martes, 26 de octubre de 2010

El otro baloncesto

Esta mañana he recibido un email de mi amigo el de los salmones, que por cierto, se ha convertido en un clásico de este blog. En él me decía que, aunque le gustaban los temas que trato a diario, echaba en falta alguna que otra entrada sobre baloncesto.

Cuando pensé en crear este espacio, siempre tuve claro que no iba a hablar de la zona 1-3-1, ni del ataque "flex", ni a dibujar gráficos e intentar desenmarañar el ataque a zona del CSKA de Moscú. Los días que escribiera sobre baloncesto estarían llenos de reflexiones.

Como me consta fehacientemente que, al igual que yo, mi amigo el de los salmones es una amante de las cavilaciones y las anécdotas, me dispongo a escribir sobre ese baloncesto que no se ve, aquel que no se juega en las canchas, el que se disputa lejos de las miradas de los espectadores y no habla de planteamientos tácticos, sino de mano izquierda, capacidad para encajar y buenas dosis de cinismo para subsistir.

"Lo más importante y característico de una cosa", así define, en su segunda acepción, el diccionario de la Real Academia Española la palabra esencia. Esa que se pierde cada peldaño que subes, esa que se manipula y se transforma, esa que añoras cuando empiezas a entender el significado de la palabra ciclotimia.

En mis experiencias profesionales, como todos los que nos dedicamos a esta oficio, he vivido situaciones que ya le hubiera gustado describir al mismísimo Fellini, a más años en la profesión, más mundología. Recuerdo en especial la época en la que más aprendí, no sólo de baloncesto, sino de todo lo que rodea a este mundo que, al fin y al cabo, es lo que hay que saber manejar para triunfar en este negocio.

Resulta complicado definirle, era un tipo que te hacía sentir muy bien en ocasiones, gozaba de una buena conversación, tenía un gran sentido del humor cuando se encontraba a gusto consigo mismo y con el resto del planeta, le gustaba vestir bien, el buen yantar y el mejor beber, era culto, tenía inquietudes, le gustaba practicar deporte y sentía especial atracción por los placeres caros y vanidosos.

La primera parte de su descripción estaba íntimamente ligada al resultado de cada semana, a la llegada a tiempo del dinero que provenía de nuestro principal patrocinador, a que el periodista de turno no publicara ninguna primicia sin su consentimiento o a que alguno de los americanos no la liara. Nunca he visto a nadie durante tanto tiempo montado en una montaña rusa.

Cuando las cosas iban mal el timbre del teléfono se convertía en un martirio, podía marcar tu número 80 ó 90 veces al día. Cuando las cosas iban bien, si éstas duraban mucho tiempo, tenía la capacidad de complicarlas. Se convirtió en el principal corolario de la ley de Murphy.

Cuando jugábamos fuera, si la semana  anterior se había perdido, viajábamos en autobús, por mucho que hubiera que cruzar la península de sur a norte, y nos alojábamos en un hotel al que le habían pegado las estrellas con loctite. Si por el contrario el equipo estaba enrachado, sólo faltaba ir en business y visitar hoteles de gran lujo.

La cuestión estaba clara, ganábamos, éramos los mejores; perdíamos, el menda era un inútil y se había equivocado en el planteamiento, en los cambios, en el momento de pedir los tiempos muertos y en elegir la corbata que acompañaba al traje.

Hablaba con los americanos, con traductor, eso sí, jugaba a ser entrenador, maniataba la iniciativa de cualquiera, se enfrentaba a quien argumentara en sentido contrario, huía de los problemas y no respondía a las llamadas comprometidas.

Recuerdo una anécdota que retrata al personaje en cuestión. Hace unos años, Teledeporte emitía los partidos de la liga LEB. En uno de ellos jugaba el equipo del ínclito, yo ya no estaba en el club. Un representante de jugadores se situaba al otro lado de la televisión para ver el partido, llevaba varias semanas intentando localizarle, sin éxito, para pedirle que le pagara una comisión que tenían pendiente, si llamaba al móvil no respondía, si marcaba el número del club nunca estaba. Aprovechando que la cámara le enfocó, le llamó para observar su reacción. Pudo ver como sacaba el teléfono de aquella clásica chaqueta marrón, como miraba la pantalla y veía el nombre del cobrador del frac, como su tradicional moreno daba paso al rojo producto de la rabia, y como se pasaba la mano derecha por la calva en un gesto típico cuando la montaña rusa iba cuesta arriba.

No admitiré sentir aprecio por él, pero de algún modo le estoy agradecido. No me enseñó cómo planificar una pretemporada, ni cómo defender unos bloqueos escalonados , ni cómo entrenar una defensa match-up; pero me enseñó a ser más fuerte, a tener más mano izquierda, a saber decir hasta aquí hemos llegado, a no dejarme pisar y a denfeder mi integridad como persona y profesional.  Y todo eso lo logró sin quererlo.

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