jueves, 23 de diciembre de 2010

La creación como pretexto, la codicia como argumento


Algunos lo sabemos, otros disfrutan viviendo en la ignorancia, pero tanto los unos como los otros estamos siendo manipulados constantemente. Nos manejan como a muñecos de guiñol, desde arriba mueven los hilos a su antojo, ahora hacia este lado, al cabo de un segundo te arrodillas, ahora quieren que pienses ésto, luego consiguen que te creas feliz y, al final del todo, pretenden que nos creamos independientes, libres. Ese es el verdadero quid, así no habrá revoluciones, porque nadie se sentirá sometido.

Hace mucho tiempo que los medios de información dejaron de ser independientes, movidos por intereses económicos moldean o manipulan la información a su antojo. La manada, a gusto en el redil, no reflexiona, no se cuestiona según que cosas, simplemente escucha y asiente, mientras, los mensajes subliminales van calando en nuestro cerebro.

Desde la aparición de internet hace unos años, y más recientemente desde su extraordinaria expansión, hay ciertas reglas del juego que han cambiado. La capacidad para interactuar con cualquier persona de este planeta, cualquiera sea su ubicación, nos ha proporcionado infinidad de posibilidades a pesar de conseguir que el mundo sea mucho más pequeño.

Las posibilidades son infinitas, ni tan siquiera hace un lustro podíamos imaginar algo semejante. Ahora no basta con saber leer y escribir para no ser considerado un analfabeto, hay que poseer unos ciertos conocimientos sobre informática e internet.

Por eso, cuando estos días se ha hablado tanto de la famosa y afortunadamente tumbada Ley Sinde (que no sólo recibe este nombre por la Ministra de Cultura, sino que, es un apócope de "sin descargas"), a uno se le pone la piel de gallina cuando piensa en el inicio de tanta prohibición.

Resulta evidente que la propiedad intelectual debe ser protegida, pero la inagotable codicia de productoras y compositores supera los límites de la decencia. No basta con el constante abuso al que nos somete la SGAE, que cualquier día de estos denunciará a alguno que vaya silbando por la calle, ni con el canon digital, ahora quieren poner puertas al campo y empezar a sesgar nuestra libertad con semejante pretexto.

Obvio resulta decir que algo debe cambiar en nuestro país, España es el segundo estado del mundo en el que mayor número de descargas ilegales se producen después del Korea del Sur. Pero alguien debería de pararse a pensar que, si se fijaran unos precios mucho más razonables, como sucede en otros muchos países, es probable que bajáramos unos cuantos peldaños en este ranking.

Después, cuando oigo o leo a alguno de estos autores intelectuales, se me revuelven las tripas con sus razonamientos, tras los cuales tratan de ocultar una avaricia que parece resultar patógena. En unas recientes declaraciones, Alejandro Sanz se despachó a gusto, llamó "cobardes e hipócritas" a la clase política, dijo que en este país, en el que él nació y no paga impuestos, "se protege al pirata y al proxeneta de las canciones robadas", llamando a esos mismos "talibanes de internet".

Voy a evitar ponerle ningún calificativo al intelectual, porque ya queda retratado con semejante comportamiento. Creo que todos los españoles estamos de acuerdo en que hay que proteger la creación, pero todo dentro de lo razonable. Al paso que nos llevan Teddy Bautista, Ramoncín y sus secuaces, van a lo lograr, no sólo que no queramos que se proteja al creador, sino que lo aborrezcamos.




martes, 21 de diciembre de 2010

Se abrió la veda


Hay líos que se ven venir a la legua, no hace falta estar metido en el ajo, ni ser el más listo de la clase para intuir que aquello no será una balsa de aceite. Pasa en muchas ocasiones y en todos los órdenes de la vida. El problema, para según que implicados, es la importancia de los mismos.

No voy a descubrir ahora la animadversión que siento por Mourinho, de uno a diez, un once. Pero al margen de sus logros profesionales, hay dos méritos que no le voy a quitar al portugués. El primero es tener a este bendito país pendiente de sus ruedas de prensa. Hasta en la cola del supermercado oyes a alguna mujer de mediana edad diciendo. "Anda que, cada vez que habla Mourinho sube el pan", a lo que otra responde: "Por eso me llevo varias hogazas para congelar".

Sino fuera por The Special One, España estaría aún más aturdida, sumida en la depresión de la crisis económica, en la cruda realidad de los desempleados y con la esperanza cada día más desgastada.

El segundo de sus méritos es haber situado en el punto de mira a Jorge Valdano. El pasado domingo, después del partido que disputó el Real Madrid contra el Sevilla, se despachó a gusto haciendo referencia a una lista que le habían entregado y en la que se mencionaban trece errores cometidos por el árbitro del partido. Dijo que ya estaba bien de ser siempre él quien diera la cara y que nadie del club saliera en defensa del equipo, en clara alusión al Director General.

Mou pidió públicamente una reunión con el presidente, su único jefe, el número uno, como él le llamó. El argentino en el centro del huracán del de Setúbal. Se abrió definitivamente la caja de los truenos, destapando todas las miserias internas y desprendiendo un hedor insoportable.

Que Mourinho y Valdano iban a terminar como el rosario de la aurora lo sabían hasta los monjes tibetanos. Lo raro es que hayan tardado tanto en empezar a tirarse los trastos a la cabeza. Por una parte, uno siente lástima al ver como un club con la solera, tradición y señorío del Real Madrid ve como se resquebrajan los pilares de su señas de identidad. Por otro lado, satisfacción porque haya alguien que termine de quitarle la careta al vendedor de la palabra hueca.

Valdano tuvo una buena carrera como futbolista, a nivel de selecciones gozo de la suerte y el privilegio de compartir equipo con Maradona, lo que le proporcionó un mundial. Como jugador de club desarrollo la mayor parte de su trayectoria en el fútbol español. Jugó en el Alavés, Zaragoza y ganó un par de ligas con el Real Madrid.

Pareció estar llamado a marcar una época como entrenador, su gusto por el fútbol de toque, su capacidad para expresarse y su aspecto distinguido le procuraban los ingredientes necesarios para ser el ejemplo a seguir. Pronto entendió que su futuro estaba más ligado al traje y la corbata que al chándal y al silbato.

Florentino Pérez, que se siente deslumbrado por gente de porte y educación, lo reclutó para su causa. Sus discursos retóricos y floridos en la forma, pero vacíos en el fondo, pronto sembraron dudas. Su comportamiento, traicionando los principios que tantas veces promulgó, terminó por confirmarlas.

Si hubiera sido fiel a los mimos, debería haber hecho las maletas el mismo día que el Real Madrid decidió contratar a Mourinho. Sin embargo, prefirió seguir viviendo en lujo y la comodidad de la planta noble del Bernabeú.

Hoy pintan bastos para el filósofo, Mourinho parece contar con el cariño y apoyo del presidente, lo que deja al argentino en una posición incómoda, aunque más de una vez ha demostrado tener capacidad para darle la vuelta al calcetín. Otra cosa será la laxitud de su conciencia.



lunes, 20 de diciembre de 2010

No salen las cuentas


Todo empezó aquel día en el que vi a Jordi Villacampa diciendo que a él le daban dos, en aquel mismo momento, sin que ninguno de nosotros lo supiéramos, todo comenzó a cambiar. Los días siguieron siendo de veinticuatro horas, pero nuestras obligaciones exigían que fueran mucho más largos.

Después apareció la Asociación para la promoción del consumo de frutas y hortalizas que, con la aquiescencia del Ministerio de Sanidad, nos recomendaba la ingesta de cinco piezas diarias. La cosa empezaba a complicarse, los dos petit suisse de Villacampa y ahora ésto. Y más, teniendo en cuenta que todos los nutricionistas recomiendan cinco comidas diarias.

También se dice que es recomendable beber un vaso de vino durante las comidas. Incluso que es bueno para el corazón, mi amigo el cardiólogo podrá corroborarlo, o no. Así que, ya veo a alguno pillando unos pedos de muerte aludiendo a la recomendación médica asociada a la necesidad de hacer cinco comidas diarias.

Para complicar aún más la cosa, durante mucho tiempo se dijo que había que beber, al menos, dos litros de agua al día. Aquella era una práctica que proporcionaba extraordinarios beneficios para nuestra salud, tales como: generar una mayor secreción de toxinas, mejorar la tonicidad de nuestra piel, reducir la frecuencia de la aparición de dolores de cabeza o provocar una cierta saciedad, lo cual reducía nuestro apetito e impedía que nos pusiéramos tibios a zampar. Pues según un reciente estudio, que no tengo tiempo ni ganas de desgranar, todos esos mitos no son ciertos. Tantos años con la vejiga a reventar para nada.

El estrés aumenta, el reloj va desgranando las horas y cada vez nos queda menos para cumplir con nuestras obligaciones. Según algunas asociaciones médicas norteamericanas, para mantenerse en forma y evitar engordar, es recomendable dar 10.000 pasos al día. Con lo prácticos que son los americanos, cómo lo complican algunas veces. Ahora vete a Decathlon a comprar un podómetro, con lo sencillo que sería decir: "Hay que caminar, por lo menos, treinta minutos diarios".

A todo ésto tienes que sumarle las ocho horas que debe dormir uno para estar en perfectas condiciones al día siguiente. El tiempo que utilizamos en nuestra higiene personal, ducharse todas las mañanas, así como, después de todas las veces que vas al gimnasio (al menos 3 por semana, eso dicen), exfoliarte la cara cada noche, echarte esas cremitas anti arrugas que también debemos usar los hombres, afeitarse en caso de los varones, depilarse en el de las mujeres y los metrosexuales....

Yo no se a ti, pero por lo que a mi respecta, no me salen las cuentas. Sumo y no hay por donde arañar. Y eso que yo no tengo niños que llevar al colegio, ni perro al que pasear. Y todo ésto con los dedos cruzados para que no ocurra un imprevisto que te destroce la tarde.

Por último queda lo más importante, trabajar, eso si tienes suerte, porque sino, tendrás todo el tiempo del mundo para ir a pasear, pero te faltará dinero para poder comprarte el podómetro.






jueves, 16 de diciembre de 2010

Bajo sospecha


Con salir a la calle es suficiente para darse cuenta de la que está cayendo, si además hablas con unas cuantas personas, el panorama pinta negro, muy negro. Luego, cuando llegas a casa y ves los telediarios o lees el periódico, crees estar inmerso en una pesadilla en la que Freddy Krueger sería el menor de tus problemas.

Recuerdo que hace años, cuando pasaba por delante de algún quiosco, me llamaba mucho la atención observar "El caso", aquel semanario que hablaba de crímenes macabros y descuartizamientos como se habla del tiempo. Allí no había cabida para las buenas noticias. Todo era sangre, horror y dolor. El "diario de las porteras", como muchos lo llamaban, informó durante 35 años de los sucesos de la España real.

Hoy, nuestra vida es un caso. Guerras, asesinatos, hambre, pobreza, tráfico de personas, de órganos, de armas, crisis económica, social, cambio climático, falta de escrúpulos y una gran dosis de cinismo. Así está el mundo. Esa ha sido la gran contribución del ser humano. Mientras, la mayoría, bastante tiene con mirar hacia otro lado y cruzar los dedos esperando que a ellos, tanta ruina, no les roce.

Ante este desolador paisaje, el deporte siempre ha supuesto una válvula de escape. Un elemento de unión en muchas ocasiones, de discusión en otras tantas y de orgullo en la mayoría. En cualquier caso, un modo de evadirnos por unas horas de nuestros problemas.

En este país tan peculiar, en el que aún siguen muchas heridas abiertas, el deporte siempre ha tenido un efecto cicatrizante. Nos ha llenado de honra y dignidad, ha estimulado nuestra autoestima y ha sido el mejor embajador de nuestro país. Nos ha permitido sufrir juntos, salir a la calle a festejarlo y abrazar a aquel al que ni tan siquieras conocíamos. Es como si con cada medalla o cada campeonato celebráramos la nochevieja.

En gran medida, gracias a nuestros deportistas hemos dejado de tener ese absurdo complejo de inferioridad. Hemos perdido a aquel Paco Martinez Soria que cada español parecía llevar dentro. Ahora somos el enemigo a batir. Probablemente, la gran potencia mundial si sumamos todas las disciplinas que existen en el deporte.

Por eso, cuando en primer lugar recibimos en forma de mazazo la noticia del supuesto dopaje y la confirmación después, de algunos de nuestros mejores deportistas, nuestra línea de flotación queda rota en mil pedazos. Incrédulos al principio, abatidos más tarde e indignados al final, vamos hundiéndonos paulatinamente.

Luego debemos soportar a la comunidad internacional diciendo que somos unos tramposos, que eso ya se veía venir, que somos un país de pandereta, que llevamos la picardía por montera y nos falta rigor. Y mientras, los españoles de a pie, tan descreídos de tantas cosas, queriendo mantener una fe cada día más maltrecha.

Yo soy de éstos, de los del orgullo herido y la ilusión maltratada; pero también soy de los que aún creen en la honestidad de la mayoría ante las trampas de unos cuantos, por muy importantes que éstos sean. Porque soy de los que no entienden la vida sin el deporte, pero el de verdad, el limpio, el de la igualdad de condiciones, en el que ganan los mejores no los más canallas. Tengo la fe maltrecha, es cierto, pero la esperanza intacta.



miércoles, 15 de diciembre de 2010

Sin mirar atrás

Existen pocos sabores tan desagradables como el que proporciona el fracaso, deja un poso de tristeza y amargura en la mirada al que resulta difícil acostumbrarse. Por más que lo pruebes no terminas de sacarle el gusto, te enseña, te hace más fuerte, te curte, saca lo peor de ti con efecto inmediato y te proporciona una gran capacidad de superación a medio plazo. El fracaso es la vida, el día a día que adorna nuestra realidad. A unos les roza y a otros les da de lleno, pero ninguno vive ajeno a su existencia.

Muchos no se enteran que habitan instalados en él, otros acusan su presencia a cada paso, supongo que sea una cuestión de perspectiva, de autoexigencia, nunca de comodidad. Nadie puede vivir alojado en un estado semejante. Resulta frustrante al principio, agobiante al final y repulsivo siempre.

La vida es una prueba constante, permanentemente nos examina y permite pocos errores. Ese es el sentido metafórico del término, luego topamos con el real, con la certeza de lo cotidiano, con lo que trastoca nuestros planes de presente, con lo que arruina las expectativas futuras. La cuestión no es cómo asumimos el fracaso, sino, la capacidad que tenemos cada uno para superarlo y aprender de él.

Hace unos días tomé una decisión, sencilla por la seguridad que me podía reportar a medio y largo plazo, complicada en su ejecución y precipitada por la premura de tiempo. Analicé los pros y los contras, me situé en todas las tesituras posibles, traté de imaginar el futuro y me lancé creyendo no tener nada que perder.

Por ganar todo, por malograr nada, al menos eso pensaba. El reloj mi mayor enemigo y cada prueba una bola de partido. Buscaba el cobijo que supone la certidumbre, más aún en estos tiempos que vivimos. Puse todo de mi parte, cuanto tenía dentro, nunca he entendido la vida de otro modo.

Salvé la primera, no resultó complicado. En la segunda fallé cuando lo tuve en la palma de la mano, dudé, perdí la picardía del colegio público, del barrio, no me dejé llevar por la intuición, por ese primer pensamiento que siempre es el acertado, ese sexto sentido que hasta los hombres tenemos y no sabemos explotar. La duda mata, y a mi me aniquiló.

Con la evidencia del fracaso en mi rostro asumí el revés, la rabia se apoderó de mi, una sensación de frustración recorrió todo mi cuerpo, llegó a mi boca, inundó mis ojos y nubló mi mente. Una vez más, como cada vez que me visita. Me desprecié, no maldecí mi desgracia, sino mi incapacidad. No buscaba consuelo, ya no había remedio.

En muchas ocasiones son peores las consecuencias que los acontecimientos. Como una vez dijo Serrat: "En esta vida lo importante no es lo que te ocurre, sino cómo lo afrontas".

Al fracaso hay que mirarle a los ojos, sin apartar la vista, aún sabiendo que quizás te espere al doblar la esquina. Entonces es cuando uno está preparado para mirar al frente, para mantener el paso, para asomarse al futuro y para disfrutar del presente. A la vida nunca se le puede volver el rostro, y en esas estamos.

martes, 14 de diciembre de 2010

La muerte tenía un precio


Vivir en la cima del mundo tiene que resultar algo realmente placentero para los que allí habitan, imagino que para todos ellos no exista un lugar mejor. Aunque deduzco que cuando llegas hasta allí, ir bajando pisos, ya sea por las escaleras o en ascensor, tiene que suponer un sensación frustrante.

La fama, el poder, el dinero y el glamour son sustantivos íntimamente ligados a semejante posición social. Sospecho que sea un lugar muy poblado, allí deben habitar financieros, empresarios, políticos, artistas de primer nivel  o deportistas de prestigio mundial; y supongo que la exigencia en una posición tan relevante deba ser extraordinaria.

Siempre viviendo de cara a la galería, tratando de mantener a cada momento una conducta intachable, sometido al constante juicio de la opinión pública y con tus enemigos acomodados a la vuelta de la esquina mientras esperan el más mínimo desliz.

Algunos dicen que uno no se hace rico trabajando, que la honradez está discutida cuando llegas a según que piso, habrá de todo, digo yo. Tramposos que mueran esbozando una sonrisa mientras su último pensamiento sea: "Os engañé a todos y no os habéis enterado". Sin embargo, el que es cazado con las manos en la masa, no necesita ningún medio de transporte para bajar, la caída es al vacío, sin red.

Hace un par de días apareció muerto, en su piso de Nueva York, Mark Madoff, hijo del mayor estafador de la historia del planeta. Al parecer, Mark desconocía la trama que tenía organizada su padre, y cuando éste le confesó hace unos años en qué consistía su negocio, se apresuró a ponerlo en conocimiento de las autoridades.

Han sido muchas la dudas que se han cernido sobre la implicación o no de los dos hijos de Bernard Madoff. Ellos lo han negado siempre, a pesar de ello se vieron sometidos a tal presión que originó un desequilibrio emocional, en el caso de Mark, que le llevó al suicidio.

Madoff, fue condenado a 150 años de prisión por crear y mantener, durante más de dos décadas, un sistema fraudulento de inversiones calculado en más de 68.000 millones de dolares. En su momento dijo no sentirse arrepentido, asegurando que la cárcel suponía una liberación para él y calificando a sus víctimas de avariciosas y estúpidas.

Con certeza, nunca imaginó a su hijo como una víctima de la trama. Y si en algún momento llegó a hacerlo, supuso que, únicamente la ignorancia en la que vivía era el motivo de tal victimismo. El avaro, una vez más, cometió un error de cálculo; aunque, en esta ocasión, de consecuencias irreversibles. 

Quiero pensar que, a pesar de su insaciable codicia y su manifiesta falta de escrúpulos, Madoff tiene capacidad para sufrir, y estoy seguro que al día de hoy hubiera preferido no sentarse en la cima del mundo. 



lunes, 13 de diciembre de 2010

Lo que algunos no pudieron ser


Recuperar la esencia tiene multitud de aspectos positivos, probablemente, la mayoría de ellos más satisfactorios que los que produce el baloncesto de élite, aunque los de este último están llenos de tales dosis de adrenalina que vives enganchado permanentemente a su recuerdo siempre que no los disfrutas.

Cuando tienes la suerte de vivir el deporte profesionalmente, tu conciencia admite que en ese contrato van implícitas una serie de estipulaciones no escritas, tales como, aguantar, cuando los resultados no acompañan, las embestidas de la prensa, los directivos o los aficionados, los mismos que te pasan la mano por el lomo cuando todo marcha sobre ruedas.

Admites otra cláusula que versa sobre la fragilidad de la memoria. Sobre ésta hay algunos que podrían impartir docencia. Cualquier entrenador que se precie debe evitar, en la medida de lo posible, referencias a un pasado glorioso. En las duras sólo queda apretar los dientes, mirar hacia adelante y mantener el paso firme.

Todo ésto, y mucho más, lo sabes, lo admites y, como se dice habitualmente, va en el sueldo. Ahora bien, cuando entrenas a unos alevines, infantiles o cadetes; no hay directivos que te asedien con el resultado del fin de semana, ningún periódico recoge la crónica de tus partidos y los campos no están llenos de aficionados dispuestos a pedir tu cabeza si las cosas no funcionan. Las gradas están pobladas de padres y familiares cercanos.

Uno, que a pesar de no ser muy veterano, aunque su alopecia pueda decir lo contrario, ha vivido lo suyo por esos mundos de Dios y por esas canchas de vete tú a saber quién; se interroga con preguntas de difícil respuesta cuando observa algunos comportamientos de aquellos que ahora pueblan las gradas.

Los ídolos de nuestro deporte han hecho mucho bien a la sociedad, logran que nos olvidemos de nuestros problemas durante un par de horas y nos hacen recuperar señas de identidad perdidas por momentos. Sin embargo, algunos padres quieren ver reflejados a sus hijos en esas figuras y quizás alguno pretenda que éstos consigan lo que ellos no lograron . Para ello, someten a un estrés descomunal a sus vástagos, la toman con el entrenador cuestionando sus criterios deportivos y generan un soberbio clima de competitividad entre los miembros de un mismo equipo.

Siempre he sentido que el deporte hasta una determinada edad debe servir para crear y fomentar unos valores que difícilmente se encuentran en otros sectores de nuestra sociedad. A través de la diversión debemos formar personas, pequeños proyectos que deben aprender el significado de palabras tales como: disciplina, trabajo, compañerismo, sacrificio, altruismo, esfuerzo, recompensa o generosidad.

Esos valores les acompañarán de por vida y formarán parte de su decálogo de conducta, más allá de cual sea su futuro deportivo. Serán "personas", sabrán comportarse en su vida diaria y comprenderán el esfuerzo que supone abrirse paso en un mundo tan competitivo como el actual.

Hace unos cuantos años que dejé de entender el criterio de algunos padres en este sentido. Cuando oigo desde la banda todo tipo de lindeces contra los árbitros, observo gestos de reprobación porque su hijo es cambiado o escucho a alguno de ellos dar instrucciones como si fuera Phil Jackson,  me abstraigo durante unos segundos para intentar encontrar un explicación a tanta enajenación. Si alguno observará mi cara de incredulidad pensaría que me he fumado alguna sustancia alucinógena.

Infinidad de excelentes proyectos se han quedado por el camino por culpa de una orientación equivocada en este sentido. Es bueno fomentar la competencia, saber que el esfuerzo está dotado de recompensa, pero no a cualquier precio. Dejemos que los niños disfruten, dejemos a los entrenadores que sean aquello para lo que se han formado y dejemos a los padres ser eso, padres, no managers.






viernes, 10 de diciembre de 2010

Dudas sin resolver


Hoy no es un día para ponerse metafórico, ni tampoco para jugar con las palabras, muy al contrario, es una jornada para escribir con la mirada nublada y triste. Al menos así me siento en esta mañana de resaca. Y es que, a todos los que nos gusta el deporte y a los que tenemos la fortuna de vivir de él, la noticia de la llamada operación "Galgo" y sus extraordinarias consecuencias, nos ha dejado aturdidos.

Es un asunto de suma delicadeza, por muchos y diferentes motivos. Ahí van solamente unos pocos. Primero, porque todo el mundo es inocente hasta que se demuestre lo contrario. En segundo lugar por la importancia de las personas que se han visto implicadas, en especial la atleta palentina Marta Domínguez, circunstancia que lleva aneja una repercusión de asombrosas dimensiones. Y en tercer lugar, por la dudas que, una vez más, se ciernen sobre parte del deporte español.

Uno se alegra de que los tramposos sean perseguidos, juzgados y condenados si procede. Pero, ante tanto escándalo con muchos de nuestros deportistas como protagonistas, uno se pregunta: ¿Los españoles se dopan más que el resto o por el contrario aquí se persigue de manera más contundente a todos aquellos que están implicados en el dopaje? La pregunta quedaría respondida para buena parte de la comunidad deportiva internacional que acusa injustamente a España de cierta tolerancia en este sentido.

Como siempre que está implicado un gran deportista la repercusión de la noticia adquiere dimensiones desproporcionadas. Así somos los humanos, destruimos mitos con la misma facilidad que los creamos. En el caso que nos ocupa, la trascendencia es de largo alcance; hablamos de la mejor atleta española de todos los tiempos, con multitud de títulos en su palmarés y con un carisma tan especial que ha logrado que se ganara el cariño de todos los españoles.

Cuando uno se siente aturdido por semejante noticia, las preguntas tienden a amontonarse desordenadamente en la cabeza. Si respetamos, como toca, la presunción de inocencia y termina demostrándose que ésta prevalece sobre las sombras, me pregunto, cómo quedará su nombre y su prestigio a pesar de no ser culpable. La resonancia tendrá un eco que tardará en languidecer.

Si por el contrario se demuestra que está implicada en dicha trama, hecho que me llenaría de pesar, entonces la sensación de incredulidad daría paso al estupor. Las dudas serían de más difícil resolución, ¿cómo alguien dotado de fama, prestigio, posición, reconocimiento internacional, carisma y futuro, se involucra de este modo en algo semejante?

Puesto que queda mucho por descubrir, mucho hilo del que tirar y un tiempo para saber la verdad, simplemente hago estas dos reflexiones sin pretender juzgar ningún comportamiento y deseando que todo quede en un mal sueño.


jueves, 9 de diciembre de 2010

El bueno y el malo


Apenas tienen un año de diferencia, profesionalmente han tenido vidas paralelas, pero personalmente, a pesar de haber compartido tantas experiencias, su devenir no ha podido resultar más divergente. Uno se convirtió en el paradigma de cualquier niño que quisiera jugar al fútbol, el otro, en el ejemplo de como desperdiciar un talento infinito.

El primero nunca dio motivos para la polémica. Ya se encargaban los demás de meterle en todos los charcos, casi siempre salió airoso y fue rara la vez que alguien tuvo que darle una toalla para que se secara. Al otro, la controversia siempre le ha gustado tanto como la noche. Con ese aspecto de niño pijo insatisfecho, rebelde, con un punto de macarra e insolente, su talento futbolístico siempre salió a su rescate.

Ese mismo que sirvió tantas veces para justificar su inexplicable conducta: "Los genios son así. Tienen estas cosas". La frase se las trae. Escrita y pronunciada por periodistas, compañeros, directivos y aficionados. Y yo mientras pensado: ¡Qué putada ser un genio! Ni un ápice de envidia, si acaso de lástima. La que me produce que alguien con semejante don, tan sólo sea capaz de comportarse como toca en un campo, y no siempre.

Fue alguien muy importante en el fútbol, pero pudo ser mucho más. Desgraciadamente, el deporte está lleno de ejemplos de multitud de jugadores que pudieron llegar más lejos y a los que su mala cabeza les llevó por el camino más tortuoso. Aún así, la suerte de Guti ha sido infinita comparada con la de la mayoría de esos casos.

Odiado y querido por el Bernabeú a partes iguales. Incluso, aquellos que habían reprochado el inapropiado proceder de un profesional, se deshacían en elogios al domingo siguiente cuando dibujaba un pase imposible, ejecutaba un regate de dibujos animados o marcaba un gol que daba la vuelta a un marcador que se había vuelto peligroso.

Luego, tenía la rara virtud de estropearlo en muchas ocasiones, no todas, con alguna declaración fuera de tono o con un comportamiento inadmisible en una noche de farra. Al él siempre pareció importarle poco cómo reaccionaran los demás. En contadas ocasiones se arrepintió de un comentario insolente y casi siempre encontró justificación para una actitud reprochable.

Hace un par de días volvió a ser noticia, no por haber marcado un gol decisivo, sino por protagonizar un espectáculo lamentable en las calles de Estambul. Desconozco si su tasa de alcohol era de 2,71 como se ha dicho en algunos medios, creo que no se hubiera mantenido en pie de ser así. Pero sí destapó sus vergüenzas con un comportamiento más propio de macarra de barrio que de deportista profesional.

Dice que bebió lo normal, claro que, deberíamos averiguar lo que resulta normal para Guti. Y que las calles allí son muy estrechas. Mira que muchos le habían dicho que se fuera a jugar a Los Angeles.

Los dos salieron por la puerta de atrás del Real Madrid, ninguno recibió el homenaje que merecía a tenor de los méritos deportivos mostrados en ese club. Esa debió de ser la última circunstancia común que compartieran a nivel deportivo. Mientras uno vive perseguido por la polémica, el otro, el bueno de verdad, continúa silencioso su camino.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Con su ausencia por costumbre


A veces, la memoria resulta casi tan caprichosa como el destino. Modifica y selecciona nuestros recuerdos, nos permite disfrutar de ellos a su antojo, pero en ocasiones, las menos, éstos permanecen nítidos e imborrables como si fueran revividos en tiempo y forma.

Habitan en un rincón de nuestro cerebro, aletargados, dormidos, ausentes y ajenos al paso del tiempo. Luego, regresan sin que nadie les haya requerido. Resurgen con fuerza, una foto, una frase, un paisaje, un nombre, un día de nostalgia o una mañana de sol los resucitan.

Era la tarde de un tres de diciembre, hacía frío y había estado lloviendo hasta el mediodía. Apoltronado en el sillón del salón veía aquel magnífico programa de Constantino Romero llamado “El tiempo es oro”. Mi padre, con los huesos empapados por la humedad y la expresión descompuesta, regresaba de coger setas.

Me miró, tragó saliva y me dio la noticia. La radio aún no lo confirmaba, había dudas, cada vez menos. Se sabía que era un jugador del Real Madrid de baloncesto. La tensión por averiguar de quién se trataba iba en aumento. Llegaban a cuenta gotas al pabellón para disputar el partido que aquella tarde tenían contra el CAI de Zaragoza.

Solamente quedaban dos por aparecer, ambos estaban lesionados, Quique Villalobos y Fernando Martín Espina. Al final, se confirmó la tragedia. La carretera se llevó al primer gran mito de la historia de la canasta en nuestro país.

Recuerdo que lloré, y mucho. Lo hice después de reaccionar, tras tomar conciencia de la realidad y cuando entendí que jamás volvería a verle jugar. Hasta aquella fecha había tenido la fortuna de no perder a ningún ser querido, y nunca habría imaginado derramar una lágrima por alguien a quien no conocía.

Nunca he sido mitómano, pero Fernando Martín era otra cosa. Cierto es que, muchos han sido los que han abierto camino, cantidad los que han hecho grande nuestro deporte, aquellos que, con su talento y esfuerzo han permitido que hoy en día seamos una potencia mundial. Pero Martín era un tipo diferente, estaba hecho de otra pasta. Fue un pionero, un ganador.

Era un atleta, un deportista excepcional, dotado de una fuerza tremenda y con unas extraordinarias cualidades físicas. Es verdad que no era un jugador especialmente técnico, aunque no es menos cierto que mejoró en muchos aspectos con el paso de los años. A pesar de ello, su capacidad física y su carácter forjaron una leyenda.

Por todos los que vivimos aquella época son recordados sus duelos con Norris, quién no retiene en su memoria aquel gancho en suspensión, su tiro a cinco metros, sus poderosos rebotes, su carrera en el contraataque como si fuera un tren de mercancías, incluso, su capacidad para el pase.

Cruzó el océano cuando la NBA era un sueño inalcanzable, se convirtió en el primer europeo en jugar allí sin pasar por una universidad. Llegó con el propósito de demostrar quién era, con la intención de no regresar si no era con el logro del triunfo. Pero resultaron ser otros tiempos. Los extranjeros en la liga eran algo exótico. Estados Unidos estaba mucho más lejos que ahora, las oportunidades solamente existían en las películas y las lesiones, el idioma y las costumbres se convirtieron en un obstáculo insalvable.

Otro hubiera regresado sometido ante la evidencia del fracaso, él no. Volvió para demostrar que seguía siendo un ganador, el número uno. Tuvo tiempo para añadir a su palmarés una Copa del Rey y una Recopa de Europa.

Este mes, cuando se cumplen veintiún años de su desaparición, somos muchos los que nos acordamos de él. Seguimos siendo legión los que hubiéramos deseado verle muchos años más sobre una cancha de baloncesto. El tiempo olvida las ausencias, hasta las de los más grandes. Aún así, los recuerdos que nos dejó Fernando Martín, permanecerán imborrables.

sábado, 4 de diciembre de 2010

Hasta aquí hemos llegado


Resurjo, víctima de la indignación, de las tinieblas en las que andaba sumido, y eso que este puente no prepararé ninguna maleta, ni vagaré como alma en pena por ningún aeropuerto español. Pero a pesar de ello, no puedo menos que expresar el asco que me produce el enésimo chantaje al que nos someten estos tipos que creen vivir bajo el manto de la más absoluta impunidad.

Con la que está cayendo ahí fuera, con un país deprimido, lleno de problemas en la vida diaria, cada día con más gente pasando dificultades, más personas en el paro y más empresas cerrando; resurgen, en el momento más dañino, por las circunstancias y las fechas, estos chantajistas insolidarios, a los cuales no les importa otra cosa que no sea ver como aumenta mensualmente su cuenta corriente.

Nadie pondrá en cuestión la dificultad y responsabilidad de su trabajo, el estrés al que viven sometidos y la preparación de la que se debe disponer para ejercer semejante profesión. Pero no más que otras muchas, tan exigentes o más que la suya, con un mayor grado de cualificación en muchos casos y jugándose la vida en otros tantos. Y todos ellos, los del segundo grupo, infinítamente peor remunerados que estas sanguijuelas de torre de control.

Y lo peor de todo no es el hecho de que ellos se crean demasiado listos, sino que, piensen que los demás somos idiotas. No nos dais lo que queremos, nos ponemos enfermos. Nos bajáis el sueldo, nos entra una gripe en agosto. No aceptáis nuestras condiciones, aquí no vuela ni Dios. La misma historia cada puente, cada navidad, cada verano. Y mientras, una muestra más de la inagotable paciencia de nuestra sociedad.

Son los profesionales mejor pagados. En los turnos de seis horas, trabajan cuatro y descansan dos. La misma rotación en los de 12 horas. Tienen 45 días de vacaciones. De los 2.400 controladores aéreos que hay en España, unos 1.500 ganan un salario medio de 350.000 euros anuales, ingresos muy por encima de las medias recibidas por los controladores alemanes que rondan los 150.000 euros o ingleses, con 120.000 euros al año, según los últimos datos de Eurocontrol. Para más inri, hay 800 controladores que ingresan de 450.000 a 650.000 euros; 70 que reciben 720.000 euros anuales y hasta seis controladores que ganan 970.000 euros.

No han medido las consecuencias de su indecente prepotencia, actuando de modo salvaje y desproporcionado, y llevando a cabo, literalmente, el secuestro de miles de personas.

Ya está bien de que jueguen con el trabajo, las vacaciones, el dinero, el tiempo, las ilusiones y las necesidades de todos y cada uno de nosotros. O aún peor, con la salud de algunos, como esa madre que debe coger un avión para llegar a una operación en la que tienen que extirpar un tumor a su hija.

Hoy han sobrepasado el límite, han situado a nuestro país al borde del caos en un ejercicio de irresponsabilidad indigno de cualquier individuo con un mínimo cociente intelectual y las suficientes dosis de cordura. Han llevado el egoísmo hasta extremos desconocidos, aún a costa de situarnos en el canto del precipicio, y eso, es algo que no puede quedar impune.

lunes, 29 de noviembre de 2010

Yo, me pido el arco iris


El concepto de propiedad es tan antiguo como el ser humano, circunstancia que se ha visto exacerbada con el paso de los años. Cierto es que, los hay despegados, los menos, muy pocos. Luego estamos la mayoría, los que queremos únicamente lo que hemos logrado con nuestro sacrificio.

Después, están unos cuantos que medran por lo que han conseguido sus antepasados, por el simple hecho de que exista consanguinidad, ya se creen con derecho para pleitear con quién se ponga por delante e incluso, en ocasiones, pedir la declaración de incapacidad para aquellos que les han procurado un cobijo, una educación y, en muchos casos, la vida.

Luego, tras todos ellos, o antes, vete tú a saber, se sitúan los de la insaciable codicia, aquellos que quieren lo propio, lo ajeno y lo que nunca ha pertenecido a nadie, o mejor dicho, nos pertenece a todos. En este distinguido grupo encontramos a una gallega que recientemente se ha declarado dueña del Sol, casi nada.

Al parecer, encontró una posibilidad de ganar dinero con el astro a sabiendas de que existe un acuerdo internacional que impide a los países adjudicarse la propiedad de cualquier planeta; y tras percatarse de que un americano había registrado recientemente varios de ellos, así como la Luna, pero no había hecho lo propio con el Sol.

Así que, ni corta ni perezosa se presentó ante un notario para que éste diera fe de semejante acontecimiento. Había que haber visto la cara del buen hombre, yo hubiera pagado dinero por ello. El certificador, tras su asombro inicial y después de realizar las oportunas consultas a su correspondiente colegio, no tuvo otra que dar fe del citado hecho.

"La adquisición de la propiedad referida constituye una aprehensión electromagnética y radiactiva, al no existir ni conocerse en cinco mil millones de años propietario alguno hasta la fecha", ésto es lo que reza el documento notarial, que también la declara dueña "por usucapión, habiendo hecho de la propiedad del Sol de buena fe, de forma pacífica e ininterrumpidamente durante 31 años".

Parece tener muy claras tanto sus ideas, como sus propósitos, que no son otros que cobrar un canon a todo aquel que utilice la energía que mana del astro rey. Dice haber hablado con el Ministerio de Industria al respecto, asegurando que les cedería un 50% de sus ingresos para que éstos fueran destinados a los Presupuestos Generales del Estado.; otro 20% para financiar las pensiones mínimas, un 10% más para dedicar a investigación y sanidad y otro 10% para ayudar a erradicar el hambre. Lo que demuestra su extraordinaria generosidad, puesto que ella sólo se quedaría con el 10% restante.

En lo que no ha debido de reparar, es en las posibles demandas que a partir de ahora pueden interponer todos aquellos que en algún momento de su vida se hayan visto perjudicados por el Sol. Los agricultores cuando han perdido sus cosechas por culpa de la sequía, las personas víctimas de cáncer de piel o quemaduras, familiares que querrán resarcirse por la muerte de alguno de los suyos provocada por una fuerte ola de calor, etc.

Quizás, esta posibilidad la lleve a reconsiderar su postura, ya sea adjudicándose un porcentaje mayor al 10%, puesto que tantos pleitos pueden resultar demasiado costosos, o renunciado a la propiedad de algo que nos pertenece a todos los que habitamos este planeta.

Ingenio y cara dura no le faltan a la buena mujer. Y puesto que me considero con bastante de lo primero, y sobrado de lo segundo, a sugerencia de mi mujer he decidido que hoy mismo me voy a apropiar del arco iris.

Hemos analizado las posibles demandas y, entendemos que existen escasas probabilidades de que se produzcan. Por el contrario, aún lejos de los beneficios económicos que producirá el Sol, todos aquellos que lo pinten o fotografíen tendrán que pagar por ello. Joder, y luego nos quejamos de Ramoncín.

viernes, 26 de noviembre de 2010

¿Qué tal un poco de respeto?



Hay equipos que devoran entrenadores. Clubes donde la urgencia de títulos en algunos casos y la ineptitud de sus dirigentes, en otros muchos, ven desfilar a compañeros de profesión como pasos de Semana Santa.


Este empleo debería ser considerado de alto riesgo. Con la permanente sensación de interinidad, sometidos a una extraordinaria presión, la cual aumenta  a medida que se trabaja en superiores categorías y se dispara entrenando a según que clubes. Con esa extraña percepción que revela que no siempre los resultados están directamente ligados a la calidad de tu trabajo, y con la certeza de que, sobre ésto, sabe hasta mi vecino el del quinto.

Muchas veces tengo la sensación de vivir en un país lleno de urgencias, y el deporte se convierte en fiel reflejo de las mismas. La noticia no es el cese de un entrenador, muy al contrario, ésta se produce cuando alguno vive en el mismo banquillo más allá de la tercera temporada. En este trabajo eres tan bueno, o tan malo, como tu último resultado.

Cuestionamos con total impunidad el trabajo de los demás y opinamos con absoluta ligereza sobre el mismo. Ausentes de argumentos y ajenos al trabajo diario, nuestra soberbia o ignorancia nos impide someternos al escrutinio de la prudencia.

En los últimos meses asisto perplejo, no sólo a la controversia que generan las decisiones que toma Messina, sino, al debate sobre su capacidad para entrenar a un equipo como el Real Madrid. Polémica que me confunde aún más, cuando es considerado uno de los mejores entrenadores de Europa y  acumula en su palmarés un par de Euroligas y una medalla de plata en un Eurobasket con la selección Italiana.

A propósito de ésto, y sin querer compararme con Messina, semejante osadía no está al alcance ni de un leonés, recuerdo una anécdota de mi época en Los Barrios. En la grada, detrás del banquillo contrario, se situaba un "personaje" (voy a evitar calificativos desagradables que traigan peores consecuencias) que no dejaba de increparme. Lo hacía cada partido que jugábamos en casa, daba igual cuál fuera el resultado, sus descalificaciones daban siempre paso al insulto y a una inquina personal sobre la que desconozco su motivación al día de hoy.

En un partido contra Menorca, después de perder con un triple de F.J. Martín en el último segundo, en mi camino al vestuario el tipo no dejó de acordarse de toda mi familia, la viva y la del más allá. En un ataque de ira, producto del hastío y el hartazgo que me producía semejante personaje, perdí el control como no lo puede hacer alguien que se dedique a esta profesión. Puse a su disposición todo un repertorio de lindeces, así como el ofrecimiento de alguna que otra "caricia".

Creo que me arrepentí de ello antes de hacerlo, aunque aquel suceso me llevó a conocer la mejor historia relacionada con individuos de esta calaña. Cuentan que, un entrenador que tuvo la Balona, también conocido como la Balompédica Linense, equipo de la Línea de la Concepción, no paraba de recibir insultos y descalificaciones, domingo sí y domingo también, por parte de un aficionado del equipo. Era tal el acoso que el entrenador indagó hasta conocer la profesión del ultra en cuestión.

Se enteró de que éste era carnicero y, un lunes se situó en la puerta de su comercio gritando como un poseso y aludiendo a la multitud de efectos nocivos que producía la carne del hooligan. Al cabo de un rato el carnicero salió de su tienda suplicando al entrenador que dejara de hacer aquello porque le iba a arruinar el negocio, a lo que este último contesto: "Eso es lo mismo que haces tú conmigo cada domingo". Desde entonces, el seguidor no volvió a abrir la boca para descalificar al entrenador de su equipo.

Obviamente, muchos de nosotros no tendríamos ni tiempo ni ganas para hacer lo mismo con todos aquellos que, no sólo ponen en cuestión nuestra capacidad sin el menor argumento, sino, con todos esos que descalifican motivados por una osadia e ignorancia que a veces asusta. Pero sí puede servir a esos mismos para sentir empatía y respeto por alguien que desempeña su profesión con la misma honestidad que ellos la propia.


jueves, 25 de noviembre de 2010

El poder de la mente

Todos somos conscientes de que la mente rige cada uno de nuestros actos, todos sabemos que conforme sea nuestra fortaleza y equilibrio mental así podremos afrontar según que retos y encajar las circunstancias adversas que se presentan a lo largo de nuestra vida. Muchos nos creemos con esa capacidad, pero sólo cuando el destino nos juega una mala pasada es cuando realmente sabemos si esa seguridad en nosotros mismos es real o imaginaria.

Esos son los retos de la vida cotidiana, del mundo real, de nuestra capacidad para enfrentarnos a él, para ser equilibrados. Y, a juzgar por los datos, no parece una tarea sencilla. En España, al menos cuatro millones de personas sufren algún tipo de depresión, y según un reciente congreso celebrado en Buenos Aires, se asegura que, en diez años será la segunda causa de incapacidad, por encima de enfermedades cerebrovasculares o pulmonares.

No se trata de realizar un concienzudo análisis para el cual no estoy capacitado, ni intentar descubrir al impostor de Uri Geller y sus supuestos poderes psíquicos. Simplemente es la constatación de la realidad, esa que nos ocupa cotidianamente. La vida en general parece ser compleja, eso dice la gente. Ahora bien, no sé si lo es tanto por su propia condición o por la capacidad que tiene el ser humano para meterse en todos los charcos.

Afrontamos retos diarios, sucesos que nos trastornan, con o sin motivo. Provocamos, de circunstancias insignificantes, consecuencias extraordinarias. Nos derrumbamos con la misma facilidad con la que nos venimos arriba, pasa en la vida y pasa en el deporte.

Siempre me ha llamado poderosamente la atención la capacidad que tienen algunos deportistas para hundirse sin motivo aparente. Muchos parecen vivir en una montaña rusa, en una ciclotimia constante, y ese, siempre ha supuesto un gran interrogante para mi. El caballo de batalla de cualquier entrenador, intentar que su equipo sea fuerte mentalmente, que no se derrumbe cuando el más mínimo obstáculo se asoma en el camino.

Hay deportes, generalmente los individuales y en concreto el tenis, que suponen una demostración constante de fortaleza mental. Más allá de la cualidades físicas o técnicas se sitúa el poder de la mente para competir, no sólo contra el adversario, sino contra uno mismo. Nadal supone un caso extraordinario y el paradigma de cualquier deportista que se precie.

Cualquiera entiende que en el deporte individual un jugador pueda pasar por diferentes estados de ánimo y que, en ocasiones, no sea capaz de sobreponerse a un momento de duda, de falta de confianza. Pero resulta especialmente llamativo como un equipo puede derrumbarse con la misma facilidad que un castillo de naipes ante una ráfaga de viento.

El deporte son estados de ánimo, y en el baloncesto éstos abundan. Cuando veinte segundos atrás vivías presa de la euforia producto de una acción positiva, no imaginabas que al cabo de un instante ibas a estar sumido en una profunda depresión de la que no sería capaz de rescatarte ni el mismísimo Sigmun Freud. Sorprenden estas reacciones y aún más cuando, en muchos casos, se trata de jugadores veteranos y curtidos en mil batallas.

Hablamos  de dinámicas para interpretar lo sucedido. Suponen argumentaciones etéreas, la conclusión de lo que no podemos explicar, de aquello que se escapa a nuestro control. Ese agujero negro que tantas veces nos ha engullido, el mismo del que hemos salido sin motivo aparente, del que nos alejamos con mayor fuerza de la que entramos, para perseguir la euforia, para desear vivir instalados en ella, para no querer abandonarla nunca. Para no volver a sentirnos presa de nuestros miedos y temores. Para engañarnos pensando que dominamos nuestra mente.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

El privilegio de sentirse vivo

Caminaba distraído como otras tantas veces, absorto en mis pensamientos. Me gusta viajar con la mente, disfruto cuando lo hago, es algo que permite que me sienta ajeno a todo lo que me rodea en ese momento. Supone, al menos para mí, una sensación placentera.

Rodeado de gente que andaba apresurada, con las bocinas de los coches como prueba de la impaciencia que nos mueve y las luces de navidad como presagio de felicidad para unos, y tristeza y melancolía para otros. Un "hasta luego Félix" me llevó de vuelta a la realidad. La vi, con su mirada llena de bondad y esa sonrisa que nunca abandona, como si su corazón se sintiera traicionado si lo hiciera. De su brazo, mucho más distraido que yo, avanzando a pasos cortos y apresurados, caminaba su marido.

Él no me reconoció, ni tan siquiera reparó en mi presencia, hace tiempo que eso sucede. Su mente está mucho más lejos que la mía en esos días en los que vago por la ciudad. Dicen que ya no piensa, y si lo hace, que no razona. Poco a poco se va sintiendo como un niño, cada vez más pequeño, cada día más perdido. Llora sin motivo aparente, aunque quizás si lo tenga, acaso, de vez en cuando recuerda quien es y plañe porque esa conciencia no viva presente hasta el fin de sus días.

La vida está llena de bellos y maravillosos momentos, de instantes que componen una felicidad imaginaria. Por suerte, la mente aisla los malos recuerdos y siempre deja el poso de las buenas experiencias. De aquellas que llenan nuestro baúl de esperanzas por conseguir la sonrisa eterna, la paz interior que tanto perseguimos.

De no ser así estaríamos perdidos, más locos de lo que estamos, más peligrosos de lo que somos. Porque desgraciadamente la vida golpea sin piedad, injustamente, sin sentido, sin remisión. Y mientras, asistimos sumisos a una función a la que tan sólo hemos sido invitados a participar, donde en pocos casos tenemos capacidad para virar el rumbo, para cambiar el destino.

Muchos son los que se han ido antes de tiempo, a otros tantos les hubiera gustado acompañarles para evitar tanto sufrimiento. El resto lamentamos su desgracia y su ausencia, entretanto, la vida prosigue sin reparar en quién falta, en quién no volverá a sentir jamás las gotas de lluvia sobre su cara, el viento acariciando su rostro y el sol calentando sus mañanas.

Por eso, cada día al abrir los ojos, al sentir mi cuerpo, al percibirme vivo, sonrío. Por dentro y por fuera. Ignoro a quién tengo que darle las gracias, pero me siento dichoso y afortunado, un privilegiado. Y como tal disfruto, recordándome que, cada día que estoy mal es uno que no estoy bien; y eso es algo que ninguno de nosotros nos podemos permitir.

Hoy, cuando vague por las calles de la ciudad, absorto, abstraído, sumido en mis pensamientos y extraño a cuanto me rodea, me acordaré de él.




martes, 23 de noviembre de 2010

Asalto a la banca

Con el pelo rapado y algunos kilos de más, con las canas poblando su barba y repantingado en un sofá; habla sobre cómo llevar a cabo una revolución hoy en día. Siempre fue un tipo diferente, con aquellos cuellos subidos que le hicieron tan famoso como sus goles, con ese carácter indomable y sus continuas polémicas, ya fuera con entrenadores, compañeros de equipo o aficionados, como aquel al que le propinó una patada en el pecho durante un partido tras saltar una valla publicitaria y después de que éste no dejara de dirigirle insultos racistas. Así era, así es Eric Cantona, genio y figura.

Pocos jugadores han sido tan queridos por las aficiones, pocos han sido elevados a la categoría de mitos cuando su carrera aún latía, como lo demuestra el hecho de que la afición del Manchester United le nombrara el mejor jugador del siglo XX. Polifacético, odiado por muchos e idolatrado por la mayoría.

Ahora, retirado de la primera línea, con el cine y su afición al fútbol playa como únicos testigos, la ha liado parda. En unas recientes declaraciones a un periódico regional llamado Presse Ocean, Cantona habla sobre la polémica acontecida en Francia en los últimos meses y la miseria en la que vive sumido medio mundo, asegura que salir a la calle ya no tiene sentido, que esa ya no es la verdadera revolución y señala a los bancos como los principales culpables del lío en el que anda metido el planeta.

Empieza apagado, casi susurrando, y a medida que escucha su argumento se entusiasma con la idea propuesta. Asevera que en lugar de tirarse a la calle portando pancartas y gritando en contra de quien corresponda, cada uno de los que se manifiestan deberían ir a su banco a pedir que le den en efectivo el dinero del que disponen en su cuenta. El colapso sería absoluto, la banca sufriría, se desplomaría y entonces, empezarían a escucharnos. Esa es la verdadera revolución.

La idea ha calado, ya existen movimientos en las redes sociales que la promueven, cada vez son más los que se unen a la causa, incluso, ya se ha puesto fecha a la misma, el 7 de diciembre.  Periódicos de todo el mundo se han hecho eco de la noticia. Cantona vuelve a situarse bajo los focos y, es probable que se esté riendo del taco organizado mientras algunos bancos ya empiezan a tomarse en serio su reflexión.

Los curritos de a pie sabemos que tiene más razón que un santo, aunque también sabemos que si quieres disponer en efectivo de una cantidad respetable, debes avisar con al menos un día de antelación, así que, no estaría de más que el personal que se disponga a retirar el dinero de su cuenta tome nota.

Dicho ésto, ahora queda la segunda parte del negocio, saber si realmente los ciudadanos comunes, como tú o como yo, le haremos caso. Si exceptuamos a todos aquellos a los que los bancos hacen reverencias al entrar, lo que supone un porcentaje muy reducido; quedamos todos los demás, que somos muchos.

Dentro de este nutrido grupo habrá diferentes opiniones, algunos se creerán más ricos de lo que son, por lo tanto, están descartados. Otros, entre los que me incluyo, estando de acuerdo con el francés, nos sentimos vencidos por el sistema. Los de más allá no tendrán ni un duro que sacar y los antisistema no guardan el dinero en los bancos. Así que, solamente quedan aquellos románticos que piensan que aún se puede cambiar el mundo.

A pesar de ello, habrá que estar atentos al día 7 de diciembre. Y sobre todo, lo que me gustaría saber es si Cantona estará allí para retirar su dinero, aunque para ello tenga que llevar un furgón blindado. Si es así, yo, me apunto.


lunes, 22 de noviembre de 2010

Palabras huecas


Hay palabras que el paso del tiempo modifica, otras, en cambio, no soportan la "evolución", tratan de preservar su significado, pero el transcurso de los acontecimientos, de los hábitos y costumbres impiden que así sea. Las seguimos utilizando con el convencimiento de que simbolizan aquello que nos enseñaron, pero la vida nos demuestra que tal esfuerzo resulta baldío.

De este modo, uno asiste atónito a los comportamientos de muchos jóvenes, aunque produce una mayor perplejidad las reacciones de un gran número de padres. Hace unos meses, siete jóvenes de la localidad madrileña de Pozuelo, fueron setenciados por un juez a no salir de fiesta durante tres meses a partir de las diez de la noche. Los progenitores se apresuraron a poner el grito en cielo e instaron a sus abogados a que interpusieran los recursos correspondientes.

Ni entendían ni compartían la desproporción de semejante sanción, al fin y al cabo, sus vástagos sólo habían protagonizado una batalla campal en la que diez policías habían resultado heridos, dos de ellos de gravedad. Incluso trataron, en vano, asaltar la comisaria municipal.

Si los hechos en cuestión no fueran tan graves, la sentencia produciría la hilaridad de muchos. Asistimos ausentes a un momento crucial en el desarrollo de nuestra sociedad. Lo que antes suponía un castigo impuesto por los padres sin el menor trauma posible y soportado por el compromiso de no volver a incurrir en semejante actitud reprobatoria. Ahora, tiene que ser un juez quien ejecute los castigos que muchos padres de hoy en día no se atreven a imponer.

Hemos pasado del todo a la nada a una velocidad supersónica, del miedo de décadas atrás, al todo vale de hoy en día. Mientras, el respeto se ha visto ultrajado en el camino. Actualmente, los profesores han perdido la autoridad que antes tuvieron, la impunidad de muchos alumnos campa a sus anchas y muchos padres, socavan el esfuerzo de los docentes por tratar de inculcar a los estudiantes unos valores que, desde hace tiempo, vagan por la conciencia de muchos de ellos.

Uno no entiende qué ha ocurrido durante estos últimos años. Muchos han pasado de padres a colegas, otros, de tener miedo de sus progenitores a tener miedo a sus hijos, otros quieren hacer responsables de su incapacidad a los maestros, la disciplina es una palabra vacía de significado y llena de polvo y caspa, entretanto, el analfabetismo se asoma al quicio de la puerta.


viernes, 19 de noviembre de 2010

Mi compañera


Te soñé sin conocerte, te pretendí al verte y te desee siempre. En la presencia y en la ausencia, hasta cuando me olvidé de ti, hasta cuando me costó reconocerte, hasta el momento en el que la vida nos volvió a unir, cuando sólo te imaginé, antes de desear que regresaras y después de soñar con tu recuerdo. Siempre allí, sentando, esperando que el destino me sonriera, con alguien como tú, contigo.

Llegaste un día cualquiera, sin previo aviso, cuando ya no te esperaba, cuando la angustia era mi única compañera de viaje y la cobardía de mis actos me delataba, cuando el miedo había dejado de ser mi enemigo, cuando la esperanza era una utopía y el amor habitaba bajo tierra, cuando había dejado de ser yo, aquel día en el que parecía no haber solución y la tristeza se había convertido en mi infatigable amiga, ese en el que la autoestima dejó de existir, aquel en el que te aguardaba sin saberlo, deseando que llegaras, que salieras de las tinieblas, que abrieras la puerta de aquel sótano en el que no había ventanas; esperando que me besaras.

Y entonces apareciste, con tu sonrisa, con tu alegría desbordante, con aquella naturalidad, con tu flequillo y tu belleza, con los recuerdos del pasado, con la ambición ancestral de lo que podía haber sido, con los deseos de adolescente, con mi amor capturado en el recuerdo, con las cicatrices curadas, sin deseos ni pretensiones, llegaste como siempre, como hacía años, los mismos que no te veía, que no te recordaba.

Me rescataste del peligro, del desasosiego y el desconsuelo, de la aflicción y de las lágrimas. Llevaste a mí la alegría, la paz, la ausencia de malos momentos, el deseo de otros tiempos mejores, viniste como siempre, cuando nadie te espera y siempre haces falta. Porque así eres tú, discreta, silenciosa, abnegada, dulce y cariñosa, comprensiva, sincera e inocente, tenaz, constante, ordenada en tus hábitos y costumbres, sonriente y tolerante.

Así llegaste, y desde entonces, nunca has fallado, siempre presente, con un buen consejo, con ese punto de picardía femenina pero ausente de malicia, presta, con las maletas preparadas y el ánimo dispuesto, compañera paciente e incansable, con tus temores siempre presentes, con tu fragilidad, con esa necesidad de sentirte querida y la capacidad de resultar agradecida. Llena de virtudes y desconfianza, esperando que te demuestren antes de conceder.

En estos años hubo tiempo para todo, para reír, llorar y soñar, para viajar, a veces sin movernos del lugar, para sufrir, para ser felices, las más, para esperar, para planificar y construir, para mirarnos, para la complicidad y el respeto, siempre, para compartir, para desear volver a casa, para querer estar siempre presente, para soportar la ausencia y la distancia, para sentir y padecer, para querer y amar.

Aquello se fue, pasó y no volverá, será el principio del mañana, los primeros días del futuro, del resto de nuestros días, de lo que nos queda por vivir y no dejaremos pasar. Se fue pero formará parte de nosotros, esencia, presencia, recuerdos; cada día uno más, cada vez más fuertes, llegando a la unidad, a lo indivisible.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Recuerdos imborrables


Ya estaba advertido, así que, aunque hice caso omiso al apercibimiento y continúe hablando al cabo de un rato, mantuve todos los sentidos alerta. Ella me miró presa de un torrente de ira contenida, yo dejé de charlar mientras la observaba por el rabillo del ojo, su reacción no tardaría en llegar. Había agotado su débil paciencia, otros ya habían sido víctimas de lo que estaba a punto de sucederme.

Entonces lo vi, volando hacía mi, imparable, dispuesto a impactar contra mi cabeza, con la firme intención de dejarme aturdido y con los restos de tiza como testigos. Tuve tiempo de agacharme, sentí su rebufo y un leve silbido al sobrevolar mi cuerpo. Agachado, giré el cuello en la dirección contraria, llegué a tiempo de contemplar como el borrador impactaba en la cara de Manuel, el alumno modelo, un buen compañero, un gran estudiante, ni de lejos el típico empollón sabelotodo, un ejemplo. Aquella mañana de octubre, Manolo aprendió lo que eran los daños colaterales.

Así era doña Amparo, con el borrador cargado y las tizas volando por la clase. Mientras, nosotros, con seis años, asistíamos entre asustados y divertidos a una costumbre que se terminó convirtiendo en un juego. Los de las últimas filas corrían menos peligro, no por su falta de puntería, ni mucho menos, sino porque la distancia se había convertido en su gran aliada cuando debían de poner a prueba su velocidad de reacción. Por el contrario, a mi, el orden alfabético me ha jugado malas pasadas en unas cuantas ocasiones.

Ese fue nuestro primer año en E.G.B., peligroso para nosotros, provechoso para algún que otro oculista, pero divertido. En segundo la cosa cambió, las propabilidades de ser víctimas de un castigo eran las mismas, pero la certeza de recibirlo era infinitamente mayor, el método era infalible. Doña Teresa, la coja, con su andar descompensado y su abyecta mirada que ni tan siquiera se veía atenuada por el color azul de sus ojos. Utilizaba unos palos de madera con los que nos daba en las manos, en el culo o donde su rabia dictara. Sólo Manuel Abalo Castells, si lees ésto, que sepas que no nos olvidamos de ti; permanecía alejado de cualquier castigo.

El ínclito, suministraba a doña Teresa el material necesario para tales fines. Su padre tenía una sierra y él, llegaba a clase con varas de diferentes tipos de madera, castaño, cerezo o abedul, que nuestra querida maestra iba utilizando en función de sus estados de ánimo. Abalo, dejó el colegio al finalizar aquel curso, aquello, a un mismo tiempo, supuso su suerte y nuestra desgracia. Las técnicas de "la coja", hubieran resultado ser un juego de niños en comparación con lo que esperaba a partir de sexto. Cada cierto tiempo le busco en facebook con la intención de dar con él, con el transcurso de los meses he llegado a la conclusión de que utiliza un sobrenombre.

La cosa se fue suavizando con el paso de los cursos, Doña Oudila, Don Daniel y Doña Emilia vivían lejos de aquellos comportamientos. Resultaron ser mucho más pacientes y didácticos, tanto o más exigentes que sus predecesoras, en aquellas clases no se movía ni una mosca sin su permiso, pero ese fue un respeto que se ganaron con su forma de ser y actuar.

Llegando a sexto nos encontramos con el padre de todas las bestias, con la antipedagogía convertida en ser humano, con la suma de todas las vilezas hechas hombre, aquel, que años atrás resultó absuelto tras reventar de un bofetón el tímpano de un alumno. Caminaba bajo el manto de la impunidad, con la dudosa habilidad de humillar a los más débiles y la soberbia como virtud. Sus métodos se acercaban más a los de principio de siglo que a los que debían ser utilizados mediados los ´80. Ha resultado ser una de las tres personas más despreciables que me he encontrado en mi vida, de las otras dos ya hablaré a su debido tiempo.

Doña Goyita asistía perpleja al espectáculo, no daba crédito, nada podía hacer, excepto animar a los alumnos y consolar a algunas madres.

Séptimo y octavo resultaron años gloriosos, con Don Juan, Doña Conchita, Don Ángel y Don Víctor. Años en los que el Don o Doña dieron paso al "El" o "La" , excepto cuando nos dirigíamos a ellos, donde empezamos a creernos los reyes del mambo, donde la inocencia abría camino a la picardía, allí donde las chicas comenzaron a importarnos más que un balón de fútbol durante el recreo, donde creerte mayor era un privilegio por la ausencia de responsabilidad y donde llorar estaba mal visto.

Somos lo que vivimos, somos nuestros recuerdos y experiencias, pero también, el poso que todas y cada una de esas personas han dejado a nuestro paso, tenemos un poco de nosotros y mucho de ellos, de lo que nos enseñaron, de lo que nos gustó en su modo de actuar, también de lo que decidimos no ser, de lo que obviamos o despreciamos, de lo que el paso del tiempo nos obligó a recordar, de lo que nos hizo más fuertes.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Patriotismo de tres al cuarto


El deporte es uno de los mayores activos de nuestro país; probablemente, nuestra mejor carta de presentación ante el resto del mundo y, sin lugar a dudas, un motivo de orgullo y de unión para todos los españoles. Despierta en nosotros todo tipo de pasiones, tanto, cuando lo practicamos, como cuando lo observamos como meros espectadores. Logra arrancar de nosotros comportamientos y aptitudes, en muchos casos, desconocidas.

Muchos de nuestros deportistas son considerados ídolos. En una época en la que, para muchos, el referente es gente como Belén Esteban; ellos encarnan todos esos valores que echamos a faltar en tantos sectores de nuestra sociedad. Nos hacen soñar, nos alejan de los problemas cotidianos, sentimos sus éxitos y hazañas como propias, sufrimos con ellos en los fracasos, lamentamos sus desgracias y nos afligimos cuando se lesionan.

Forman parte de nuestras vidas, hablamos de muchos de ellos como si fueran de la familia, creemos conocerlos mejor que sus madres, ponemos en cuestión sus defectos y elogiamos hasta la extenuación sus virtudes. Pretendemos que sean infalibles, los elevamos hasta hacerles tocar la cima del mundo con la yema de los dedos. Escupimos improperios en sus descalabros y les sometemos a un grado de exigencia brutal que ni tan siquiera soñamos para con nosotros.

Así somos los aficionados, así vemos a nuestros deportistas. Nosotros, sin ellos, viviríamos con la permanente ausencia de un trozo de nuestras vidas, con la sensación de sentirnos incompletos. Ellos, sin nosotros, no existirían. No habría campos de fútbol que llenar, ni pistas de tenis que abarrotar, ni gradas de pabellones que poblar, ni carreteras que inundar, ni partidos por televisión, ni periódicos deportivos, ni tiempo de juego, ni carrusel deportivo, ni domingos de transistor y lunes de polémica.

Nos necesitan más que nosotros a ellos, muchos lo saben y lo admiten, otros tantos, los menos, viven instalados en la vanidad y el egocentrismo; pero, al fin y al cabo, todos nos reclaman. Necesitan que vayamos, al fútbol, al baloncesto, al tenis, al ciclismo, al automovilismo, al motociclimo y a tantos otros lugares. Que vayamos y gritemos, que les apoyemos, demandan nuestros ánimos, nos piden formar parte de nuestras vidas, hablan de un sentimiento común, de unos valores, de unos colores y una bandera; de nuestras señas de identidad.

Entiendo bien los motivos que llevan a algunos de ellos a residir en otros países, admito lo que supone fiscalmente,  comprendo que sus exiguas nóminas deban verse sometidas al escrutinio de un sistema menos gravoso.

Por todo eso, cuando a algunos de ellos se les llena la boca con el nombre de España, cuando presumen de ser abanderados de nuestras costumbres, de nuestra forma de ser y de entender la vida, de nuestras calles y nuestras gentes, del jamón, la fabada y la paella, del vino y del sol, de la Giralda, de la Alhambra y de todos y cada uno de los rincones de la piel de toro; me siento víctima de la mentira, el engaño, la farsa y la decepción.

Jamás admitiré esa doble moral, ya no sólo por el provecho que obtienen por ser españoles y beneficiarse de la multitud de servicios e infraestructuras que se crean y soportan con el esfuerzo de cada uno de los que contribuimos religiosamente, sino, también, por ese modo tan mezquino y vil de querer engañar a cada uno de los españoles.

martes, 16 de noviembre de 2010

Cuando ganar es lo menos importante

El domingo pasado, casi después de un año, volví a colocarme en una banda para dirigir un partido. Las circunstancias fueron bien diferentes a las vividas en años anteriores, distintas, pero no desconocidas. Llevo ya un tiempo acostumbrado a decirle al conserje que me abra la puerta de la sala donde guardamos los balones, el mismo que me ocupo de que no falte ninguno al final de cada entrenamiento. Siempre supuso una obsesión, hasta siendo profesional. Quizás, porque en mi niñez siempre fue un bien preciado y escaso.

Sustituí el traje y la corbata por el chándal, agarré las fichas de las que tiempo atrás se encargó un delegado, y porté las actas del partido, algo que siempre llevaron los auxiliares de mesa. Ayudé al conserje a mover las porterías de fútbol sala para que los chavales no corrieran aún más peligro al circular cerca de la línea de banda. Los chicos iban llegando y los límites del campo empezaron a estar poblados por padres, hermanos, abuelos y demás familia.

Entonces, empecé a observar que muchas cosas no habían cambiado, fue una especie de paramnesia, allí estaba yo, quince años más viejo, calvo (sin barriga, eso sí) y con canas en las sienes, recordando una vida olvidada. Alguien dijo: "Creo que no habrá árbitros", a lo que otro mejor informado respondió: "Vienen dos para el partido de los infantiles, así que, el de menor experiencia pitará a los alevines". Menos es nada, pensé.

Allí llegó el chico, joven, agradable en el trato pero de pocas palabras y con aspecto de haber sido levantado de la siesta. Obviamente no había quien hiciera la mesa y aquel, no sé si por miedo a las faltas de ortografía o por una actitud que, en algunos casos, empieza a ser inculcada desde que se inician, no se hacía cargo del bolígrafo. Así que, con resolución tomé las fichas y rellené el acta.

La perplejidad aumentó cuando me dijo que, como equipo local debía poner a su disposición un cronómetro, menos mal que me dio por llevar un reloj que tiene la capacidad de desempeñar dichas funciones porque, de lo contrario, hubiera estado peregrinando por los aledaños del campo hasta conseguir uno.

Cape, a la sazón presidente del club, se puso a los mandos de la mesa. El chico dejó jugar, aspecto que agradecí enormemente. Lo más destacable del partido fueron, nuestras pérdidas de balón y mi inusitada paciencia en una banda. Todos jugaron dos cuartos, no diré que se divirtieron, la cosa no salió como nos hubiera gustado y hubo más de uno pendiente del chaparrón que nos vino encima que de recordar cuál era el pie de pivote.

El transcurso del partido supuso la confirmación de algo que ya sabía, queda mucho trabajo por hacer, muchos detalles por corregir, muchos fundamentos que enseñar, pero sobre todo, queda lo más difícil, conseguir que entiendan que con diez años el resultado es lo menos importante, que más allá de ésto se sitúan otros muchos aspectos que llevarán anejos esos réditos que ya desde tan jóvenes persiguen. Tengo la sensación de que tendré que tirar del manual de psicología infantil para evitar la desmoralización. Espero equivocarme, pero creo que, a esas clases, deberán asistir algunos padres.


lunes, 15 de noviembre de 2010

El delito de llamar a las cosas por su nombre


Hay profesiones que viven permanentemente sometidas al escrutinio popular, esas sobre las que todos sabemos, para las que, en algunos casos, uno llega a pensar que ante tanto juicio público no hace falta preparación. Normalmente son ocupaciones sujetas a una extraordinaria presión y en las que, los errores propios o ajenos se terminan pagando.

Dentro de ese conjunto se encuentra la de entrenador, y los que hemos tenido la fortuna de dedicarnos profesionalmente a ésto, sabemos de lo que hablamos. El filo de la guadaña reluce resplandeciente en cuanto se presenta la más mínima oportunidad y el primer síntoma de debilidad. Uno es evaluado por sus conocimientos y capacidades, pero también por una serie de imponderables que, en muchas ocasiones se escapan a nuestro control. Otros, con una mayor capacidad de crítica, que no, autocrítica, lo llamarán excusas.

Hay pocos puestos de trabajo en los que el futuro resulte tan inmediato, en los que el presente sea ya pasado y en los que el tiempo que pasó forme parte, con tanta premura, de una colección de vagos recuerdos. Uno espera que la grada le juzgue, que los directivos decidan, que las aficiones contrarias escupan improperios hacía él y los suyos, que la prensa evalúe y que los resultados sentencien. Pero en ningún caso, que un "compañero" de profesión le sitúe a los pies de los caballos.

Cuando eres un tipo modesto e integro, profesional de los pies a la cabeza, currante como pocos, de esos que han hecho su camino desde abajo, sin faltar al respeto a nadie, sin empujones ni puñaladas traperas, sobreponiéndote a desgracias personales terribles, llamando a las cosas por su nombre, sin esconderse, asumiendo los errores y sin sacar pecho cuando la vida sonríe en forma de resultados; cuando eres un paisano de los pies a la cabeza. Tiene que ser muy jodido que venga un "compañero" de profesión y cuestione, ya no tu trabajo, sino, tu profesionalidad, tu deportividad y tu decencia.

Las declaraciones de Mourinho, en las que acusaba a Manolo Preciado de manipular el desarrollo de la competición por no sacar al equipo titular en el Camp Nou, suponen uno de los ejercicios más asquerosos y desleales que se hayan visto en mucho tiempo en la profesión. Tales afirmaciones situaban al entrenador cántabro en una delicada posición, ante los ojos de cualquier directiva o afición, poco puede ser peor considerado que un entrenador que no defiende los intereses de su equipo y que asume la derrota antes de salir al campo.

Preciado reaccionó como suelen hacerlo las personas que llaman al pan pan y al vino vino, esas que dicen las cosas por su nombre, como aquellos que se han revuelto una y otra vez ante las injusticias de la vida. Dijo lo que muchos piensan y ni tan siquiera se atreven a susurrar. Le llamó "canalla", a la sazón ruin, dicho de una persona de malas costumbres y procedimientos, sobre los hábitos de Mourinho no hablaré porque los desconozco, pero sus procederes, por todos conocidos, se ajustan como anillo al dedo a semejante definición.

Tras lo dicho por Manolo, unos cuantos se apresuraron a llenar páginas de periódicos y horas de radio, dijeron que se había pasado veinte pueblos, que había perdido la cabeza y que pretendía desviar la atención tras la eliminación de su equipo en la Copa del Rey, otros argumentaron que pretendía apropiarse de un protagonismo que no le correspondía, que buscaba su minuto de gloria a costa de "The special one", otros tantos llamaron a las puertas del comité antiviolencia pidiendo una sanción ejemplarizante.

Claro está, enfrente se situaba el paradigma de la deportividad, el conciliador, aquel que nunca provoca, el caballero, el que vive ajeno a la polémica y huye de la discordia, el de los sutiles comportamientos, el que sienta cátedra cada vez que habla y vive permanentemente por encima del bien y del mal. El inmortal.