martes, 21 de septiembre de 2010

Experiencias extrasensoriales

Oscar dice que tengo que escribir algo más irónico, como soy yo. Que últimamente estoy demasiado profundo. Parece ser que, la disertación sobre la invitación al consumo de tabaco y alcohol por parte del ministro de finanzas ruso y la anécdota vivida por Toño en la oficina de extranjería le parecieron demasiado reflexivas.

Puesto que, casi siempre hago caso a los amigos, y además llevo un tiempo queriendo escribir sobre mi experiencia en el gimnasio, lo que allí me pasa y la fauna que transita entre máquina y máquina, he decidido lanzar un post relativamente mordaz.

Antes de nada debo poneros en situación. Hace ya unos cuantos meses que visito el recinto y, además de ello, también practico algún tipo de actividad física que detallaré posteriormente. Como dice mi amigo el de los salmones, debo mantener ese tipín torero ya que, los años no pasan en balde y llega el momento en el que las giras gastronómicas y las fabadas que prepara mi madre empiezan a pasar factura, y de qué modo. 

Lo cierto es que, siempre me ha gustado hacer deporte y durante mis años mozos lo practiqué de manera compulsiva, ninguno de ellos se me dio mal, pero no era especialmente bueno a nada. El caso es que, desde hace un tiempo a esta parte, mi actividad física se había visto reducida a la pachanga de los martes, siempre y cuando estuviera en León, y algún que otro partido de pádel con Tasio, Andrés, Toño o Gabela. Además, la pachanga tenía el agravante de ver reducidos sus beneficios físicos de manera drástica con el consumo posterior de una importante cantidad de cerveza y sus respectivas tapas. Así que, ni tan siquiera era lo comido por lo servido.

Ante semejantes circunstancias y el inexorable paso del tiempo en forma de curva de la felicidad, decidí ponerme en forma. Desde entonces, he conseguido con gran fuerza de voluntad entrar allí prácticamente a diario. Incluso ese esfuerzo inicial ha dado paso a la adicción.

Mi rutina consta de unos cuantos abdominales, no os voy a decir cuantos hago porque no me vais a creer. En vuestro caso me ocurriría lo mismo. Unos cuantos lumbares y un rato subido en mi Rocinante particular, la elíptica.

Después de unas cuantas semanas he descubierto que no hay un solo abdominal y observo que, allí, a lo lejos, tímidamente, se dejan entrever algunas formas "relativamente" más definidas. Eso ocurre siempre que contengo de manera súbita la respiración, si alguna vez me sorprendo desprevenido, el espejo me devuelve a la realidad.

Los abominables han resultado ser una experiencia conocida, hace muchos años de aquello, pero conocida al fin y al cabo. No lo era tanto la elíptica. Obviamente, sí conocía de su existencia, pero jamás me había subido a una. Y jamás olvidaré la primera experiencia. 

Nunca me han gustado las cintas de correr y a mis rodillas mucho menos, por lo tanto, había que buscar un aparato que aeróbicamente me proporcionara resistencia y no machara más mis maltrechas articulaciones. Así que, nada mejor que la elíptica, ponderada por todos los especialistas. La primera vez que me subí aluciné, a los tres minutos bajé indignado diciéndole al monitor que tendrían que avisar de la necesidad de tomar media docena de Biodraminas cada vez que uno se sube en ese artilugio. Al final el problema quedó resuelto, durante las tres siguientes veces, un monitor se ponía a cada lado para evitar que tuviera la sensación de caerme.

Pero de lo que nadie te avisa es de que se te duermen los pies cuando estás un rato dándole. Y te preguntas: ¿Será ésto normal o me pasará a mi sólo?. Entonces mueves un poco los dedos mientras continuas pedaleando, sólo un poco, porque como te pases la entrada de Ujfalusi a Messi  será una broma comparada con la hostia que te vas a pegar. Al cabo de unos días te acostumbras, si se duermen ya despertarán. Y te quedas tranquilo cuando Gabela te dice que a él también le ocurre lo mismo. Y a partir de aquí es cuando se producen las elucubraciones, que si son los calcetines, que si el calzado, que si la postura del pie o de la espalda. Vamos, que hay que hacer un máster para subir a la puta elíptica.

Obviamente hay días que te sientes peor que otros, en esos días cuando la vista se te nubla y te cuesta respirar, te acuerdas del consejo de Gabela. La tercera, la quinta y la sexta empezando por la derecha van mucho más suave. "¡Joder!, ¿por qué no le haré caso? Si este tío es un sabio". Entonces es momento en el que miras a tu derecha y ves a dos marujas que van de domingo y no paran de rajar. "¡Joder! Y yo me he dejado el Mp3 en casa". Y siguen, que si fulanito, que si menganita, que si en la hora del café, que si mi amiga la Choni.... Ahora en lugar de ponerse el chándal y salir a caminar, trincan las mallas y van al gimnasio. En su derecho están, pero para despellejar que vayan a tomar un café.

Voy a mirar a la izquierda, peor. Un paisano de casi 50 años, dando pedales con los ojos cerrados y escuchando música. Y el tipo se tira así 30 minutos. Alucinante, si yo cierro los ojos durante dos segundos me mató. El próximo día le pregunto qué música escucha. Las paisanas se han ido, miro a la derecha, un tipo que está cerca de los 60 lleva un rato subido a la elíptica, "¡Pero bueno! ¡Con esa edad cómo se puede ir tan rápido! Vamos Félix, que casi te dobla la edad. ¡No me jodas!" Llevas 28 minutos y el doctor Vaquera te ha dicho que los efectos de la elíptica se empiezan a notar a partir del minuto 45. "¡La madre que me parió! ¿Para qué preguntaré nada?" Y ahí nace el indomable espíritu de San Claudio. "Aunque palme, hasta el final". Y así es, hasta el final.

Cuando te tumbas a estirar con la satisfacción del deber cumplido. A estirar he dicho, ahora cerca de los 40 empiezo a estirar, hay qué joderse. Pues eso, ahí, relajado, la sangre ya empieza a llegar al cerebro y empiezas a ver la fauna que pasea por allí. Ayer me sorprendió uno que de lo hinchado que estaba parecía que le había picado un enjambre de abejas, debieron detenerle porque llevaba la camiseta de tirantes de su sobrino, no le tapaba ni los pezones, ¡Qué poca vergüenza!. A su lado se situaba otro con una cinta de Bruce Lee en la cabeza y con un aire marcial que acojonaba. Hasta que pasó una chavala que parecía haber comprado la ropa de deporte en una boutique y se le enterneció la mirada.

Entonces recordé al paisano que cierra los ojos cuando está subido a la elíptica y logré comprenderle. Ahora sólo me falta saber qué tipo de música escucha.



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