jueves, 7 de octubre de 2010

Las trascendecia de las decisiones

La vida, al final, se termina convirtiendo en las consecuencias de las decisiones que tomamos. Mis padres siempre me han enseñado que es una disyuntiva, constantemente estamos eligiendo. Elegimos a diario, la mayoría de las veces sin darnos cuenta, elegimos en el supermercado, en el cine, en los restaurantes, en los bares, en un concesionario de coches... Esas son las menos trascendentes, las que no cambiarán el rumbo de los acontecimientos pero, las que sin ninguna duda, forman parte de nuestro modo de ser y de entender lo que nos rodea.

Después, o antes, no lo sé, están las trascendentales, las que te marcan, las que algunas veces te llevan a pensar, ¿y si hubiera escogido el otro camino? Esa, normalmente, es una pregunta que nos formulamos cuando fracasamos, cuando la decisión tomada no ha salido como preveíamos. Dentro de esa categoría se incluyen unas cuantas, tales como, elegir un trabajo (aunque, en estos tiempos que corren eso es mucho decir), elegir la ciudad dónde vas a vivir, elegir a la persona con la que quieres compartir tu vida (en ésta debes tener la suerte de la reciprocidad, con lo cual la cosa se complica aún más), elegir si quieres tener hijos, el piso dónde vas a vivir,  etc.

En muchos casos no es tanto la suerte de la elección como las circunstancias y personas que rodean a la misma, porque, si nos paramos a pensar en ello, somos en buena medida lo que determinan nuestras decisiones, pero tanto o más lo que influyen otras personas u otras coincidencias en el transcurso del tiempo.

Siempre he pensado que debemos de arrepentirnos por lo que hacemos, nunca por lo que hemos dejado de hacer. Es mejor decir me he equivocado, aunque no sea fácil asumirlo, que algo así como, ¿qué hubiera pasado si lo hubiese hecho? Esa, desde mi punto de vista, es una sensación más frustrante que la del fracaso.

Llegado a este punto, todos los que habéis conseguido leer hasta aquí, os estaréis preguntando qué  ha desayunado Félix para levantarse esta mañana con este rollo filosófico de medio pelo, he aquí la explicación. 

Hace algo más de once meses que tomé la decisión de abandonar mi trabajo, mi pasión y mi modo de vida. Fue muy difícil, la más difícil de cuantas haya tomado y, he tenido la suerte de poder elegir muchas veces. Era volver a casa en un momento de necesidad, por una de aquellas causas de fuerza mayor o seguir persiguiendo mi sueño, aquello que siempre quise hacer desde que tuve uso de razón. Y aprovecho la ocasión para decir a todos aquellos que pusieron en cuestión tal decisión (afortunadamente los menos, muy pocos) que, no me conocéis.

Volví a León sabiendo que hacía lo correcto, regresé para estar donde me correspondía, porque la vida te enseña que llegado el momento tus decisiones no son sólo tuyas y que, por supuesto, afectan a otras personas.

De mi regreso a León surgió un proyecto ilusionante, la idea resultaba atractiva y la persona que me lo proponía una garantía. Fueron unos primeros meses de muchos viajes, reuniones, dudas y esperanzas. Había un gran anhelo porque todo saliera bien, la cosa prometía y las perspectivas iniciales eran buenas.

El paso del tiempo nos fue diciendo que no habíamos tomado las decisiones correctas, que en muchos casos no elegimos como debíamos. Buscamos ayuda y además de la buena. Nos aconsejaron y nos propusieron. No lo sabíamos pero ya era tarde, después, aunque antes de saberlo, lo intentamos todo. Conocíamos los errores, el proyecto seguía siendo igual de válido y teníamos un importante camino recorrido. Estuvimos a punto, rozamos con la punta de los dedos la posibilidad de reflotarlo. Hoy, seis meses y medio después del inicio de aquella andadura, se acabó lo que se daba.

Son muchas las personas a las que debo estar agradecido, las primeras a todas las que componen el Jovent, por la comprensión que mostraron en ese momento tan complicado. No fue fácil para ninguno, pero al final quedó demostrado que nadie es imprescindible. A todos los socios, que confiaron en mi como cabeza visible del proyecto (a juzgar por el tamaño de la misma apostaban sobre seguro), pero especialmente a Tas, por ser como es. A todos los amigos y conocidos que divulgaron la existencia de nuestro negocio y contribuyeron al mismo. A Eva, que nos abrió una puerta a la esperanza. A Marina y a Ángel, por su compromiso diario. Y, por supuesto, a mi familia, por ser incondicionales.

Hoy, uno tiene sentimientos encontrados, la sensación de tener la conciencia tranquila por haber hecho todo cuanto estaba a su alcance, y un ligero sabor a fracaso al que, por muchos años que pasen, nunca terminaré de acostumbrarme. Sólo estoy seguro de una cosa, cuando a finales de noviembre tome la decisión más complicada de cuantas he tomado, supe que era la correcta.

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