jueves, 25 de noviembre de 2010

El poder de la mente

Todos somos conscientes de que la mente rige cada uno de nuestros actos, todos sabemos que conforme sea nuestra fortaleza y equilibrio mental así podremos afrontar según que retos y encajar las circunstancias adversas que se presentan a lo largo de nuestra vida. Muchos nos creemos con esa capacidad, pero sólo cuando el destino nos juega una mala pasada es cuando realmente sabemos si esa seguridad en nosotros mismos es real o imaginaria.

Esos son los retos de la vida cotidiana, del mundo real, de nuestra capacidad para enfrentarnos a él, para ser equilibrados. Y, a juzgar por los datos, no parece una tarea sencilla. En España, al menos cuatro millones de personas sufren algún tipo de depresión, y según un reciente congreso celebrado en Buenos Aires, se asegura que, en diez años será la segunda causa de incapacidad, por encima de enfermedades cerebrovasculares o pulmonares.

No se trata de realizar un concienzudo análisis para el cual no estoy capacitado, ni intentar descubrir al impostor de Uri Geller y sus supuestos poderes psíquicos. Simplemente es la constatación de la realidad, esa que nos ocupa cotidianamente. La vida en general parece ser compleja, eso dice la gente. Ahora bien, no sé si lo es tanto por su propia condición o por la capacidad que tiene el ser humano para meterse en todos los charcos.

Afrontamos retos diarios, sucesos que nos trastornan, con o sin motivo. Provocamos, de circunstancias insignificantes, consecuencias extraordinarias. Nos derrumbamos con la misma facilidad con la que nos venimos arriba, pasa en la vida y pasa en el deporte.

Siempre me ha llamado poderosamente la atención la capacidad que tienen algunos deportistas para hundirse sin motivo aparente. Muchos parecen vivir en una montaña rusa, en una ciclotimia constante, y ese, siempre ha supuesto un gran interrogante para mi. El caballo de batalla de cualquier entrenador, intentar que su equipo sea fuerte mentalmente, que no se derrumbe cuando el más mínimo obstáculo se asoma en el camino.

Hay deportes, generalmente los individuales y en concreto el tenis, que suponen una demostración constante de fortaleza mental. Más allá de la cualidades físicas o técnicas se sitúa el poder de la mente para competir, no sólo contra el adversario, sino contra uno mismo. Nadal supone un caso extraordinario y el paradigma de cualquier deportista que se precie.

Cualquiera entiende que en el deporte individual un jugador pueda pasar por diferentes estados de ánimo y que, en ocasiones, no sea capaz de sobreponerse a un momento de duda, de falta de confianza. Pero resulta especialmente llamativo como un equipo puede derrumbarse con la misma facilidad que un castillo de naipes ante una ráfaga de viento.

El deporte son estados de ánimo, y en el baloncesto éstos abundan. Cuando veinte segundos atrás vivías presa de la euforia producto de una acción positiva, no imaginabas que al cabo de un instante ibas a estar sumido en una profunda depresión de la que no sería capaz de rescatarte ni el mismísimo Sigmun Freud. Sorprenden estas reacciones y aún más cuando, en muchos casos, se trata de jugadores veteranos y curtidos en mil batallas.

Hablamos  de dinámicas para interpretar lo sucedido. Suponen argumentaciones etéreas, la conclusión de lo que no podemos explicar, de aquello que se escapa a nuestro control. Ese agujero negro que tantas veces nos ha engullido, el mismo del que hemos salido sin motivo aparente, del que nos alejamos con mayor fuerza de la que entramos, para perseguir la euforia, para desear vivir instalados en ella, para no querer abandonarla nunca. Para no volver a sentirnos presa de nuestros miedos y temores. Para engañarnos pensando que dominamos nuestra mente.

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