martes, 14 de septiembre de 2010

La confirmación de una leyenda



El año 2000 cumplía sus últimos días y el tenis español estaba a punto de escribir el inicio de una extraordinaria historia. España contó en otras épocas con grandes jugadores en este deporte, campeones de torneos de Grand Slam, como Santana, Orantes o Gimeno, pero nunca había logrado la consecución de un éxito global como la Copa Davis.

Aquel fin de semana de inicios de diciembre, España se enfrentaba en la final de este torneo a una selección australiana comandada por Lleyton Hewitt. El equipo español estaba formado por Alex Corretja, Juan Carlos Ferrero, Albert Costa y Joan Balcells. Se llegaba al domingo, día decisivo, tras dos días de intenso juego y un gran tenis. Los nuestros dominaban por dos partidos a uno, y Ferrero tenía la responsabilidad de enfrentarse al número uno australiano. Después de cuatros sets y un partido memorable, España levantó un trofeo por el que tuvo que esperar cien años.

Nadie de los allí presentes sabía que, en aquel Palau Sant Jordi se encontraba el que sería, sin lugar a dudas, el mejor deportista español de todos los tiempos. El día 6 de diciembre, durante la presentación de los equipos, un chico de apenas 14 años portó la bandera española. Había sido elegido por la Federación Española de tenis gracias a los excelentes resultados obtenidos en categoría infantil.

Ni tan siquiera han pasado diez años desde entonces, pero ha sido tiempo suficiente para que Rafa Nadal  haya alcanzado la categoría de ídolo, la condición de mito y  la consideración de leyenda. Con tan sólo 24 años se ha sentado en la cima de la gloria junto a tenistas del nivel de Federer, Agassi o Rod Laver. Ha batido todos los registros, es un hombre récord, un deportista modelo, un tipo modesto que se deja la vida en cada golpe, simplemente, un ejemplo.

Se ha convertido en el jugador más joven en completar el Golden Slam, logro que también obtuvo ganando la Copa Davis cuatro años después de portar la bandera española. Ha ganado nueves títulos del Grand Slam, dividos en: 5 Roland Garros, 2 Wimbledom, 1 Abierto de Australia y 1 Open USA. Además ha conseguido el Oro en unos Juegos Olímpicos y la Copa Davis en 3 ocasiones. Es el jugador con más Masters 1000 (18), superando a jugadores como Agassi, Federer o Sampras. Premio Príncipe de Asturias de los Deportes en 2008 y ha estado 61 semanas encaramado al número 1 de la ATP (y las que le quedan).

Tradicionalmente, en muchos deportes ha existido un deportista que ha ensonbrecido el talento del resto. Ha ejercido su supremacía de modo tiránico, ha hecho que la historia apenas recuerde quiénes fueron los demás, otros, que de no haber sido por el genio hubieran escrito páginas gloriosas. La historia recuerda a los Nieto, Rossi, Schumacher, Spitz, Phelps, Woods, Indurain, Armstrong o Ussain Bolt.

Nadal estaba predestinado a seguir el mismo camino que los ausentes en los libros de historia. La presencia de Federer, el jugador total, la perfección hecha tenis, el mejor de todos los tiempos, se interponía en la senda hacía la gloria. Pero el de Manacor, ajeno a lo que dictaba la razón, creció, entrenó cada día como si fuera el último, se entregó en cada golpe, venció a la lógica e hizo llorar a Su Majestad. Le obligó a posar los pies en la tierra, a recobrar la condición humana perdida hacia tiempo, minó la fe en su juego y en sus posibilidades, le arrebató el número uno y se adueñó del cetro mundial.



Se habla de sus golpes, de su revés, de su drive, de su juego desde el fondo de la pista, de  la mejora en su saque o de su volea. Pero sí hay algo que le hace diferente es su capacidad mental, esa fortaleza que socava la confianza del contrario, éste sabe antes de salir que nada será gratis, que si quiere hacer un punto tendrá que lucharlo del mismo modo que si fuera una bola de partido. Esa es su mejor virtud, el aspecto que diferencia a los buenos de los mejores.

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