miércoles, 8 de diciembre de 2010

Con su ausencia por costumbre


A veces, la memoria resulta casi tan caprichosa como el destino. Modifica y selecciona nuestros recuerdos, nos permite disfrutar de ellos a su antojo, pero en ocasiones, las menos, éstos permanecen nítidos e imborrables como si fueran revividos en tiempo y forma.

Habitan en un rincón de nuestro cerebro, aletargados, dormidos, ausentes y ajenos al paso del tiempo. Luego, regresan sin que nadie les haya requerido. Resurgen con fuerza, una foto, una frase, un paisaje, un nombre, un día de nostalgia o una mañana de sol los resucitan.

Era la tarde de un tres de diciembre, hacía frío y había estado lloviendo hasta el mediodía. Apoltronado en el sillón del salón veía aquel magnífico programa de Constantino Romero llamado “El tiempo es oro”. Mi padre, con los huesos empapados por la humedad y la expresión descompuesta, regresaba de coger setas.

Me miró, tragó saliva y me dio la noticia. La radio aún no lo confirmaba, había dudas, cada vez menos. Se sabía que era un jugador del Real Madrid de baloncesto. La tensión por averiguar de quién se trataba iba en aumento. Llegaban a cuenta gotas al pabellón para disputar el partido que aquella tarde tenían contra el CAI de Zaragoza.

Solamente quedaban dos por aparecer, ambos estaban lesionados, Quique Villalobos y Fernando Martín Espina. Al final, se confirmó la tragedia. La carretera se llevó al primer gran mito de la historia de la canasta en nuestro país.

Recuerdo que lloré, y mucho. Lo hice después de reaccionar, tras tomar conciencia de la realidad y cuando entendí que jamás volvería a verle jugar. Hasta aquella fecha había tenido la fortuna de no perder a ningún ser querido, y nunca habría imaginado derramar una lágrima por alguien a quien no conocía.

Nunca he sido mitómano, pero Fernando Martín era otra cosa. Cierto es que, muchos han sido los que han abierto camino, cantidad los que han hecho grande nuestro deporte, aquellos que, con su talento y esfuerzo han permitido que hoy en día seamos una potencia mundial. Pero Martín era un tipo diferente, estaba hecho de otra pasta. Fue un pionero, un ganador.

Era un atleta, un deportista excepcional, dotado de una fuerza tremenda y con unas extraordinarias cualidades físicas. Es verdad que no era un jugador especialmente técnico, aunque no es menos cierto que mejoró en muchos aspectos con el paso de los años. A pesar de ello, su capacidad física y su carácter forjaron una leyenda.

Por todos los que vivimos aquella época son recordados sus duelos con Norris, quién no retiene en su memoria aquel gancho en suspensión, su tiro a cinco metros, sus poderosos rebotes, su carrera en el contraataque como si fuera un tren de mercancías, incluso, su capacidad para el pase.

Cruzó el océano cuando la NBA era un sueño inalcanzable, se convirtió en el primer europeo en jugar allí sin pasar por una universidad. Llegó con el propósito de demostrar quién era, con la intención de no regresar si no era con el logro del triunfo. Pero resultaron ser otros tiempos. Los extranjeros en la liga eran algo exótico. Estados Unidos estaba mucho más lejos que ahora, las oportunidades solamente existían en las películas y las lesiones, el idioma y las costumbres se convirtieron en un obstáculo insalvable.

Otro hubiera regresado sometido ante la evidencia del fracaso, él no. Volvió para demostrar que seguía siendo un ganador, el número uno. Tuvo tiempo para añadir a su palmarés una Copa del Rey y una Recopa de Europa.

Este mes, cuando se cumplen veintiún años de su desaparición, somos muchos los que nos acordamos de él. Seguimos siendo legión los que hubiéramos deseado verle muchos años más sobre una cancha de baloncesto. El tiempo olvida las ausencias, hasta las de los más grandes. Aún así, los recuerdos que nos dejó Fernando Martín, permanecerán imborrables.

1 comentario:

  1. ENHORABUENA POR EL BLOG, ME HIZO MUCHA ILUSIÓN ENCONTRATE EL OTRO DÍA, UN ABRAZO

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