lunes, 29 de noviembre de 2010

Yo, me pido el arco iris


El concepto de propiedad es tan antiguo como el ser humano, circunstancia que se ha visto exacerbada con el paso de los años. Cierto es que, los hay despegados, los menos, muy pocos. Luego estamos la mayoría, los que queremos únicamente lo que hemos logrado con nuestro sacrificio.

Después, están unos cuantos que medran por lo que han conseguido sus antepasados, por el simple hecho de que exista consanguinidad, ya se creen con derecho para pleitear con quién se ponga por delante e incluso, en ocasiones, pedir la declaración de incapacidad para aquellos que les han procurado un cobijo, una educación y, en muchos casos, la vida.

Luego, tras todos ellos, o antes, vete tú a saber, se sitúan los de la insaciable codicia, aquellos que quieren lo propio, lo ajeno y lo que nunca ha pertenecido a nadie, o mejor dicho, nos pertenece a todos. En este distinguido grupo encontramos a una gallega que recientemente se ha declarado dueña del Sol, casi nada.

Al parecer, encontró una posibilidad de ganar dinero con el astro a sabiendas de que existe un acuerdo internacional que impide a los países adjudicarse la propiedad de cualquier planeta; y tras percatarse de que un americano había registrado recientemente varios de ellos, así como la Luna, pero no había hecho lo propio con el Sol.

Así que, ni corta ni perezosa se presentó ante un notario para que éste diera fe de semejante acontecimiento. Había que haber visto la cara del buen hombre, yo hubiera pagado dinero por ello. El certificador, tras su asombro inicial y después de realizar las oportunas consultas a su correspondiente colegio, no tuvo otra que dar fe del citado hecho.

"La adquisición de la propiedad referida constituye una aprehensión electromagnética y radiactiva, al no existir ni conocerse en cinco mil millones de años propietario alguno hasta la fecha", ésto es lo que reza el documento notarial, que también la declara dueña "por usucapión, habiendo hecho de la propiedad del Sol de buena fe, de forma pacífica e ininterrumpidamente durante 31 años".

Parece tener muy claras tanto sus ideas, como sus propósitos, que no son otros que cobrar un canon a todo aquel que utilice la energía que mana del astro rey. Dice haber hablado con el Ministerio de Industria al respecto, asegurando que les cedería un 50% de sus ingresos para que éstos fueran destinados a los Presupuestos Generales del Estado.; otro 20% para financiar las pensiones mínimas, un 10% más para dedicar a investigación y sanidad y otro 10% para ayudar a erradicar el hambre. Lo que demuestra su extraordinaria generosidad, puesto que ella sólo se quedaría con el 10% restante.

En lo que no ha debido de reparar, es en las posibles demandas que a partir de ahora pueden interponer todos aquellos que en algún momento de su vida se hayan visto perjudicados por el Sol. Los agricultores cuando han perdido sus cosechas por culpa de la sequía, las personas víctimas de cáncer de piel o quemaduras, familiares que querrán resarcirse por la muerte de alguno de los suyos provocada por una fuerte ola de calor, etc.

Quizás, esta posibilidad la lleve a reconsiderar su postura, ya sea adjudicándose un porcentaje mayor al 10%, puesto que tantos pleitos pueden resultar demasiado costosos, o renunciado a la propiedad de algo que nos pertenece a todos los que habitamos este planeta.

Ingenio y cara dura no le faltan a la buena mujer. Y puesto que me considero con bastante de lo primero, y sobrado de lo segundo, a sugerencia de mi mujer he decidido que hoy mismo me voy a apropiar del arco iris.

Hemos analizado las posibles demandas y, entendemos que existen escasas probabilidades de que se produzcan. Por el contrario, aún lejos de los beneficios económicos que producirá el Sol, todos aquellos que lo pinten o fotografíen tendrán que pagar por ello. Joder, y luego nos quejamos de Ramoncín.

viernes, 26 de noviembre de 2010

¿Qué tal un poco de respeto?



Hay equipos que devoran entrenadores. Clubes donde la urgencia de títulos en algunos casos y la ineptitud de sus dirigentes, en otros muchos, ven desfilar a compañeros de profesión como pasos de Semana Santa.


Este empleo debería ser considerado de alto riesgo. Con la permanente sensación de interinidad, sometidos a una extraordinaria presión, la cual aumenta  a medida que se trabaja en superiores categorías y se dispara entrenando a según que clubes. Con esa extraña percepción que revela que no siempre los resultados están directamente ligados a la calidad de tu trabajo, y con la certeza de que, sobre ésto, sabe hasta mi vecino el del quinto.

Muchas veces tengo la sensación de vivir en un país lleno de urgencias, y el deporte se convierte en fiel reflejo de las mismas. La noticia no es el cese de un entrenador, muy al contrario, ésta se produce cuando alguno vive en el mismo banquillo más allá de la tercera temporada. En este trabajo eres tan bueno, o tan malo, como tu último resultado.

Cuestionamos con total impunidad el trabajo de los demás y opinamos con absoluta ligereza sobre el mismo. Ausentes de argumentos y ajenos al trabajo diario, nuestra soberbia o ignorancia nos impide someternos al escrutinio de la prudencia.

En los últimos meses asisto perplejo, no sólo a la controversia que generan las decisiones que toma Messina, sino, al debate sobre su capacidad para entrenar a un equipo como el Real Madrid. Polémica que me confunde aún más, cuando es considerado uno de los mejores entrenadores de Europa y  acumula en su palmarés un par de Euroligas y una medalla de plata en un Eurobasket con la selección Italiana.

A propósito de ésto, y sin querer compararme con Messina, semejante osadía no está al alcance ni de un leonés, recuerdo una anécdota de mi época en Los Barrios. En la grada, detrás del banquillo contrario, se situaba un "personaje" (voy a evitar calificativos desagradables que traigan peores consecuencias) que no dejaba de increparme. Lo hacía cada partido que jugábamos en casa, daba igual cuál fuera el resultado, sus descalificaciones daban siempre paso al insulto y a una inquina personal sobre la que desconozco su motivación al día de hoy.

En un partido contra Menorca, después de perder con un triple de F.J. Martín en el último segundo, en mi camino al vestuario el tipo no dejó de acordarse de toda mi familia, la viva y la del más allá. En un ataque de ira, producto del hastío y el hartazgo que me producía semejante personaje, perdí el control como no lo puede hacer alguien que se dedique a esta profesión. Puse a su disposición todo un repertorio de lindeces, así como el ofrecimiento de alguna que otra "caricia".

Creo que me arrepentí de ello antes de hacerlo, aunque aquel suceso me llevó a conocer la mejor historia relacionada con individuos de esta calaña. Cuentan que, un entrenador que tuvo la Balona, también conocido como la Balompédica Linense, equipo de la Línea de la Concepción, no paraba de recibir insultos y descalificaciones, domingo sí y domingo también, por parte de un aficionado del equipo. Era tal el acoso que el entrenador indagó hasta conocer la profesión del ultra en cuestión.

Se enteró de que éste era carnicero y, un lunes se situó en la puerta de su comercio gritando como un poseso y aludiendo a la multitud de efectos nocivos que producía la carne del hooligan. Al cabo de un rato el carnicero salió de su tienda suplicando al entrenador que dejara de hacer aquello porque le iba a arruinar el negocio, a lo que este último contesto: "Eso es lo mismo que haces tú conmigo cada domingo". Desde entonces, el seguidor no volvió a abrir la boca para descalificar al entrenador de su equipo.

Obviamente, muchos de nosotros no tendríamos ni tiempo ni ganas para hacer lo mismo con todos aquellos que, no sólo ponen en cuestión nuestra capacidad sin el menor argumento, sino, con todos esos que descalifican motivados por una osadia e ignorancia que a veces asusta. Pero sí puede servir a esos mismos para sentir empatía y respeto por alguien que desempeña su profesión con la misma honestidad que ellos la propia.


jueves, 25 de noviembre de 2010

El poder de la mente

Todos somos conscientes de que la mente rige cada uno de nuestros actos, todos sabemos que conforme sea nuestra fortaleza y equilibrio mental así podremos afrontar según que retos y encajar las circunstancias adversas que se presentan a lo largo de nuestra vida. Muchos nos creemos con esa capacidad, pero sólo cuando el destino nos juega una mala pasada es cuando realmente sabemos si esa seguridad en nosotros mismos es real o imaginaria.

Esos son los retos de la vida cotidiana, del mundo real, de nuestra capacidad para enfrentarnos a él, para ser equilibrados. Y, a juzgar por los datos, no parece una tarea sencilla. En España, al menos cuatro millones de personas sufren algún tipo de depresión, y según un reciente congreso celebrado en Buenos Aires, se asegura que, en diez años será la segunda causa de incapacidad, por encima de enfermedades cerebrovasculares o pulmonares.

No se trata de realizar un concienzudo análisis para el cual no estoy capacitado, ni intentar descubrir al impostor de Uri Geller y sus supuestos poderes psíquicos. Simplemente es la constatación de la realidad, esa que nos ocupa cotidianamente. La vida en general parece ser compleja, eso dice la gente. Ahora bien, no sé si lo es tanto por su propia condición o por la capacidad que tiene el ser humano para meterse en todos los charcos.

Afrontamos retos diarios, sucesos que nos trastornan, con o sin motivo. Provocamos, de circunstancias insignificantes, consecuencias extraordinarias. Nos derrumbamos con la misma facilidad con la que nos venimos arriba, pasa en la vida y pasa en el deporte.

Siempre me ha llamado poderosamente la atención la capacidad que tienen algunos deportistas para hundirse sin motivo aparente. Muchos parecen vivir en una montaña rusa, en una ciclotimia constante, y ese, siempre ha supuesto un gran interrogante para mi. El caballo de batalla de cualquier entrenador, intentar que su equipo sea fuerte mentalmente, que no se derrumbe cuando el más mínimo obstáculo se asoma en el camino.

Hay deportes, generalmente los individuales y en concreto el tenis, que suponen una demostración constante de fortaleza mental. Más allá de la cualidades físicas o técnicas se sitúa el poder de la mente para competir, no sólo contra el adversario, sino contra uno mismo. Nadal supone un caso extraordinario y el paradigma de cualquier deportista que se precie.

Cualquiera entiende que en el deporte individual un jugador pueda pasar por diferentes estados de ánimo y que, en ocasiones, no sea capaz de sobreponerse a un momento de duda, de falta de confianza. Pero resulta especialmente llamativo como un equipo puede derrumbarse con la misma facilidad que un castillo de naipes ante una ráfaga de viento.

El deporte son estados de ánimo, y en el baloncesto éstos abundan. Cuando veinte segundos atrás vivías presa de la euforia producto de una acción positiva, no imaginabas que al cabo de un instante ibas a estar sumido en una profunda depresión de la que no sería capaz de rescatarte ni el mismísimo Sigmun Freud. Sorprenden estas reacciones y aún más cuando, en muchos casos, se trata de jugadores veteranos y curtidos en mil batallas.

Hablamos  de dinámicas para interpretar lo sucedido. Suponen argumentaciones etéreas, la conclusión de lo que no podemos explicar, de aquello que se escapa a nuestro control. Ese agujero negro que tantas veces nos ha engullido, el mismo del que hemos salido sin motivo aparente, del que nos alejamos con mayor fuerza de la que entramos, para perseguir la euforia, para desear vivir instalados en ella, para no querer abandonarla nunca. Para no volver a sentirnos presa de nuestros miedos y temores. Para engañarnos pensando que dominamos nuestra mente.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

El privilegio de sentirse vivo

Caminaba distraído como otras tantas veces, absorto en mis pensamientos. Me gusta viajar con la mente, disfruto cuando lo hago, es algo que permite que me sienta ajeno a todo lo que me rodea en ese momento. Supone, al menos para mí, una sensación placentera.

Rodeado de gente que andaba apresurada, con las bocinas de los coches como prueba de la impaciencia que nos mueve y las luces de navidad como presagio de felicidad para unos, y tristeza y melancolía para otros. Un "hasta luego Félix" me llevó de vuelta a la realidad. La vi, con su mirada llena de bondad y esa sonrisa que nunca abandona, como si su corazón se sintiera traicionado si lo hiciera. De su brazo, mucho más distraido que yo, avanzando a pasos cortos y apresurados, caminaba su marido.

Él no me reconoció, ni tan siquiera reparó en mi presencia, hace tiempo que eso sucede. Su mente está mucho más lejos que la mía en esos días en los que vago por la ciudad. Dicen que ya no piensa, y si lo hace, que no razona. Poco a poco se va sintiendo como un niño, cada vez más pequeño, cada día más perdido. Llora sin motivo aparente, aunque quizás si lo tenga, acaso, de vez en cuando recuerda quien es y plañe porque esa conciencia no viva presente hasta el fin de sus días.

La vida está llena de bellos y maravillosos momentos, de instantes que componen una felicidad imaginaria. Por suerte, la mente aisla los malos recuerdos y siempre deja el poso de las buenas experiencias. De aquellas que llenan nuestro baúl de esperanzas por conseguir la sonrisa eterna, la paz interior que tanto perseguimos.

De no ser así estaríamos perdidos, más locos de lo que estamos, más peligrosos de lo que somos. Porque desgraciadamente la vida golpea sin piedad, injustamente, sin sentido, sin remisión. Y mientras, asistimos sumisos a una función a la que tan sólo hemos sido invitados a participar, donde en pocos casos tenemos capacidad para virar el rumbo, para cambiar el destino.

Muchos son los que se han ido antes de tiempo, a otros tantos les hubiera gustado acompañarles para evitar tanto sufrimiento. El resto lamentamos su desgracia y su ausencia, entretanto, la vida prosigue sin reparar en quién falta, en quién no volverá a sentir jamás las gotas de lluvia sobre su cara, el viento acariciando su rostro y el sol calentando sus mañanas.

Por eso, cada día al abrir los ojos, al sentir mi cuerpo, al percibirme vivo, sonrío. Por dentro y por fuera. Ignoro a quién tengo que darle las gracias, pero me siento dichoso y afortunado, un privilegiado. Y como tal disfruto, recordándome que, cada día que estoy mal es uno que no estoy bien; y eso es algo que ninguno de nosotros nos podemos permitir.

Hoy, cuando vague por las calles de la ciudad, absorto, abstraído, sumido en mis pensamientos y extraño a cuanto me rodea, me acordaré de él.




martes, 23 de noviembre de 2010

Asalto a la banca

Con el pelo rapado y algunos kilos de más, con las canas poblando su barba y repantingado en un sofá; habla sobre cómo llevar a cabo una revolución hoy en día. Siempre fue un tipo diferente, con aquellos cuellos subidos que le hicieron tan famoso como sus goles, con ese carácter indomable y sus continuas polémicas, ya fuera con entrenadores, compañeros de equipo o aficionados, como aquel al que le propinó una patada en el pecho durante un partido tras saltar una valla publicitaria y después de que éste no dejara de dirigirle insultos racistas. Así era, así es Eric Cantona, genio y figura.

Pocos jugadores han sido tan queridos por las aficiones, pocos han sido elevados a la categoría de mitos cuando su carrera aún latía, como lo demuestra el hecho de que la afición del Manchester United le nombrara el mejor jugador del siglo XX. Polifacético, odiado por muchos e idolatrado por la mayoría.

Ahora, retirado de la primera línea, con el cine y su afición al fútbol playa como únicos testigos, la ha liado parda. En unas recientes declaraciones a un periódico regional llamado Presse Ocean, Cantona habla sobre la polémica acontecida en Francia en los últimos meses y la miseria en la que vive sumido medio mundo, asegura que salir a la calle ya no tiene sentido, que esa ya no es la verdadera revolución y señala a los bancos como los principales culpables del lío en el que anda metido el planeta.

Empieza apagado, casi susurrando, y a medida que escucha su argumento se entusiasma con la idea propuesta. Asevera que en lugar de tirarse a la calle portando pancartas y gritando en contra de quien corresponda, cada uno de los que se manifiestan deberían ir a su banco a pedir que le den en efectivo el dinero del que disponen en su cuenta. El colapso sería absoluto, la banca sufriría, se desplomaría y entonces, empezarían a escucharnos. Esa es la verdadera revolución.

La idea ha calado, ya existen movimientos en las redes sociales que la promueven, cada vez son más los que se unen a la causa, incluso, ya se ha puesto fecha a la misma, el 7 de diciembre.  Periódicos de todo el mundo se han hecho eco de la noticia. Cantona vuelve a situarse bajo los focos y, es probable que se esté riendo del taco organizado mientras algunos bancos ya empiezan a tomarse en serio su reflexión.

Los curritos de a pie sabemos que tiene más razón que un santo, aunque también sabemos que si quieres disponer en efectivo de una cantidad respetable, debes avisar con al menos un día de antelación, así que, no estaría de más que el personal que se disponga a retirar el dinero de su cuenta tome nota.

Dicho ésto, ahora queda la segunda parte del negocio, saber si realmente los ciudadanos comunes, como tú o como yo, le haremos caso. Si exceptuamos a todos aquellos a los que los bancos hacen reverencias al entrar, lo que supone un porcentaje muy reducido; quedamos todos los demás, que somos muchos.

Dentro de este nutrido grupo habrá diferentes opiniones, algunos se creerán más ricos de lo que son, por lo tanto, están descartados. Otros, entre los que me incluyo, estando de acuerdo con el francés, nos sentimos vencidos por el sistema. Los de más allá no tendrán ni un duro que sacar y los antisistema no guardan el dinero en los bancos. Así que, solamente quedan aquellos románticos que piensan que aún se puede cambiar el mundo.

A pesar de ello, habrá que estar atentos al día 7 de diciembre. Y sobre todo, lo que me gustaría saber es si Cantona estará allí para retirar su dinero, aunque para ello tenga que llevar un furgón blindado. Si es así, yo, me apunto.


lunes, 22 de noviembre de 2010

Palabras huecas


Hay palabras que el paso del tiempo modifica, otras, en cambio, no soportan la "evolución", tratan de preservar su significado, pero el transcurso de los acontecimientos, de los hábitos y costumbres impiden que así sea. Las seguimos utilizando con el convencimiento de que simbolizan aquello que nos enseñaron, pero la vida nos demuestra que tal esfuerzo resulta baldío.

De este modo, uno asiste atónito a los comportamientos de muchos jóvenes, aunque produce una mayor perplejidad las reacciones de un gran número de padres. Hace unos meses, siete jóvenes de la localidad madrileña de Pozuelo, fueron setenciados por un juez a no salir de fiesta durante tres meses a partir de las diez de la noche. Los progenitores se apresuraron a poner el grito en cielo e instaron a sus abogados a que interpusieran los recursos correspondientes.

Ni entendían ni compartían la desproporción de semejante sanción, al fin y al cabo, sus vástagos sólo habían protagonizado una batalla campal en la que diez policías habían resultado heridos, dos de ellos de gravedad. Incluso trataron, en vano, asaltar la comisaria municipal.

Si los hechos en cuestión no fueran tan graves, la sentencia produciría la hilaridad de muchos. Asistimos ausentes a un momento crucial en el desarrollo de nuestra sociedad. Lo que antes suponía un castigo impuesto por los padres sin el menor trauma posible y soportado por el compromiso de no volver a incurrir en semejante actitud reprobatoria. Ahora, tiene que ser un juez quien ejecute los castigos que muchos padres de hoy en día no se atreven a imponer.

Hemos pasado del todo a la nada a una velocidad supersónica, del miedo de décadas atrás, al todo vale de hoy en día. Mientras, el respeto se ha visto ultrajado en el camino. Actualmente, los profesores han perdido la autoridad que antes tuvieron, la impunidad de muchos alumnos campa a sus anchas y muchos padres, socavan el esfuerzo de los docentes por tratar de inculcar a los estudiantes unos valores que, desde hace tiempo, vagan por la conciencia de muchos de ellos.

Uno no entiende qué ha ocurrido durante estos últimos años. Muchos han pasado de padres a colegas, otros, de tener miedo de sus progenitores a tener miedo a sus hijos, otros quieren hacer responsables de su incapacidad a los maestros, la disciplina es una palabra vacía de significado y llena de polvo y caspa, entretanto, el analfabetismo se asoma al quicio de la puerta.


viernes, 19 de noviembre de 2010

Mi compañera


Te soñé sin conocerte, te pretendí al verte y te desee siempre. En la presencia y en la ausencia, hasta cuando me olvidé de ti, hasta cuando me costó reconocerte, hasta el momento en el que la vida nos volvió a unir, cuando sólo te imaginé, antes de desear que regresaras y después de soñar con tu recuerdo. Siempre allí, sentando, esperando que el destino me sonriera, con alguien como tú, contigo.

Llegaste un día cualquiera, sin previo aviso, cuando ya no te esperaba, cuando la angustia era mi única compañera de viaje y la cobardía de mis actos me delataba, cuando el miedo había dejado de ser mi enemigo, cuando la esperanza era una utopía y el amor habitaba bajo tierra, cuando había dejado de ser yo, aquel día en el que parecía no haber solución y la tristeza se había convertido en mi infatigable amiga, ese en el que la autoestima dejó de existir, aquel en el que te aguardaba sin saberlo, deseando que llegaras, que salieras de las tinieblas, que abrieras la puerta de aquel sótano en el que no había ventanas; esperando que me besaras.

Y entonces apareciste, con tu sonrisa, con tu alegría desbordante, con aquella naturalidad, con tu flequillo y tu belleza, con los recuerdos del pasado, con la ambición ancestral de lo que podía haber sido, con los deseos de adolescente, con mi amor capturado en el recuerdo, con las cicatrices curadas, sin deseos ni pretensiones, llegaste como siempre, como hacía años, los mismos que no te veía, que no te recordaba.

Me rescataste del peligro, del desasosiego y el desconsuelo, de la aflicción y de las lágrimas. Llevaste a mí la alegría, la paz, la ausencia de malos momentos, el deseo de otros tiempos mejores, viniste como siempre, cuando nadie te espera y siempre haces falta. Porque así eres tú, discreta, silenciosa, abnegada, dulce y cariñosa, comprensiva, sincera e inocente, tenaz, constante, ordenada en tus hábitos y costumbres, sonriente y tolerante.

Así llegaste, y desde entonces, nunca has fallado, siempre presente, con un buen consejo, con ese punto de picardía femenina pero ausente de malicia, presta, con las maletas preparadas y el ánimo dispuesto, compañera paciente e incansable, con tus temores siempre presentes, con tu fragilidad, con esa necesidad de sentirte querida y la capacidad de resultar agradecida. Llena de virtudes y desconfianza, esperando que te demuestren antes de conceder.

En estos años hubo tiempo para todo, para reír, llorar y soñar, para viajar, a veces sin movernos del lugar, para sufrir, para ser felices, las más, para esperar, para planificar y construir, para mirarnos, para la complicidad y el respeto, siempre, para compartir, para desear volver a casa, para querer estar siempre presente, para soportar la ausencia y la distancia, para sentir y padecer, para querer y amar.

Aquello se fue, pasó y no volverá, será el principio del mañana, los primeros días del futuro, del resto de nuestros días, de lo que nos queda por vivir y no dejaremos pasar. Se fue pero formará parte de nosotros, esencia, presencia, recuerdos; cada día uno más, cada vez más fuertes, llegando a la unidad, a lo indivisible.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Recuerdos imborrables


Ya estaba advertido, así que, aunque hice caso omiso al apercibimiento y continúe hablando al cabo de un rato, mantuve todos los sentidos alerta. Ella me miró presa de un torrente de ira contenida, yo dejé de charlar mientras la observaba por el rabillo del ojo, su reacción no tardaría en llegar. Había agotado su débil paciencia, otros ya habían sido víctimas de lo que estaba a punto de sucederme.

Entonces lo vi, volando hacía mi, imparable, dispuesto a impactar contra mi cabeza, con la firme intención de dejarme aturdido y con los restos de tiza como testigos. Tuve tiempo de agacharme, sentí su rebufo y un leve silbido al sobrevolar mi cuerpo. Agachado, giré el cuello en la dirección contraria, llegué a tiempo de contemplar como el borrador impactaba en la cara de Manuel, el alumno modelo, un buen compañero, un gran estudiante, ni de lejos el típico empollón sabelotodo, un ejemplo. Aquella mañana de octubre, Manolo aprendió lo que eran los daños colaterales.

Así era doña Amparo, con el borrador cargado y las tizas volando por la clase. Mientras, nosotros, con seis años, asistíamos entre asustados y divertidos a una costumbre que se terminó convirtiendo en un juego. Los de las últimas filas corrían menos peligro, no por su falta de puntería, ni mucho menos, sino porque la distancia se había convertido en su gran aliada cuando debían de poner a prueba su velocidad de reacción. Por el contrario, a mi, el orden alfabético me ha jugado malas pasadas en unas cuantas ocasiones.

Ese fue nuestro primer año en E.G.B., peligroso para nosotros, provechoso para algún que otro oculista, pero divertido. En segundo la cosa cambió, las propabilidades de ser víctimas de un castigo eran las mismas, pero la certeza de recibirlo era infinitamente mayor, el método era infalible. Doña Teresa, la coja, con su andar descompensado y su abyecta mirada que ni tan siquiera se veía atenuada por el color azul de sus ojos. Utilizaba unos palos de madera con los que nos daba en las manos, en el culo o donde su rabia dictara. Sólo Manuel Abalo Castells, si lees ésto, que sepas que no nos olvidamos de ti; permanecía alejado de cualquier castigo.

El ínclito, suministraba a doña Teresa el material necesario para tales fines. Su padre tenía una sierra y él, llegaba a clase con varas de diferentes tipos de madera, castaño, cerezo o abedul, que nuestra querida maestra iba utilizando en función de sus estados de ánimo. Abalo, dejó el colegio al finalizar aquel curso, aquello, a un mismo tiempo, supuso su suerte y nuestra desgracia. Las técnicas de "la coja", hubieran resultado ser un juego de niños en comparación con lo que esperaba a partir de sexto. Cada cierto tiempo le busco en facebook con la intención de dar con él, con el transcurso de los meses he llegado a la conclusión de que utiliza un sobrenombre.

La cosa se fue suavizando con el paso de los cursos, Doña Oudila, Don Daniel y Doña Emilia vivían lejos de aquellos comportamientos. Resultaron ser mucho más pacientes y didácticos, tanto o más exigentes que sus predecesoras, en aquellas clases no se movía ni una mosca sin su permiso, pero ese fue un respeto que se ganaron con su forma de ser y actuar.

Llegando a sexto nos encontramos con el padre de todas las bestias, con la antipedagogía convertida en ser humano, con la suma de todas las vilezas hechas hombre, aquel, que años atrás resultó absuelto tras reventar de un bofetón el tímpano de un alumno. Caminaba bajo el manto de la impunidad, con la dudosa habilidad de humillar a los más débiles y la soberbia como virtud. Sus métodos se acercaban más a los de principio de siglo que a los que debían ser utilizados mediados los ´80. Ha resultado ser una de las tres personas más despreciables que me he encontrado en mi vida, de las otras dos ya hablaré a su debido tiempo.

Doña Goyita asistía perpleja al espectáculo, no daba crédito, nada podía hacer, excepto animar a los alumnos y consolar a algunas madres.

Séptimo y octavo resultaron años gloriosos, con Don Juan, Doña Conchita, Don Ángel y Don Víctor. Años en los que el Don o Doña dieron paso al "El" o "La" , excepto cuando nos dirigíamos a ellos, donde empezamos a creernos los reyes del mambo, donde la inocencia abría camino a la picardía, allí donde las chicas comenzaron a importarnos más que un balón de fútbol durante el recreo, donde creerte mayor era un privilegio por la ausencia de responsabilidad y donde llorar estaba mal visto.

Somos lo que vivimos, somos nuestros recuerdos y experiencias, pero también, el poso que todas y cada una de esas personas han dejado a nuestro paso, tenemos un poco de nosotros y mucho de ellos, de lo que nos enseñaron, de lo que nos gustó en su modo de actuar, también de lo que decidimos no ser, de lo que obviamos o despreciamos, de lo que el paso del tiempo nos obligó a recordar, de lo que nos hizo más fuertes.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Patriotismo de tres al cuarto


El deporte es uno de los mayores activos de nuestro país; probablemente, nuestra mejor carta de presentación ante el resto del mundo y, sin lugar a dudas, un motivo de orgullo y de unión para todos los españoles. Despierta en nosotros todo tipo de pasiones, tanto, cuando lo practicamos, como cuando lo observamos como meros espectadores. Logra arrancar de nosotros comportamientos y aptitudes, en muchos casos, desconocidas.

Muchos de nuestros deportistas son considerados ídolos. En una época en la que, para muchos, el referente es gente como Belén Esteban; ellos encarnan todos esos valores que echamos a faltar en tantos sectores de nuestra sociedad. Nos hacen soñar, nos alejan de los problemas cotidianos, sentimos sus éxitos y hazañas como propias, sufrimos con ellos en los fracasos, lamentamos sus desgracias y nos afligimos cuando se lesionan.

Forman parte de nuestras vidas, hablamos de muchos de ellos como si fueran de la familia, creemos conocerlos mejor que sus madres, ponemos en cuestión sus defectos y elogiamos hasta la extenuación sus virtudes. Pretendemos que sean infalibles, los elevamos hasta hacerles tocar la cima del mundo con la yema de los dedos. Escupimos improperios en sus descalabros y les sometemos a un grado de exigencia brutal que ni tan siquiera soñamos para con nosotros.

Así somos los aficionados, así vemos a nuestros deportistas. Nosotros, sin ellos, viviríamos con la permanente ausencia de un trozo de nuestras vidas, con la sensación de sentirnos incompletos. Ellos, sin nosotros, no existirían. No habría campos de fútbol que llenar, ni pistas de tenis que abarrotar, ni gradas de pabellones que poblar, ni carreteras que inundar, ni partidos por televisión, ni periódicos deportivos, ni tiempo de juego, ni carrusel deportivo, ni domingos de transistor y lunes de polémica.

Nos necesitan más que nosotros a ellos, muchos lo saben y lo admiten, otros tantos, los menos, viven instalados en la vanidad y el egocentrismo; pero, al fin y al cabo, todos nos reclaman. Necesitan que vayamos, al fútbol, al baloncesto, al tenis, al ciclismo, al automovilismo, al motociclimo y a tantos otros lugares. Que vayamos y gritemos, que les apoyemos, demandan nuestros ánimos, nos piden formar parte de nuestras vidas, hablan de un sentimiento común, de unos valores, de unos colores y una bandera; de nuestras señas de identidad.

Entiendo bien los motivos que llevan a algunos de ellos a residir en otros países, admito lo que supone fiscalmente,  comprendo que sus exiguas nóminas deban verse sometidas al escrutinio de un sistema menos gravoso.

Por todo eso, cuando a algunos de ellos se les llena la boca con el nombre de España, cuando presumen de ser abanderados de nuestras costumbres, de nuestra forma de ser y de entender la vida, de nuestras calles y nuestras gentes, del jamón, la fabada y la paella, del vino y del sol, de la Giralda, de la Alhambra y de todos y cada uno de los rincones de la piel de toro; me siento víctima de la mentira, el engaño, la farsa y la decepción.

Jamás admitiré esa doble moral, ya no sólo por el provecho que obtienen por ser españoles y beneficiarse de la multitud de servicios e infraestructuras que se crean y soportan con el esfuerzo de cada uno de los que contribuimos religiosamente, sino, también, por ese modo tan mezquino y vil de querer engañar a cada uno de los españoles.

martes, 16 de noviembre de 2010

Cuando ganar es lo menos importante

El domingo pasado, casi después de un año, volví a colocarme en una banda para dirigir un partido. Las circunstancias fueron bien diferentes a las vividas en años anteriores, distintas, pero no desconocidas. Llevo ya un tiempo acostumbrado a decirle al conserje que me abra la puerta de la sala donde guardamos los balones, el mismo que me ocupo de que no falte ninguno al final de cada entrenamiento. Siempre supuso una obsesión, hasta siendo profesional. Quizás, porque en mi niñez siempre fue un bien preciado y escaso.

Sustituí el traje y la corbata por el chándal, agarré las fichas de las que tiempo atrás se encargó un delegado, y porté las actas del partido, algo que siempre llevaron los auxiliares de mesa. Ayudé al conserje a mover las porterías de fútbol sala para que los chavales no corrieran aún más peligro al circular cerca de la línea de banda. Los chicos iban llegando y los límites del campo empezaron a estar poblados por padres, hermanos, abuelos y demás familia.

Entonces, empecé a observar que muchas cosas no habían cambiado, fue una especie de paramnesia, allí estaba yo, quince años más viejo, calvo (sin barriga, eso sí) y con canas en las sienes, recordando una vida olvidada. Alguien dijo: "Creo que no habrá árbitros", a lo que otro mejor informado respondió: "Vienen dos para el partido de los infantiles, así que, el de menor experiencia pitará a los alevines". Menos es nada, pensé.

Allí llegó el chico, joven, agradable en el trato pero de pocas palabras y con aspecto de haber sido levantado de la siesta. Obviamente no había quien hiciera la mesa y aquel, no sé si por miedo a las faltas de ortografía o por una actitud que, en algunos casos, empieza a ser inculcada desde que se inician, no se hacía cargo del bolígrafo. Así que, con resolución tomé las fichas y rellené el acta.

La perplejidad aumentó cuando me dijo que, como equipo local debía poner a su disposición un cronómetro, menos mal que me dio por llevar un reloj que tiene la capacidad de desempeñar dichas funciones porque, de lo contrario, hubiera estado peregrinando por los aledaños del campo hasta conseguir uno.

Cape, a la sazón presidente del club, se puso a los mandos de la mesa. El chico dejó jugar, aspecto que agradecí enormemente. Lo más destacable del partido fueron, nuestras pérdidas de balón y mi inusitada paciencia en una banda. Todos jugaron dos cuartos, no diré que se divirtieron, la cosa no salió como nos hubiera gustado y hubo más de uno pendiente del chaparrón que nos vino encima que de recordar cuál era el pie de pivote.

El transcurso del partido supuso la confirmación de algo que ya sabía, queda mucho trabajo por hacer, muchos detalles por corregir, muchos fundamentos que enseñar, pero sobre todo, queda lo más difícil, conseguir que entiendan que con diez años el resultado es lo menos importante, que más allá de ésto se sitúan otros muchos aspectos que llevarán anejos esos réditos que ya desde tan jóvenes persiguen. Tengo la sensación de que tendré que tirar del manual de psicología infantil para evitar la desmoralización. Espero equivocarme, pero creo que, a esas clases, deberán asistir algunos padres.


lunes, 15 de noviembre de 2010

El delito de llamar a las cosas por su nombre


Hay profesiones que viven permanentemente sometidas al escrutinio popular, esas sobre las que todos sabemos, para las que, en algunos casos, uno llega a pensar que ante tanto juicio público no hace falta preparación. Normalmente son ocupaciones sujetas a una extraordinaria presión y en las que, los errores propios o ajenos se terminan pagando.

Dentro de ese conjunto se encuentra la de entrenador, y los que hemos tenido la fortuna de dedicarnos profesionalmente a ésto, sabemos de lo que hablamos. El filo de la guadaña reluce resplandeciente en cuanto se presenta la más mínima oportunidad y el primer síntoma de debilidad. Uno es evaluado por sus conocimientos y capacidades, pero también por una serie de imponderables que, en muchas ocasiones se escapan a nuestro control. Otros, con una mayor capacidad de crítica, que no, autocrítica, lo llamarán excusas.

Hay pocos puestos de trabajo en los que el futuro resulte tan inmediato, en los que el presente sea ya pasado y en los que el tiempo que pasó forme parte, con tanta premura, de una colección de vagos recuerdos. Uno espera que la grada le juzgue, que los directivos decidan, que las aficiones contrarias escupan improperios hacía él y los suyos, que la prensa evalúe y que los resultados sentencien. Pero en ningún caso, que un "compañero" de profesión le sitúe a los pies de los caballos.

Cuando eres un tipo modesto e integro, profesional de los pies a la cabeza, currante como pocos, de esos que han hecho su camino desde abajo, sin faltar al respeto a nadie, sin empujones ni puñaladas traperas, sobreponiéndote a desgracias personales terribles, llamando a las cosas por su nombre, sin esconderse, asumiendo los errores y sin sacar pecho cuando la vida sonríe en forma de resultados; cuando eres un paisano de los pies a la cabeza. Tiene que ser muy jodido que venga un "compañero" de profesión y cuestione, ya no tu trabajo, sino, tu profesionalidad, tu deportividad y tu decencia.

Las declaraciones de Mourinho, en las que acusaba a Manolo Preciado de manipular el desarrollo de la competición por no sacar al equipo titular en el Camp Nou, suponen uno de los ejercicios más asquerosos y desleales que se hayan visto en mucho tiempo en la profesión. Tales afirmaciones situaban al entrenador cántabro en una delicada posición, ante los ojos de cualquier directiva o afición, poco puede ser peor considerado que un entrenador que no defiende los intereses de su equipo y que asume la derrota antes de salir al campo.

Preciado reaccionó como suelen hacerlo las personas que llaman al pan pan y al vino vino, esas que dicen las cosas por su nombre, como aquellos que se han revuelto una y otra vez ante las injusticias de la vida. Dijo lo que muchos piensan y ni tan siquiera se atreven a susurrar. Le llamó "canalla", a la sazón ruin, dicho de una persona de malas costumbres y procedimientos, sobre los hábitos de Mourinho no hablaré porque los desconozco, pero sus procederes, por todos conocidos, se ajustan como anillo al dedo a semejante definición.

Tras lo dicho por Manolo, unos cuantos se apresuraron a llenar páginas de periódicos y horas de radio, dijeron que se había pasado veinte pueblos, que había perdido la cabeza y que pretendía desviar la atención tras la eliminación de su equipo en la Copa del Rey, otros argumentaron que pretendía apropiarse de un protagonismo que no le correspondía, que buscaba su minuto de gloria a costa de "The special one", otros tantos llamaron a las puertas del comité antiviolencia pidiendo una sanción ejemplarizante.

Claro está, enfrente se situaba el paradigma de la deportividad, el conciliador, aquel que nunca provoca, el caballero, el que vive ajeno a la polémica y huye de la discordia, el de los sutiles comportamientos, el que sienta cátedra cada vez que habla y vive permanentemente por encima del bien y del mal. El inmortal.

viernes, 12 de noviembre de 2010

Como si lo regalaran


Ayer por la mañana me sentí como Ana Zalba, aquella mujer que durante veinte años entró siempre la primera en las rebajas del Corte Inglés de Preciados e incluso llegó a protagonizar un anuncio de la propia cadena en un homenaje a todas esas personas anónimas que año tras año esperan el ansiado momento.

Mi padre ya me había advertido de las situaciones que allí se producían, ajeno a dichas recomendaciones e imaginando que eran los típicos consejos que da todo padre a un hijo, me dispuse a visitar el Lidl y comprar una radio-despertador. La oferta era un chollo y la que tengo tiene ya, poco de despertador y menos de radio.

Aprovechando la proximidad del citado supermercado, me tomé las cosas con relativa calma. La apertura se produce a las nueve y cuarto así que, con estar allí cinco minutos antes, tenía más que suficiente.

"No te despistes que vuelan. Que no veas como se pone la gente". "Papá, no será para tanto" "Avisado quedas". Allí llegaba yo, silbando, imaginando que aquella fría mañana de noviembre el personal tendría más cosas que hacer que estar a las nueve de la mañana a la puerta de un supermercado esperando devorar buena parte de las ofertas que se presentaban esa jornada.

No llevaba las gafas, distinguí unos cuantos bultos a lo lejos que provocaron en mi una cierta zozobra. Los pensamientos empezaron a agolparse en mi mente: "Pero cómo es ésto posible. Si yo siempre tiro las hojas de publicidad a la basura sin leerlas. Ya verás como vienen todos a por la radio. Joder, con 37 años ya es hora de que empieces a hacer caso a tus padres". Aquello era una olla a presión, mi cabeza y la puerta del Lidl.

La tensión se podía cortar, observé la estrategia, nadie miraba a la cara, la técnica del reojo es básica en unas circunstancias como esas. La gente tomaba posiciones, a dos minutos de la apertura ocho personas más salieron de sus coches. Ésto está lleno de alienígenas, pensé. Vi asomar algún que otro codo y entonces me dije, tanto tiempo jugando al poste bajo te tiene que valer de algo más que para repartir asistencias.

Ya nadie observaba el reloj, todos tenían su mirada clavada en la trapa, esperando el ruido del motor, esperando una señal, bufando, aniquilando al contrario con unos ojos que desprendían llamaradas. ¡Joder, qué tensión!

El sonido de aquella persiana subiendo fue el detonante, hubo unos cuantos empujones, algún que otro improperio, pero, ante todo, mucha deportividad. Unas mujeres que sobrepasaban holgadamente los 70 parecían las hijas del viento, entré aturdido, intentando averiguar dónde podía estar mi codiciada radio, aquella que amenizaría mis noches de insomnio. Decidí seguir a la señora del abrigo gris, pisaba con paso firme y parecía estar segura de su destino. Me dí cuenta que me había equivocado cuando la vi coger unos kiwis.

Entonces oí el revuelo, la gente estaba agolpada sobre unos cajones. La deportividad se había perdido, tiraban de cada extremo de los artículos en oferta con inusitada codicia, me recordaron a los documentales de la 2. Me acerqué con mucha precaución, como si estuviera de visita o haciendo un estudio sociológico. No puedo relatar lo que allí sucedió, no me siento orgulloso de mi comportamiento, pero sí puedo asegurar que, cada mañana me despertará una deliciosa melodía.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Confundir la velocidad con el tocino


Ayer noche asistí, atónito primero e indignado después, a la emisión del programa de Televisión Española, "Comando actualidad", la entrega llevaba el nombre de "Mi niño vale".

El capítulo versaba sobre los chicos/as que, desde pequeños, se dedican a realizar algún tipo de actividad remunerada o no, pero con el objetivo de convertirse en profesionales de esa disciplina. Se pudo ver a una niña de doce años que era actriz de doblaje, a niños de 6 y 7 años haciendo pruebas para posibles anuncios de televisión, a otro de 12 montando en moto y queriendo ser profesional, a niñas de 10 y 11 años compitiendo en un torneo amistoso de gimnasia rítmica o a una chica de 15 años que pretendía ser profesional del tenis, para lo cual, sus padres habían tenido que vender su casa en Madrid, trasladarse a Barcelona y pagar 3.000 euros al mes por las clases.

No seré yo quien juzgue a esos padres, ellos sabrán la conveniencia de realizar esas actividades con esa presión y ese grado de exigencia a edades tan tempranas. Pero sí hablaré de la monitora de gimnasia rítmica que agarró el libro de psicopedagogía por la hoja de todo lo que no se debe hacer. No sé si aprovechando la presencia de la cámara de televisión quiso tener su minuto de gloria, o por el contrario ese es su comportamiento habitual. En cualquiera de los dos supuestos quedó retratada.

La escena fue la siguiente, las niñas estaban calentando para salir a competir en el citado torneo amistoso, una de ellas cometió un error y la susodicha en cuestión se acercó poseída para situarse a escasos centímetros de la niña y gritarle: "Que sepas que en la próxima competición estás fuera, guapa". Nunca oí un "guapa" con tanto desprecio. Gran trabajo de motivación, mejor ejercicio de educación. Posteriormente, cuando iban a salir, gritaba: "¡Vamos a tapar muchas bocas!".

Desgraciadamente para el ego de las niñas, la competición no salió como esperaban, y la bronca, "llena de argumentaciones técnicas" fue, sencillamente, indignante. "En lugar de tapar bocas se están riendo de nosotras. ¿Lo veis?". Alguien debía estar dentro de aquella chica porque no fue ni medio normal. Ante las perplejas preguntas de la reportera, hablaba de disciplina, de valores, de sacrificio y de un sinfín de palabras sobre las cuales demostró desconocer el significado.

Ahora que he vuelto al patio del colegio, con esos niños de 10 y 11 años sonriendo permanentemente, alucino con comportamientos de este tipo. Me repugnan semejantes conductas. Lo primero que debemos hacer es educar a los niños a través del deporte, conseguir que disfruten y se diviertan, exigirles, por supuesto, pero no faltarles al respeto y hacer que se sientan como una mierda. Existen muchos caminos para enseñarles el significado de todas esas palabras que la monitora pronunciaba, pero en ningún caso el que ella eligió.

Hay dos circunstancias que se manifiestan con el paso del tiempo si se les somete a tratos de este tipo; no te ganas ni su cariño ni su respeto y terminan aborreciendo el deporte que practican.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

La camisa de fuerza


Mi amigo, el de los salmones, quién si no, asegura que estamos locos, dice que necesitamos una camisa de fuerza, que los entrenadores somos una raza en peligro de extinción, que se nos va la pelota, que llevamos el parqué en las venas, que no entendemos de otra cosa y que, cuando decimos que lo dejamos, por las circunstancias que sean, ni tan siquiera nos engañamos a nosotros mismos.

Probablemente sepa de lo que habla, es un tipo ingenioso, ácido e irónico, alguien informado. Incluso, hasta puede que tenga razón. Lógicamente existen niveles, están los top ten, aquellos para los que el baloncesto es algo más que su modo de vida, esos que se han hecho ricos con un silbato al cuello y vistiendo chándal a diario. Luego están los que se sitúan en un escalón inferior, aquellos que cumplen con las mismas premisas que los anteriores pero a los que las oportunidades o los contactos no les han permitido firmar contratos astronómicos, pero sí tener un futuro desahogado.

Después venimos los demás, los pirados, los locos de atar, aquellos que dejamos atrás casi todo lo que nos importa por perseguir un sueño, por alcanzar la gloria, por ganar partidos y jugar en pabellones repletos de público, por vivir experiencias, por disfrutar de lo que siempre vimos desde lejos, por estar nerviosos, por llorar después de perder, por sentir una paz interior indescriptible cuando se gana, por pensar que el baloncesto es sólo esencia y no negocio, por vivir al margen de los que lo manipulan e intoxican, por ser inocentes, por pensar en el patio del colegio en sus frías tardes, con sus balones de goma y su cemento.

Esos que, al igual que los otros, nos llevamos la familia a cuestas o la dejamos a cientos de kilómetros. Esos que, vivimos con una permanente sensación de interinidad, los mismos a los que muchas veces no nos dan de alta por las horas que trabajamos ni por el salario que realmente percibimos. Así están las cosas, y sino lo quieres, ya vendrá otro, porque la cola de "pirados" es larga, muy larga.

Todo eso es verdad, y muchas más cosas que ni quiero ni me apetece contar, pero existen infinitas más que justifican nuestra "locura". Desde la primera de todas que, no es otra que enseñar baloncesto, transmitir tu filosofía, tu modo de entenderlo y, al final, verlo ejecutado sobre una cancha (sí, tenemos mucho ego los entrenadores, para que negarlo); hasta la última, ganar partidos. Supone un sendero de entera satisfacción, un trayecto de sensaciones difícilmente explicables.

A todo ésto, hay que sumarle los lugares que visitas, la buena gente que conoces y nunca llegarás a olvidar. De la mala no te acuerdas con el paso del tiempo, pero también te ayudan. A ser más fuerte, a no rendirte, a entender que luchar y competir limpiamente es el único camino, a saber que no sólo lloran los débiles, a mirar al futuro a los ojos por muy mal que se presente, a tratar de aprender de los fallos del pasado y, por supuesto, a apreciar y a cuidar todo lo mucho y bueno que encuentras a tu paso.

Ahora, sentando aquí, mientras escribo, me pregunto cuánto tiempo tardaré en romper mi camisa de fuerza. Probablemente, lo que tarde en volver a sonar el teléfono de nuevo.

martes, 9 de noviembre de 2010

Con la tradición a cuestas


Siempre hay opiniones para todos los gustos, sea cual sea el tema a debatir, continuamente hay polémica y más, en este bendito país. Se argumenta de manera más o menos sesuda al respecto: "Menuda chorrada", "Anda que, no tenemos en España problemas mayores como para andar con estas memeces", "Lo que faltaba, un motivo más para la discusión de pareja", "Por fin, otro aspecto más que acerca a hombres y a mujeres", " ¡Qué falta de respeto a la tradición!", "Es una manera de crear un debate estéril y desviar la atención", "Si la pareja no se pone de acuerdo en eso, no lo hará en nada". La controversia está en la calle, es el cambio de apellidos.

Hace unos días se conocía el proyecto de ley del Registro Civil que permitirá a los padres ponerse de acuerdo para decidir cual es el apellido que llevan en primer lugar sus hijos. En caso de que no exista dicho acuerdo, inicialmente, se había propuesto que fuera el orden alfabético el que decidiera sobre la colocación de los mismos. Ante el revuelo que se ha montado al respecto, parece que se estudiaran medidas más sensatas.

La cuestión no deja indiferente a nadie, de un lado la tradición, de otro, la igualdad entre hombres y mujeres. Lo tradicional admite pocas argumentaciones, así ha sido toda la vida y así debe de seguir siendo. Punto y pelota. En cuanto a la igualdad, dicha medida parece acercarnos un poco más, limar esos pliegues que todavía asoman y molestan. Ya está bien de viejas y casposas tradiciones, habrá que proporcionar a todo lo que nos sucede una mayor naturalidad, sin dramatismos ni traumas. Analizar los pros y los contras, llegar a un acuerdo, como se deben hacer las cosas, como debería transcurrir la vida.

Tratando de ironizar un poco sobre el asunto, se me ocurren unas cuantas situaciones que podrían llegar a producirse. Al igual que, en algunas provincias se firma la separación de bienes (en otras ocurre por defecto), se puede añadir un documento en el que una de las dos partes haga prevalecer sus apellidos sobre los del cónyuge. Del mismo modo, para evitar polémicas, los padres pueden decidir otorgar de manera alternativa los apellidos a los sucesivos hijos que vayan teniendo.

También puede ocurrir que, en esas familias sumamente tradicionales, donde el apellido es tan llevado a gala y el significado del mismo supone algo más que la continuidad de la estirpe; un padre puede obligar a su hijo a dejar de ver a una chica sólo por el hecho de que el apellido de ella, alfabéticamente, estuviese situado en primer lugar. Aunque también pueden hacer como en Alemania, echarlo a cara o cruz. O aquellos padres a los cuales la "fortuna" no les había sonreído con un varón, pueden respirar tranquilos sabiendo que, ahora tienen la posibilidad de mantener su apellido a través de sus nietos.

Bromas al margen, no estaría de más que alguno tomara conciencia de que estamos en el siglo XXI. Las madres tienen tanto derecho como los padres a que sus hijos lleven su apellido en primer lugar. Nadie resulta más que nadie. Esos tiempos, afortunadamente, cada vez están más cerca de quedar atrás.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Esperanzas rotas


La nausea inundó su boca, desde hacía un tiempo su memoria siempre evocaba el mismo recuerdo, su vida estaba presidida por la culpabilidad y la angustia; y su mirada no hallaba cobijo en los ojos de nadie. Siempre soñó con dominar el tiempo, con ser capaz de colocar las manijas del reloj en el lugar que él deseara dependiendo de su conveniencia; siempre, desde pequeño.

No recordaba la última vez que salió de casa, su aspecto cuidado y refinado de otras épocas, distaba demasiado del que presentaba en las últimas semanas. Había olvidado el tacto de una maquinilla de afeitar sobre su rostro, el agua de la ducha ya no se deslizaba por su cuerpo y la luz del sol entraba a hurtadillas por las rendijas que había en las persianas del salón.

Hacía tiempo que el mundo no se acordaba de él, durante unos meses todos trataron de ayudarle, no dejó que lo hicieran. Permaneció enrocado, anclado en el recuerdo de su maldita desgracia, despreciando el amargo sabor de la culpa y llorando cada vez que sus lacrimales se recuperaban tras una pequeña tregua.

Hubo otro tiempo en el que, la fortuna fue su compañera de viaje, el éxito presidía su vida; un tiempo en el que, la admiración de sus amigos y la envidia de los enemigos se convirtieron en los motores de su insaciable codicia.

Debilidad no era una palabra que existiera en su diccionario, su trayecto estaba jalonado por sustantivos como: poder, dinero, fama, éxito o riqueza. Ahora, sentado sobre el suelo de la cocina, vivía con la certeza de que todo aquello eran aspectos banales, superfluos, prescindibles, que la vida no era aquello; porque todo eso pudo mantenerlo, pero había perdido lo más importante, lo único importante, lo imprescindible.

Todo cambió aquella noche de diciembre, él, ajeno a las leyes, al sentido común y a las advertencias de los demás, no renunció a conducir su potente Mercedes a pesar de que, sus condiciones no eran, ni de lejos, las más apropiadas. Ya había estado al volante en otras ocasiones y en condiciones parecidas, nunca había pasado nada. Eso era algo que les ocurría a otros, leyendas urbanas que eran contadas para asustarnos.

El grito ahogado de su mujer fue el presagio, el estruendo del coche al estrellarse contra un árbol, la confirmación. El cansancio, el hielo, y, sobre todo, el alcohol, las causas.

Aturdido y ensangrentado miró a su alrededor, todo era silencio. Las voces de sus dos hijos en los asientos traseros ya no se escuchaban, el rostro de ella permanecía con los ojos abiertos y con una mueca de horror y certeza. Todo cambió de repente, nada volvería a ser como antes; para unos, la vida ya no existía, para él, había perdido el sentido.

viernes, 5 de noviembre de 2010

Estúpidos prejuicios

Partí con una maleta llena de prejuicios. Años atrás, víctima del síndrome del tipo que cree saberlo todo, el del ignorante que pretende hacer de la arrogancia virtud, aseveré que mis huesos nunca acabarían en aquel lugar. Alguien, con mucha más modestia y mundo recorrido me interrumpió diciendo: "No te veas en la necesidad".


Y así fue, de vuelta a la carretera, con mi vida entera en el maletero de un coche y un barco que me esperaba en Málaga para cruzar el estrecho rumbo al continente africano. Atraqué esperando encontrar el más mínimo pretexto para regresar a casa, era agosto, el sol atizaba, la incertidumbre angustiaba y el piso en el cual iba a vivir y del que me habían hablado maravillas, resultó estar hecho una cochiquera.

La mesa de la salita boca abajo, el cristal que algún día debió de coronarla, roto, la mugre hacía tiempo que no pagaba la renta, y del baño y la cocina es mejor no hablar. Pilar que había emprendido el camino de ida conmigo, pero no estaba allí para quedarse, asistía atónita al espectáculo y a mi cabreo.

Aquella fue la primera vez que vi a Mercedes resolver una situación comprometida, era la gerente del club, nos buscó alojamiento en un hotel y movilizó a un batallón de limpieza para dejar aquella casa en condiciones. Salvado ese primer escollo tomé aire, reflexioné, estaba allí para quedarme, podía adaptarme, ser uno más, aprender y disfrutar, o por el contrario sufrir lamentando mi desgracia.

Tome la decisión más inteligente, me dispuse a empaparme de la gente, de sus hábitos y costumbres. Comencé a disfrutar de la luz, tan diferente, tan brillante, de los colores, de aquellos olores que te permitían distinguir lo que te rodeaba aunque fuera con los ojos cerrados.

Allí fue la primera vez que descubrí que, alguien puede ser tu familia sin necesidad de que exista consanguinidad. Nunca me fallaron, siempre estuvieron a mi lado, las puertas de su casa jamás se cerraron para mi, nunca faltó un extraordinario guiso de mi tía Mari Ángeles, ni una buena conversación con mi tío Gerardo.

Resultó ser un lugar soberbio, muchas fueron las cosas que me llamaron la atención. La convivencia, con sus problemas claro está, como en todas las ciudades, como en todos los pueblos, como en todas las casas y familias; extraordinario resulta ver a cuatro religiones (cristiana, musulmana, hebrea e indú), aceptando las creencias y hábitos de los otros.

Su gastronomía, con esa mezcla entre Andalucía y Marruecos, los exquisitos pescados, las tapas, el té moruno. La playa, con sus contrastes, donde se puede observar a una mujer haciendo top-less o a una musulmana bañándose en el mediterráneo completamente vestida. El clima, el viento, el paso marítimo, el pinar de Rostrogordo, la legión y su cabra, la facilidad de caminar por sus calles, la plaza de España en navidad, engalanada y reluciente, sus edificios art decó, la segunda ciudad de nuestro país con más construcciones de este tipo después de Barcelona, sus mercados y sus maravillosas gentes.

Fue en aquel lugar donde terminé de recibir una de las lecciones más importantes que te da la vida. Allí descubrí lo que significa ser un privilegiado, allí supe lo que supone nacer a un lado u otro de una valla. Entendí como te puede cambiar la vida, como puedes tenerlo todo o solamente puedes soñarlo. Comprobé lo que era la miseria cuando crucé al otro lado, nadie me lo contó, fueron mis ojos los que lo vieron, no hubo testigos, mi memoria es mi mejor aliada y aquel recuerdo me acompaña cada día para saber que, la vida es una cuestión de suerte.

Así es Melilla, una ciudad que me recibió con los brazos abiertos y de la que me despedí con el deseo de que llegara un día como el de hoy.



jueves, 4 de noviembre de 2010

¿Enredados?


Argumentan que nuestras costumbres están cambiado, que el modo  que tenemos de comunicarnos actualmente nada tiene que ver con lo de antes, que nos recluimos detrás de una pantalla y hemos perdido la complicidad de una mirada. Que los gestos han dado paso a las teclas y las reuniones a las redes sociales.

Dicen que muchos tienen dependencia de ellas, que escriben y describen cada paso que dan, que nos vigilan, que debemos tener cuidado con los datos que proporcionamos, que el timo de la estampita es ahora mucho más sofisticado, que las empresas compran bases de datos, que pierdes todos los derechos sobre todo lo que publicas y que tus fotos jamás se destruyen por mucho que las elimines de tu perfil.

Quizás sea cierto, es probable que muchos sientan adicción por ellas, seguro que más de uno ha sido estafado y, es probable que, muchos de esos correos que acaban en la carpeta de spam hayan nacido de una compra de datos ilegal. Pero no es menos cierto que, unos cuantos, bastantes, seguro que muchos, hemos encontrado a personas a las cuales habíamos perdido la pista o hemos retomado un contacto al que, la falta de tiempo como excusa y la pereza como evidencia, había dejado en el olvido.

Vivimos momentos de vértigo, apenas tenemos tiempo para nosotros, para sentarnos y reflexionar, para detenernos a pensar cómo nos ha ido el día, cómo nos va la vida. Carreras, agobios, presupuestos, objetivos, reuniones, tráfico, pañales, biberones y guarderías. El reloj nuestro peor enemigo y, al final, aquella frase que siempre han dicho todas nuestras madres: "Mira la hora que es, y todavía no me he sentado".

Las costumbres y los hábitos cambian, el mundo está en constante evolución. Existen herramientas que se han convertido en imprescindibles, instrumentos que nos llevan a pensar cómo era nuestra vida antes de que existieran. Internet ha cambiado el planeta, nos hace la vida más fácil, nos acerca, nos proporciona multitud de posibilidades inimaginables hace una década.

Al final, como todo en la vida, depende del uso que hagas de lo que te rodea. Hay aspectos que son de sentido común, maniobras que sólo reportan peligro, riesgos que uno no debe de asumir y, si lo hace, aceptar las ulteriores consecuencias. No puedes abrir las puertas de tu casa a cualquiera, ni airear tus intimidades o hacer público el primer pensamiento que llega a tu cabeza. Del mismo modo que, todo en exceso resulta perjudicial, toda dependencia lleva al individuo a abandonar su autonomía, a sentirse subordinado y a perder su autogobierno. 

Siempre hay peligros y fulanos que acechan. Las trampas son tan antiguas como la humanidad y las adicciones tanto como la debilidad del ser humano. Al final, que impere el sentido común.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

El primer amor


Hacía un tiempo que se frecuentaban, fue una época de días deshojados en el calendario, tardes de otoño llenas de mariposas, acné juvenil, sueños de adolescentes, cortejos de recreo, miradas furtivas, encuentros en los rellanos, susurros, sonrisas y risas, conciertos, paseos por el parque, esperas en portales, suspiros, deseos y celestinas.

Nerviosos esperaban la llegada del recreo, ansiosos aguardaban el final de las clases, ninguno de los dos sabía quién acompañaba a quién, se sentían seguros, o al menos eso creían, libres, dichosos, afortunados, cada día suponía una nueva experiencia, él hablaba, ella sonreía, tímida, pensativa, reflexiva, él quería impresionar, demostrar algo que estaba lejos de su alcance, daba igual, el mundo vivía ajeno a su existencia, eran felices, nada importaba más que aquel momento, era el principio de todo, podría ser el fin de cualquier cosa, igual daba.

Las caricias eran tímidas, los besos aún no eran robados, simplemente no existían, solamente había complicidad, adolescencia y un agradable olor a castañas asadas. Creyeron descubrir el significado de la palabra eternidad, pensaron que nunca cambiarían, eran inocentes, ingenuos, había poca picardía y mucha ternura.

Tuvieron facilidad para perdonar, no hubo reproches, sólo deseo, de verse, de acariciarse, de sentirse, de mirarse a los ojos, de besarse por fin. Aquel día llegó, la risa dio paso al silencio, las miradas se clavaron como puñales, los ojos brillaban, él apartó un mechón de su cara, ella sintió sus manos, cerro los ojos, sus labios se acercaron, se tocaron al fin, inseguros, descubriendo un mundo nuevo, deseando no volver a casa, soñando con vivir en aquel parque para siempre.

Un día él dejó de luchar, ella perdió la ilusión, creyeron encontrar el amor en otros ojos, en otras manos, en el sonido de otra voz, ella lloró, él también.

martes, 2 de noviembre de 2010

Angustia, miedo y desesperanza


Cuando la incertidumbre y la angustia presiden tus pensamientos diarios es que, la vida no transcurre como debería. Cuando el miedo atenaza y tortura, y la violencia y los asesinatos forman parte del paisaje, la muerte se convierte en el destino prematuro de muchos inocentes.

Existen lugares que, para muchos de nosotros son imposibles de imaginar, ciudades en las que la crueldad y la sinrazón son entendidas para muchos como el único modo de vida. Observamos y oímos las noticias con una mezcla de estupor e indiferencia, al fin y al cabo, los que sufren están lejos, y los que no sufren ya, más lejos aún.

Méjico vive constantemente manchado de sangre y herido de muerte, Ciudad Juarez es, desde hace tiempo, el máximo exponente de tanta violencia. No es necesario ser un narcotraficante para vivir con la sombra de la muerte acechando a tus espaldas, basta con ser mujer, en los diez primeros meses de este año, 650 víctimas fueron objeto de abusos, vejaciones y violaciones antes de que sus asesinos silenciaran sus súplicas para siempre. Basta con ser un adolescente o un niño que disfruta de una fiesta de cumpleaños en casa de un amigo, basta con estar lavando el coche para que tu vida se escape por un alcantarilla igual que el agua por el desagüe.

Ciudad Juarez es un permanente campo de batalla, la guerra declarada entre los diferentes cárteles se ha llevado en el mes de octubre la vida de 350 personas, para un total de 2.666 en lo que va de 2010, de seguir así, pronto se superarán los 2.754 asesinatos cometidos el año pasado, de los cuales sólo se investigan un 10% de los mismos.

Si un milagro no lo remedia, contará con el repudiable "honor" de ser, por tercer año consecutivo, la ciudad más peligrosa del mundo. Los constantes crímenes llevan la tasa de muertes a una proyección de 210 homicidios por cada 100 mil habitantes, lo que elevaría sobremanera la estadística que se tenía a mediados de año que, registraba un incremento de muertes violentas que ascendía al 782 por ciento en los últimos tres años.

Muchos señalan a Felipe Calderón como parte del problema, dicen que su declaración de guerra a las  bandas abrió una veda imposible de cerrar, otros lanzan acusaciones mucho más graves y comprometidas,  la justicia y la policía están señaladas, los crímenes no se investigan, mejor que se maten entre ellos aunque por el camino queden unos cuantos inocentes;  los narcos dicen: "Eres un policía rico o un policía muerto", la decisión es fácil, la respuesta los es aún más, el ejército no puede hacerse con el control, las páginas de los periódicos no alcanzan para narrar tanta crueldad, salir a la calle supone el riesgo de no regresar, permanecer en casa no significa seguir viviendo.

Más allá de las gélidas cifras, de la estadística que no sabe de nombres y apellidos, que no conoce el significado del dolor y que vive al margen de la angustia y el miedo, está la tristeza y la ausencia de esperanza. Ciudad Juarez aparece como una urbe sin futuro, sus gentes, los que pueden, 230.000 en los últimos dos años (lo que equivale al 18% de la población), emigran a ciudades fronterizas de Estados Unidos. Se van para  no volver, buscando otra certeza que no sea únicamente la de las balas.