miércoles, 17 de noviembre de 2010

Patriotismo de tres al cuarto


El deporte es uno de los mayores activos de nuestro país; probablemente, nuestra mejor carta de presentación ante el resto del mundo y, sin lugar a dudas, un motivo de orgullo y de unión para todos los españoles. Despierta en nosotros todo tipo de pasiones, tanto, cuando lo practicamos, como cuando lo observamos como meros espectadores. Logra arrancar de nosotros comportamientos y aptitudes, en muchos casos, desconocidas.

Muchos de nuestros deportistas son considerados ídolos. En una época en la que, para muchos, el referente es gente como Belén Esteban; ellos encarnan todos esos valores que echamos a faltar en tantos sectores de nuestra sociedad. Nos hacen soñar, nos alejan de los problemas cotidianos, sentimos sus éxitos y hazañas como propias, sufrimos con ellos en los fracasos, lamentamos sus desgracias y nos afligimos cuando se lesionan.

Forman parte de nuestras vidas, hablamos de muchos de ellos como si fueran de la familia, creemos conocerlos mejor que sus madres, ponemos en cuestión sus defectos y elogiamos hasta la extenuación sus virtudes. Pretendemos que sean infalibles, los elevamos hasta hacerles tocar la cima del mundo con la yema de los dedos. Escupimos improperios en sus descalabros y les sometemos a un grado de exigencia brutal que ni tan siquiera soñamos para con nosotros.

Así somos los aficionados, así vemos a nuestros deportistas. Nosotros, sin ellos, viviríamos con la permanente ausencia de un trozo de nuestras vidas, con la sensación de sentirnos incompletos. Ellos, sin nosotros, no existirían. No habría campos de fútbol que llenar, ni pistas de tenis que abarrotar, ni gradas de pabellones que poblar, ni carreteras que inundar, ni partidos por televisión, ni periódicos deportivos, ni tiempo de juego, ni carrusel deportivo, ni domingos de transistor y lunes de polémica.

Nos necesitan más que nosotros a ellos, muchos lo saben y lo admiten, otros tantos, los menos, viven instalados en la vanidad y el egocentrismo; pero, al fin y al cabo, todos nos reclaman. Necesitan que vayamos, al fútbol, al baloncesto, al tenis, al ciclismo, al automovilismo, al motociclimo y a tantos otros lugares. Que vayamos y gritemos, que les apoyemos, demandan nuestros ánimos, nos piden formar parte de nuestras vidas, hablan de un sentimiento común, de unos valores, de unos colores y una bandera; de nuestras señas de identidad.

Entiendo bien los motivos que llevan a algunos de ellos a residir en otros países, admito lo que supone fiscalmente,  comprendo que sus exiguas nóminas deban verse sometidas al escrutinio de un sistema menos gravoso.

Por todo eso, cuando a algunos de ellos se les llena la boca con el nombre de España, cuando presumen de ser abanderados de nuestras costumbres, de nuestra forma de ser y de entender la vida, de nuestras calles y nuestras gentes, del jamón, la fabada y la paella, del vino y del sol, de la Giralda, de la Alhambra y de todos y cada uno de los rincones de la piel de toro; me siento víctima de la mentira, el engaño, la farsa y la decepción.

Jamás admitiré esa doble moral, ya no sólo por el provecho que obtienen por ser españoles y beneficiarse de la multitud de servicios e infraestructuras que se crean y soportan con el esfuerzo de cada uno de los que contribuimos religiosamente, sino, también, por ese modo tan mezquino y vil de querer engañar a cada uno de los españoles.

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