jueves, 14 de octubre de 2010

Chile al fin respira



Treinta y tres vidas, la esperanza de cientos de personas y el orgullo de un país. Nunca un nombre fue el presagio de un hito semejante, campamento Esperanza. Una vez más, el ser humano demostró la capacidad que tiene para superar la más difícil de las adversidades. Una vez más, quedó demostrado que, la realidad supera a la ficción.

Cientos de millones de personas pendientes de treinta y tres mineros, de sus gestos, de sus actos y de sus palabras. Convertidos, sin quererlo, en estrellas mundiales, en símbolos, en héroes. Una nación unida, un país feliz, y la confirmación de que es necesaria una tragedia o un acontecimiento sin igual para unir a un pueblo. Así somos los seres humanos.

Más allá de escribir sobre quién fue el primero en salir, si Sepúlveda mostró sus dotes de showman, si Luis Urzúa batirá un récord al ser el hombre que más tiempo ha sobrevivido bajo tierra, o los programas de televisión, el futuro que les espera y los viajes y mejoras prometidas; se sitúan los 69 días que vivieron sepultados en vida.

Trato de imaginar que se les pasó por la cabeza a cada uno de ellos cuando la tierra se les vino encima, lo intento y no puedo. No creo que ni tan siquiera ellos sean capaces de explicarlo. Necesitaban algo mas que un milagro para salir vivos. Pensar en aquellos primeros días en los que nadie dio señales de vida, en los que la angustia se apodera del optimismo, creyendo estar muertos mientras se miraban a los ojos, pensado en ser olvidados allí abajo y suplicando para que alguien fuera lo suficientemente insensato como para pensar que una sola alma podía respirar a setecientos metros bajo tierra.

Luego, cuando pasadas un par de semanas supieron que allí arriba les esperaban, la euforia se desató, la alegría corrió a raudales y los abrazos y las lágrimas de felicidad dieron paso a la zozobra y la incertidumbre. Arriba, respirando aire fresco pensando en la utopía de un rescate, abajo, sucios y sudorosos soñando con esa quimera.

"Estamos bien. En el refugio. Los 33". Aquella nota se convirtió en la promesa de un acontecimiento sin parangón, en la creencia de que un hecho ni tan siquiera soñado se podía convertir en una realidad. La esperanza tuvo que brotar a borbotones en esas primeras horas, ¿y luego qué?.

Treinta y tres personalidades, con sus inquietudes, sus miedos, sus sueños, sus angustias o sus necesidades conviviendo a setecientos metros bajo tierra, con treinta y cinco grados de temperatura y una humedad insoportable. Para que luego digan que la convivencia es difícil, que se lo pregunten a ellos.

Tuvieron que ser días muy duros, horas angustiosas y segundos interminables. Habría momentos en los cuales no sería necesario cerrar los ojos para ver la oscuridad más profunda. Más allá de la resistencia física, a pesar del delicado estado de salud de un par de ellos, me asombra la capacidad psicológica, esa fortaleza mental que te lleva a superar una situación límite, la aptitud que tiene el cerebro para encadenar pensamientos que te aferren a la vida, para no volverte loco.

Probablemente en la fortaleza del grupo residió el existo, en el líder que agrupa a la manada, ese que no permite que se resquebraje, el que les mantiene unidos. En el humorista, aquel que les llamaba momias y les decía que iban a salir en un sarcófago, ese que no paró de contar chistes para que el ánimo se mantuviera en niveles positivos. O en el reflexivo, que escribió un diario para tratar de plasmar el día a día de semejante hazaña.

Todos pusieron sus cualidades al servicio del grupo, ocultaron sus miedos y, si aparecieron, otros tuvieron la virtud de disiparlos. La condición humana, esa que a veces dejamos olvidada pero que, cuando aparece, nos hace sentir orgullosos.

No existen calificativos para catalogar tamaño acontecimiento, ni palabras para expresar tanta felicidad. Ahora, aunque resulte paradójico pensarlo, se enfrentan a un mundo aún más desconocido para ellos que las entrañas de la tierra. Los flashes les esperan, las portadas de los periódicos del mundo entero ya son suyas, la promesa de una vida mejor, los homenajes y reconocimientos. ¿Y después qué? ¿Cómo serán capaces de encajar todo lo que les aguarda ahí afuera? ¿Cuánto tiempo tardarán en caer en el olvido? ¿Cuánto más en romperse esas promesas?. Ojalá, ese esfuerzo, esa hazaña, no haya sido en vano. Ojalá la esperanza no habite sólo bajo tierra.

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