miércoles, 10 de noviembre de 2010

La camisa de fuerza


Mi amigo, el de los salmones, quién si no, asegura que estamos locos, dice que necesitamos una camisa de fuerza, que los entrenadores somos una raza en peligro de extinción, que se nos va la pelota, que llevamos el parqué en las venas, que no entendemos de otra cosa y que, cuando decimos que lo dejamos, por las circunstancias que sean, ni tan siquiera nos engañamos a nosotros mismos.

Probablemente sepa de lo que habla, es un tipo ingenioso, ácido e irónico, alguien informado. Incluso, hasta puede que tenga razón. Lógicamente existen niveles, están los top ten, aquellos para los que el baloncesto es algo más que su modo de vida, esos que se han hecho ricos con un silbato al cuello y vistiendo chándal a diario. Luego están los que se sitúan en un escalón inferior, aquellos que cumplen con las mismas premisas que los anteriores pero a los que las oportunidades o los contactos no les han permitido firmar contratos astronómicos, pero sí tener un futuro desahogado.

Después venimos los demás, los pirados, los locos de atar, aquellos que dejamos atrás casi todo lo que nos importa por perseguir un sueño, por alcanzar la gloria, por ganar partidos y jugar en pabellones repletos de público, por vivir experiencias, por disfrutar de lo que siempre vimos desde lejos, por estar nerviosos, por llorar después de perder, por sentir una paz interior indescriptible cuando se gana, por pensar que el baloncesto es sólo esencia y no negocio, por vivir al margen de los que lo manipulan e intoxican, por ser inocentes, por pensar en el patio del colegio en sus frías tardes, con sus balones de goma y su cemento.

Esos que, al igual que los otros, nos llevamos la familia a cuestas o la dejamos a cientos de kilómetros. Esos que, vivimos con una permanente sensación de interinidad, los mismos a los que muchas veces no nos dan de alta por las horas que trabajamos ni por el salario que realmente percibimos. Así están las cosas, y sino lo quieres, ya vendrá otro, porque la cola de "pirados" es larga, muy larga.

Todo eso es verdad, y muchas más cosas que ni quiero ni me apetece contar, pero existen infinitas más que justifican nuestra "locura". Desde la primera de todas que, no es otra que enseñar baloncesto, transmitir tu filosofía, tu modo de entenderlo y, al final, verlo ejecutado sobre una cancha (sí, tenemos mucho ego los entrenadores, para que negarlo); hasta la última, ganar partidos. Supone un sendero de entera satisfacción, un trayecto de sensaciones difícilmente explicables.

A todo ésto, hay que sumarle los lugares que visitas, la buena gente que conoces y nunca llegarás a olvidar. De la mala no te acuerdas con el paso del tiempo, pero también te ayudan. A ser más fuerte, a no rendirte, a entender que luchar y competir limpiamente es el único camino, a saber que no sólo lloran los débiles, a mirar al futuro a los ojos por muy mal que se presente, a tratar de aprender de los fallos del pasado y, por supuesto, a apreciar y a cuidar todo lo mucho y bueno que encuentras a tu paso.

Ahora, sentando aquí, mientras escribo, me pregunto cuánto tiempo tardaré en romper mi camisa de fuerza. Probablemente, lo que tarde en volver a sonar el teléfono de nuevo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario