jueves, 28 de octubre de 2010

Andanzas de adolescentes

Ahora que nos hemos hecho mayores y un poco responsables, nos llevamos las manos a la cabeza pensando en las cosas que hace la juventud, decimos con absoluto convencimiento que nosotros no éramos así, que nuestras correrías eran más graciosas y estaban llenas de ingenio.

Algunos teníamos carné de conducir, otros la suerte de contar con un coche, nuestros padres ya nos dejaban solos el fin de semana, disfrutábamos de nuestras casas y ya no preguntábamos a qué hora debíamos regresar, el frío daba paso al cobijo de un techo en esas reuniones previas antes de ponernos en marcha.

Siempre había alguna prueba que te delataba, creías tenerlo todo bajo control, limpiabas hasta la última partícula que quedaba despistada, pero, aún así, te pillaban. Mi padre no, que siempre ha sido un poco despistado, pero no había domingo noche en el que mi madre no me trincara. Y es que, a veces resultaba complicado destruir las pruebas de veinte tíos comiendo huevos fritos con patatas en aquella cocina y bebiendo la limonada que previamente había macerado en los baldes de tender la ropa.

La fiesta estaba resultando un auténtico coñazo, nos encontrábamos en una finca ubicada a las afueras de León. El lugar era de ensueño, había un sendero perfectamente trazado que te llevaba hasta la casa y a ambos lados del mismo se situaban farolas y árboles. Las expectativas iniciales no se estaban cumpliendo, sólo Toño, en uno de esos arranques que tiene de vez en cuando, amenizaba la noche. El resto, juegos de mesa y bastante tedio.

En aquellos tiempos Fami tenía un mini, de los de verdad, de los de antes, de los de siempre. Espartano y duro pero con mucho encanto. Era la época en la que Carlos Saínz ganó su segundo mundial. Víctima de aquel hastío, y haciendo gala de mis facultades para enredar, propuse la posibilidad de correr un rally dentro de la finca. Inicialmente la idea fue acogida con un: "¡Estás loco!". Pasados unos minutos y después de bautizar al rally con el nombre de Mil Lagos, que es el que se corre en Finlandia, el personal empezó a animarse.

El primer tramo cronometrado lo corrió Fami, que para eso era el dueño del coche, el segundo me tocó a mi, y a punto estuve de entrar en el garaje de la casa sin abrir la puerta, menos mal que, cuando lo inevitable estaba a punto de suceder, encontré el pedal del freno. El tercero y último, no porque no hubiera más participantes, lo disputó David.

Fami, excepto cuando conducía, claro está, siempre iba como copiloto. David, como todos, había salido desde las proximidades del garaje. Chema, Roberto y yo estábamos esperando mientras grabábamos la carrera con un cámara de vídeo. La ida no hacía presagiar nada bueno, el coche culeaba y pasaba más tiempo con las ruedas en el césped que en la carretera. Chema, que es un visionario, le decía a Roberto que siguieran grabando porque se la iban a pegar.

El coche regresaba indomable, el sendero se estrechó y una farola apareció en su camino. Iba a decir el ruido o el estruendo, pero no, la hostia sonó como una bomba. Fue tremendo, nosotros, en vez de asustarnos, corrimos hacía el lugar sin poder parar de reír. Roberto no era capaz de sujetar la cámara y Chema sólo decía: "Ya te lo advertí, sigue grabando".

El guardabarros se había incrustado en una de las ruedas, la farola estaba en la finca de al lado y el césped había perdido su atractivo original. Richi, que había salido hacía un poco se acercó hasta allí, le dijimos que, con discreción consiguiera un cuchillo grande para intentar hacer palanca, ahora me doy cuenta que el golpe nos afectó a todos. Al entrar en la casa, donde todos los presentes vivían en el más absoluto desconocimiento, no se le ocurre otra cosa que decir: "Que alguien me de un cuchillo inmediatamente o de aquí no sale nadie".

Las barajas, el scattergories y los dardos por el suelo, carreras y explicaciones. Atropellados, nunca mejor dicho, salieron hacia el lugar del suceso. Alrededor se agrupaba toda la fiesta, la dueña de la casa, presa de la cólera, se acercó a pedir explicaciones, y Gelo, que llevaba un rato bregando con aquel guardabarros, la dejó sin palabras al decirle: "Te quieres callar de una puta vez, que estamos trabajando". Al día de hoy nos reímos, en aquel momento no sabíamos dónde meternos.

Allí llegó uno que era del otro bando, con su pelo repeinado y su caja de herramientas a la que no le faltaba de nada, salvo ser estrenada. Pedía que se cortara la luz, que la farola iba a provocar un cortocircuito; mientras, Fernando, mofándose de él, agarraba los cables y simulaba una descarga. Tanto insistió que, se fue en busca del cuadro de luces para cortar el suministro, discutía con Fernando sobre cuál era el interruptor que había que tocar, disputa que cesó cuando nuestro amigo argumentó que no rebatiera al hijo de un mecánico.

El guardabarros quedó abandonado en las proximidades de la finca, trabajo costó arrancarlo. Sin ningún cargo de conciencia y regocijándonos en nuestra hazaña alcanzamos el barrio Húmedo. A la mañana siguiente la finca amaneció inundada, el hijo del mecánico niega cualquier relación con los hechos.



2 comentarios:

  1. Eso es una leyenda urbana, de esas que circulan en la noche de los tiempos.DM.

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  2. Por cierto, nunca más volvimos a una fiesta en esa casa. Todavía hoy me pregunto porqué. Ri.

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