te proporciona una gran capacidad de superación a medio plazo. El fracaso es la vida, el día a día que adorna nuestra realidad. A unos les roza y a otros les da de lleno, pero ninguno vive ajeno a su existencia.

Muchos no se enteran que habitan instalados en él, otros acusan su presencia a cada paso, supongo que sea una cuestión de perspectiva, de autoexigencia, nunca de comodidad. Nadie puede vivir alojado en un estado semejante. Resulta frustrante al principio, agobiante al final y repulsivo siempre.

La vida es una prueba constante, permanentemente nos examina y permite pocos errores. Ese es el sentido metafórico del término, luego topamos con el real, con la certeza de lo cotidiano, con lo que trastoca nuestros planes de presente, con lo que arruina las expectativas futuras. La cuestión no es cómo asumimos el fracaso, sino, la capacidad que tenemos cada uno para superarlo y aprender de él.

Hace unos días tomé una decisión, sencilla por la seguridad que me podía reportar a medio y largo plazo, complicada en su ejecución y precipitada por la premura de tiempo. Analicé los pros y los contras, me situé en todas las tesituras posibles, traté de imaginar el futuro y me lancé creyendo no tener nada que perder.

Por ganar todo, por malograr nada, al menos eso pensaba. El reloj mi mayor enemigo y cada prueba una bola de partido. Buscaba el cobijo que supone la certidumbre, más aún en estos tiempos que vivimos. Puse todo de mi parte, cuanto tenía dentro, nunca he entendido la vida de otro modo.

Salvé la primera, no resultó complicado. En la segunda fallé cuando lo tuve en la palma de la mano, dudé, perdí la picardía del colegio público, del barrio, no me dejé llevar por la intuición, por ese primer pensamiento que siempre es el acertado, ese sexto sentido que hasta los hombres tenemos y no sabemos explotar. La duda mata, y a mi me aniquiló.

Con la evidencia del fracaso en mi rostro asumí el revés, la rabia se apoderó de mi, una sensación de frustración recorrió todo mi cuerpo, llegó a mi boca, inundó mis ojos y nubló mi mente. Una vez más, como cada vez que me visita. Me desprecié, no maldecí mi desgracia, sino mi incapacidad. No buscaba consuelo, ya no había remedio.

En muchas ocasiones son peores las consecuencias que los acontecimientos. Como una vez dijo Serrat: "En esta vida lo importante no es lo que te ocurre, sino cómo lo afrontas".

Al fracaso hay que mirarle a los ojos, sin apartar la vista, aún sabiendo que quizás te espere al doblar la esquina. Entonces es cuando uno está preparado para mirar al frente, para mantener el paso, para asomarse al futuro y para disfrutar del presente. A la vida nunca se le puede volver el rostro, y en esas estamos.

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