lunes, 8 de noviembre de 2010

Esperanzas rotas


La nausea inundó su boca, desde hacía un tiempo su memoria siempre evocaba el mismo recuerdo, su vida estaba presidida por la culpabilidad y la angustia; y su mirada no hallaba cobijo en los ojos de nadie. Siempre soñó con dominar el tiempo, con ser capaz de colocar las manijas del reloj en el lugar que él deseara dependiendo de su conveniencia; siempre, desde pequeño.

No recordaba la última vez que salió de casa, su aspecto cuidado y refinado de otras épocas, distaba demasiado del que presentaba en las últimas semanas. Había olvidado el tacto de una maquinilla de afeitar sobre su rostro, el agua de la ducha ya no se deslizaba por su cuerpo y la luz del sol entraba a hurtadillas por las rendijas que había en las persianas del salón.

Hacía tiempo que el mundo no se acordaba de él, durante unos meses todos trataron de ayudarle, no dejó que lo hicieran. Permaneció enrocado, anclado en el recuerdo de su maldita desgracia, despreciando el amargo sabor de la culpa y llorando cada vez que sus lacrimales se recuperaban tras una pequeña tregua.

Hubo otro tiempo en el que, la fortuna fue su compañera de viaje, el éxito presidía su vida; un tiempo en el que, la admiración de sus amigos y la envidia de los enemigos se convirtieron en los motores de su insaciable codicia.

Debilidad no era una palabra que existiera en su diccionario, su trayecto estaba jalonado por sustantivos como: poder, dinero, fama, éxito o riqueza. Ahora, sentado sobre el suelo de la cocina, vivía con la certeza de que todo aquello eran aspectos banales, superfluos, prescindibles, que la vida no era aquello; porque todo eso pudo mantenerlo, pero había perdido lo más importante, lo único importante, lo imprescindible.

Todo cambió aquella noche de diciembre, él, ajeno a las leyes, al sentido común y a las advertencias de los demás, no renunció a conducir su potente Mercedes a pesar de que, sus condiciones no eran, ni de lejos, las más apropiadas. Ya había estado al volante en otras ocasiones y en condiciones parecidas, nunca había pasado nada. Eso era algo que les ocurría a otros, leyendas urbanas que eran contadas para asustarnos.

El grito ahogado de su mujer fue el presagio, el estruendo del coche al estrellarse contra un árbol, la confirmación. El cansancio, el hielo, y, sobre todo, el alcohol, las causas.

Aturdido y ensangrentado miró a su alrededor, todo era silencio. Las voces de sus dos hijos en los asientos traseros ya no se escuchaban, el rostro de ella permanecía con los ojos abiertos y con una mueca de horror y certeza. Todo cambió de repente, nada volvería a ser como antes; para unos, la vida ya no existía, para él, había perdido el sentido.

No hay comentarios:

Publicar un comentario