lunes, 15 de noviembre de 2010

El delito de llamar a las cosas por su nombre


Hay profesiones que viven permanentemente sometidas al escrutinio popular, esas sobre las que todos sabemos, para las que, en algunos casos, uno llega a pensar que ante tanto juicio público no hace falta preparación. Normalmente son ocupaciones sujetas a una extraordinaria presión y en las que, los errores propios o ajenos se terminan pagando.

Dentro de ese conjunto se encuentra la de entrenador, y los que hemos tenido la fortuna de dedicarnos profesionalmente a ésto, sabemos de lo que hablamos. El filo de la guadaña reluce resplandeciente en cuanto se presenta la más mínima oportunidad y el primer síntoma de debilidad. Uno es evaluado por sus conocimientos y capacidades, pero también por una serie de imponderables que, en muchas ocasiones se escapan a nuestro control. Otros, con una mayor capacidad de crítica, que no, autocrítica, lo llamarán excusas.

Hay pocos puestos de trabajo en los que el futuro resulte tan inmediato, en los que el presente sea ya pasado y en los que el tiempo que pasó forme parte, con tanta premura, de una colección de vagos recuerdos. Uno espera que la grada le juzgue, que los directivos decidan, que las aficiones contrarias escupan improperios hacía él y los suyos, que la prensa evalúe y que los resultados sentencien. Pero en ningún caso, que un "compañero" de profesión le sitúe a los pies de los caballos.

Cuando eres un tipo modesto e integro, profesional de los pies a la cabeza, currante como pocos, de esos que han hecho su camino desde abajo, sin faltar al respeto a nadie, sin empujones ni puñaladas traperas, sobreponiéndote a desgracias personales terribles, llamando a las cosas por su nombre, sin esconderse, asumiendo los errores y sin sacar pecho cuando la vida sonríe en forma de resultados; cuando eres un paisano de los pies a la cabeza. Tiene que ser muy jodido que venga un "compañero" de profesión y cuestione, ya no tu trabajo, sino, tu profesionalidad, tu deportividad y tu decencia.

Las declaraciones de Mourinho, en las que acusaba a Manolo Preciado de manipular el desarrollo de la competición por no sacar al equipo titular en el Camp Nou, suponen uno de los ejercicios más asquerosos y desleales que se hayan visto en mucho tiempo en la profesión. Tales afirmaciones situaban al entrenador cántabro en una delicada posición, ante los ojos de cualquier directiva o afición, poco puede ser peor considerado que un entrenador que no defiende los intereses de su equipo y que asume la derrota antes de salir al campo.

Preciado reaccionó como suelen hacerlo las personas que llaman al pan pan y al vino vino, esas que dicen las cosas por su nombre, como aquellos que se han revuelto una y otra vez ante las injusticias de la vida. Dijo lo que muchos piensan y ni tan siquiera se atreven a susurrar. Le llamó "canalla", a la sazón ruin, dicho de una persona de malas costumbres y procedimientos, sobre los hábitos de Mourinho no hablaré porque los desconozco, pero sus procederes, por todos conocidos, se ajustan como anillo al dedo a semejante definición.

Tras lo dicho por Manolo, unos cuantos se apresuraron a llenar páginas de periódicos y horas de radio, dijeron que se había pasado veinte pueblos, que había perdido la cabeza y que pretendía desviar la atención tras la eliminación de su equipo en la Copa del Rey, otros argumentaron que pretendía apropiarse de un protagonismo que no le correspondía, que buscaba su minuto de gloria a costa de "The special one", otros tantos llamaron a las puertas del comité antiviolencia pidiendo una sanción ejemplarizante.

Claro está, enfrente se situaba el paradigma de la deportividad, el conciliador, aquel que nunca provoca, el caballero, el que vive ajeno a la polémica y huye de la discordia, el de los sutiles comportamientos, el que sienta cátedra cada vez que habla y vive permanentemente por encima del bien y del mal. El inmortal.

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