viernes, 12 de noviembre de 2010

Como si lo regalaran


Ayer por la mañana me sentí como Ana Zalba, aquella mujer que durante veinte años entró siempre la primera en las rebajas del Corte Inglés de Preciados e incluso llegó a protagonizar un anuncio de la propia cadena en un homenaje a todas esas personas anónimas que año tras año esperan el ansiado momento.

Mi padre ya me había advertido de las situaciones que allí se producían, ajeno a dichas recomendaciones e imaginando que eran los típicos consejos que da todo padre a un hijo, me dispuse a visitar el Lidl y comprar una radio-despertador. La oferta era un chollo y la que tengo tiene ya, poco de despertador y menos de radio.

Aprovechando la proximidad del citado supermercado, me tomé las cosas con relativa calma. La apertura se produce a las nueve y cuarto así que, con estar allí cinco minutos antes, tenía más que suficiente.

"No te despistes que vuelan. Que no veas como se pone la gente". "Papá, no será para tanto" "Avisado quedas". Allí llegaba yo, silbando, imaginando que aquella fría mañana de noviembre el personal tendría más cosas que hacer que estar a las nueve de la mañana a la puerta de un supermercado esperando devorar buena parte de las ofertas que se presentaban esa jornada.

No llevaba las gafas, distinguí unos cuantos bultos a lo lejos que provocaron en mi una cierta zozobra. Los pensamientos empezaron a agolparse en mi mente: "Pero cómo es ésto posible. Si yo siempre tiro las hojas de publicidad a la basura sin leerlas. Ya verás como vienen todos a por la radio. Joder, con 37 años ya es hora de que empieces a hacer caso a tus padres". Aquello era una olla a presión, mi cabeza y la puerta del Lidl.

La tensión se podía cortar, observé la estrategia, nadie miraba a la cara, la técnica del reojo es básica en unas circunstancias como esas. La gente tomaba posiciones, a dos minutos de la apertura ocho personas más salieron de sus coches. Ésto está lleno de alienígenas, pensé. Vi asomar algún que otro codo y entonces me dije, tanto tiempo jugando al poste bajo te tiene que valer de algo más que para repartir asistencias.

Ya nadie observaba el reloj, todos tenían su mirada clavada en la trapa, esperando el ruido del motor, esperando una señal, bufando, aniquilando al contrario con unos ojos que desprendían llamaradas. ¡Joder, qué tensión!

El sonido de aquella persiana subiendo fue el detonante, hubo unos cuantos empujones, algún que otro improperio, pero, ante todo, mucha deportividad. Unas mujeres que sobrepasaban holgadamente los 70 parecían las hijas del viento, entré aturdido, intentando averiguar dónde podía estar mi codiciada radio, aquella que amenizaría mis noches de insomnio. Decidí seguir a la señora del abrigo gris, pisaba con paso firme y parecía estar segura de su destino. Me dí cuenta que me había equivocado cuando la vi coger unos kiwis.

Entonces oí el revuelo, la gente estaba agolpada sobre unos cajones. La deportividad se había perdido, tiraban de cada extremo de los artículos en oferta con inusitada codicia, me recordaron a los documentales de la 2. Me acerqué con mucha precaución, como si estuviera de visita o haciendo un estudio sociológico. No puedo relatar lo que allí sucedió, no me siento orgulloso de mi comportamiento, pero sí puedo asegurar que, cada mañana me despertará una deliciosa melodía.

1 comentario:

  1. Felixuco eso es porque no sabes de compras...si hubiese ido yo...ya te habrias enterado de lo que era pivotear y coger la radio en 0,5!!jajja. De todas maneras, la del abrigo gris estaba cantado que no iba por la radio, de detective no te fichamos jajajaj. Un besazo crack. nena

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