miércoles, 24 de noviembre de 2010

El privilegio de sentirse vivo

Caminaba distraído como otras tantas veces, absorto en mis pensamientos. Me gusta viajar con la mente, disfruto cuando lo hago, es algo que permite que me sienta ajeno a todo lo que me rodea en ese momento. Supone, al menos para mí, una sensación placentera.

Rodeado de gente que andaba apresurada, con las bocinas de los coches como prueba de la impaciencia que nos mueve y las luces de navidad como presagio de felicidad para unos, y tristeza y melancolía para otros. Un "hasta luego Félix" me llevó de vuelta a la realidad. La vi, con su mirada llena de bondad y esa sonrisa que nunca abandona, como si su corazón se sintiera traicionado si lo hiciera. De su brazo, mucho más distraido que yo, avanzando a pasos cortos y apresurados, caminaba su marido.

Él no me reconoció, ni tan siquiera reparó en mi presencia, hace tiempo que eso sucede. Su mente está mucho más lejos que la mía en esos días en los que vago por la ciudad. Dicen que ya no piensa, y si lo hace, que no razona. Poco a poco se va sintiendo como un niño, cada vez más pequeño, cada día más perdido. Llora sin motivo aparente, aunque quizás si lo tenga, acaso, de vez en cuando recuerda quien es y plañe porque esa conciencia no viva presente hasta el fin de sus días.

La vida está llena de bellos y maravillosos momentos, de instantes que componen una felicidad imaginaria. Por suerte, la mente aisla los malos recuerdos y siempre deja el poso de las buenas experiencias. De aquellas que llenan nuestro baúl de esperanzas por conseguir la sonrisa eterna, la paz interior que tanto perseguimos.

De no ser así estaríamos perdidos, más locos de lo que estamos, más peligrosos de lo que somos. Porque desgraciadamente la vida golpea sin piedad, injustamente, sin sentido, sin remisión. Y mientras, asistimos sumisos a una función a la que tan sólo hemos sido invitados a participar, donde en pocos casos tenemos capacidad para virar el rumbo, para cambiar el destino.

Muchos son los que se han ido antes de tiempo, a otros tantos les hubiera gustado acompañarles para evitar tanto sufrimiento. El resto lamentamos su desgracia y su ausencia, entretanto, la vida prosigue sin reparar en quién falta, en quién no volverá a sentir jamás las gotas de lluvia sobre su cara, el viento acariciando su rostro y el sol calentando sus mañanas.

Por eso, cada día al abrir los ojos, al sentir mi cuerpo, al percibirme vivo, sonrío. Por dentro y por fuera. Ignoro a quién tengo que darle las gracias, pero me siento dichoso y afortunado, un privilegiado. Y como tal disfruto, recordándome que, cada día que estoy mal es uno que no estoy bien; y eso es algo que ninguno de nosotros nos podemos permitir.

Hoy, cuando vague por las calles de la ciudad, absorto, abstraído, sumido en mis pensamientos y extraño a cuanto me rodea, me acordaré de él.




1 comentario:

  1. Buena reflexión!! Estaría bien acordarnos de eso constantemente, veamos o no a ese pequeño hombre que le cuesta seguir los pasos de su fiel compañera.
    Ánimo y sigue dedicándote a tus textos

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