jueves, 16 de diciembre de 2010

Bajo sospecha


Con salir a la calle es suficiente para darse cuenta de la que está cayendo, si además hablas con unas cuantas personas, el panorama pinta negro, muy negro. Luego, cuando llegas a casa y ves los telediarios o lees el periódico, crees estar inmerso en una pesadilla en la que Freddy Krueger sería el menor de tus problemas.

Recuerdo que hace años, cuando pasaba por delante de algún quiosco, me llamaba mucho la atención observar "El caso", aquel semanario que hablaba de crímenes macabros y descuartizamientos como se habla del tiempo. Allí no había cabida para las buenas noticias. Todo era sangre, horror y dolor. El "diario de las porteras", como muchos lo llamaban, informó durante 35 años de los sucesos de la España real.

Hoy, nuestra vida es un caso. Guerras, asesinatos, hambre, pobreza, tráfico de personas, de órganos, de armas, crisis económica, social, cambio climático, falta de escrúpulos y una gran dosis de cinismo. Así está el mundo. Esa ha sido la gran contribución del ser humano. Mientras, la mayoría, bastante tiene con mirar hacia otro lado y cruzar los dedos esperando que a ellos, tanta ruina, no les roce.

Ante este desolador paisaje, el deporte siempre ha supuesto una válvula de escape. Un elemento de unión en muchas ocasiones, de discusión en otras tantas y de orgullo en la mayoría. En cualquier caso, un modo de evadirnos por unas horas de nuestros problemas.

En este país tan peculiar, en el que aún siguen muchas heridas abiertas, el deporte siempre ha tenido un efecto cicatrizante. Nos ha llenado de honra y dignidad, ha estimulado nuestra autoestima y ha sido el mejor embajador de nuestro país. Nos ha permitido sufrir juntos, salir a la calle a festejarlo y abrazar a aquel al que ni tan siquieras conocíamos. Es como si con cada medalla o cada campeonato celebráramos la nochevieja.

En gran medida, gracias a nuestros deportistas hemos dejado de tener ese absurdo complejo de inferioridad. Hemos perdido a aquel Paco Martinez Soria que cada español parecía llevar dentro. Ahora somos el enemigo a batir. Probablemente, la gran potencia mundial si sumamos todas las disciplinas que existen en el deporte.

Por eso, cuando en primer lugar recibimos en forma de mazazo la noticia del supuesto dopaje y la confirmación después, de algunos de nuestros mejores deportistas, nuestra línea de flotación queda rota en mil pedazos. Incrédulos al principio, abatidos más tarde e indignados al final, vamos hundiéndonos paulatinamente.

Luego debemos soportar a la comunidad internacional diciendo que somos unos tramposos, que eso ya se veía venir, que somos un país de pandereta, que llevamos la picardía por montera y nos falta rigor. Y mientras, los españoles de a pie, tan descreídos de tantas cosas, queriendo mantener una fe cada día más maltrecha.

Yo soy de éstos, de los del orgullo herido y la ilusión maltratada; pero también soy de los que aún creen en la honestidad de la mayoría ante las trampas de unos cuantos, por muy importantes que éstos sean. Porque soy de los que no entienden la vida sin el deporte, pero el de verdad, el limpio, el de la igualdad de condiciones, en el que ganan los mejores no los más canallas. Tengo la fe maltrecha, es cierto, pero la esperanza intacta.



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