viernes, 30 de julio de 2010

Ya lo decía Calamaro

¡Y qué razón tenía!     

Se terminó, se va o lo echan, ¡qué más da! El caso es que no sigue. Y sale como llegó, haciendo ruido. Como ha sido su vida, ruidosa, estridente diría yo.

Un genio dentro del campo, para mi, el mejor de todos los tiempos. Capaz de descoser un partido en una jugada, de poner un campo patas arriba,  de dibujar faltas con tiralíneas, de ir a sacar un córner en el Sánchez Pizjuán y darle cuarenta o cien patadas, las que fueran hasta que se cansó, a una naranja que se encontró de camino, y por supuesto, capaz de que un país entero le ascendiera hasta la categoría de Dios. Un tipo que hizo soñar a una nación, que logró que las penas no existiesen para los argentinos, o que al menos se mitigaran. Un ídolo, un fenómeno mundial, un superclase.

Toda la que tuvo dentro le ha faltado fuera. Primero en su propia vida, aunque cada uno la vive como quiere, siempre y cuando no afecte a los demás. Y eso es lo que Maradona no ha sabido hacer. Quizás de tanto oírlo creyó que realmente era Dios, que podía hacer lo que le viniera en gana. Que podía faltarle al respeto a todo el mundo, que podía vivir al margen de la ley, que podía disparar a un grupo de periodistas con un rifle de aire comprimido en medio de la noche o mandar a todos a mamarla en una de las imágenes más ventajistas que se hayan presenciado nunca en el deporte.

El genio se va quedando solo, todos aquellos, pocos ya, que aún le defendían le han dado la espalda. Uno le miente, otro le traiciona, más cadáveres abandonados por el camino. La lista crece a cada día que pasa. Para muchos argentinos ya no es Dios, ha tocado tierra, para otros muchos todavía tiene ese halo.

Sea como fuere, como decía Calamaro: "Maradona no es una persona cualquiera"

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