martes, 23 de mayo de 2017

Cuando el baloncesto no es lo más importante


Hace unos días Jasikevicius defendió el derecho de Augusto Lima, uno de sus jugadores, a ausentarse debido a su reciente paternidad. El periodista que lo interpeló parecía no estar de acuerdo; alegando que las semifinales de liga tenían mayor importancia. Creo que existen pocas dudas de la competitividad del ex jugador lituano; más bien ninguna.

A Popovich le importa más la persona que el jugador, eso marca la línea de su reclutamiento. En los Spurs analizan el lenguaje no verbal, el comportamiento con el resto de colegas y la actitud en general. Quieren que sus jugadores se involucren en la sociedad, que no sean unos divos multimillonarios que habitan en un universo paralelo.

Steve Kerr muestra una actitud cercana con sus jugadores, bromea con Stephen Curry en los tiempos muertos, le resta importancia a sus errores en el lanzamiento (es cierto que tiene pocos días malos) mostrando una actitud relajada y cercana. Sin dramatismos ni imposturas.

Son tres buenos ejemplos, hay varias Euroligas y unos cuantos títulos de NBA en las vitrinas.

Hace años el modelo era Bobby Knight. La dureza con la que trataba a sus jugadores, la inflexibilidad que mostraba ante el error y la disciplina militar que regia en sus equipos. Hasta que un día se le terminó de ir la pelota y arrojó una silla al campo, aún no había línea de 3 puntos.

El baloncesto es algo realmente importante para muchos de nosotros, hasta el punto que nos permite comer y pagar las facturas. Pero hay decenas de aspectos trascendentales en esta vida, y el baloncesto no alcanza esa categoría. Y lo dice un pirado de esto.

Por eso hay que desdramatizar la derrota, evitar la euforia en la victoria, y ser frío en el análisis de ambas. Por eso hay que enseñar a nuestros jugadores, con nuestras reacciones, que el error forma parte del juego. Siendo nuestra obligación proporcionar herramientas que minimicen el número de los mismos y sus consecuencias. Por eso debemos acercarnos, comprender a nuestros jugadores, saber cuáles son sus miedos, sus problemas, sus metas. Sin la persona no existe el jugador.

Tenemos la obligación y el derecho de asumir nuestros fallos como entrenadores, de no ser así nunca nos ganaremos su respeto. Y sin la consideración de nuestros jugadores nunca llegaremos a ser entrenadores. Ni tan siquiera malos entrenadores.


Hace tiempo que concluí que la gestión (la buena y la mala) de un vestuario marca la diferencia. Que la confianza es bidireccional, que el respeto hay que ganárselo cada día, que solo nuestros actos dan validez a nuestro discurso y que sin los doce tipos que se visten de corto en cada entrenamiento los entrenadores no somos nada. 

domingo, 21 de mayo de 2017

Donde vayas, nunca dejes de sonreír

Peque, el miércoles amaneció lluvioso y desapacible. Como si fuera el presagio del desenlace que todos esperábamos a pesar de nuestro deseo de rebelarnos contra ello. Peque, el miércoles fue largo y triste, aunque no menos que la madrugada del jueves o los días anteriores.

Todos estos días han sido lo contrario a ti. Fueron oscuros y grises, llorosos y ausentes de esperanza. Injustos e incomprensibles. Insoportablemente dolorosos, tanto que a veces costaba respirar. Fueron días que nos gustaría desterrar de nuestra memoria para siempre. Desearíamos fingir que fue una perversa pesadilla, producto de alguna de esas películas de terror que tanto te gustaban. O uno de esos chistes malos que tanto te hacían reír.

Peque, se nos desgarra el alma con la misma fuerza que antes nos robabas una sonrisa o sentíamos el deseo de abrazarte interminablemente. Eras ese pequeño oso de peluche que todos habíamos guardado en un armario al llegar nuestra adolescencia. Eras eso y un millón de cosas más: inteligencia, ingenio, bondad, curiosidad, sencillez, dulzura, ingenuidad, talento, generosidad, independencia... Fuiste eso y decenas de adjetivos. Nunca he conocido a nadie que fuera capaz de reírse así de sí mismo. Y nunca se supo de una heroína cuyo mayor súper poder fuese ser súper lenta.

Peque, estos días han sido una auténtica puta mierda, ni imaginas cuánto. Pero también fueron días en los que nos sentimos extrañamente reconfortados. Ni te figuras la cantidad de amigos que vinieron a despedirse de ti, llegaron un montón de ellos desde Irlanda y muchos más de otras partes de España. Lloraron de pena, pero al final terminaron haciéndolo de risa recordando las miles de anécdotas graciosas vividas contigo. No te haces una idea de todos los mensajes que han escrito en el muro de tu Facebook, palabras cargadas de sentimiento escritas por gente a la que hiciste sentir especial.


Se va a hacer duro, Peque. Te vamos a extrañar cada día, te vamos a echar mucho en falta; por eso me he propuesto una cosa: nunca hablar de ti en pasado, imaginando que te has ido a vivir muy lejos. Tanto que nos resulte imposible visitarte, pero lo suficientemente cerca como para continuar hablando de ti en presente. Te quiero mucho, cuñada. 

martes, 2 de mayo de 2017

Ser entrenador en el extranjero

Tengo un íntimo amigo que siempre me dice que los entrenadores necesitamos una camisa de fuerza. Que somos unos locos indomables y que, por más palos que pongan en nuestras ruedas y por más hostias que nos de la vida, perseguimos nuestros sueños hasta las últimas consecuencias.

Probablemente sea así. Y seguramente resulte difícil de entender para alguien ajeno a la profesión. Estamos dispuestos a embarcarnos en aventuras de tránsito incierto. Robamos horas, casi siempre por voluntad propia, a nuestras familias. Incluso les despojamos de la convivencia, yendo a entrenar a remotos lugares, lo que nos obliga a hacer funambulismos que no siempre tienen red.

Entrenar en España, aunque sea lejos, con frecuencia proporciona un cierto margen. Algún partido que se juega cerca y concede una escala; aunque sea breve. O buenas combinaciones que permiten alguna que otra visita.

Entrenar en el extranjero es otra cosa: nos empuja a lo desconocido. Nos lleva a escarbar en rincones escondidos de nuestra mente. Pone nuestra fuerza de voluntad al límite. Nos obliga a abrir aún más los poros, a empaparnos de cuanto nos rodea, a mimetizarnos con el medio para ser uno más lo antes posible. Resulta primordial dejar ser un extraño. O mejor aún, dejar de sentirse como tal para comportarse como uno mismo.

Antes los entrenadores españoles no salíamos al extranjero. Como todo el mundo, tengo mi teoría: llegó a haber cuatro ligas, tres de ellas completamente profesionales y otra, como la LEB Bronce, casi en su totalidad; lo que significaba un número de puestos de trabajo que hoy no existen. Los contratos de aquellas épocas distaban mucho de los de ahora. Y hoy se apuesta más por los entrenadores de la "casa"; lo cual me parece estupendo, dicho sea de paso.

Esas circunstancias nos han empujado a muchos a salir a buscarnos la vida fuera de nuestras fronteras. Y la generación del ´80 nos abrió las puertas. Se dice de nosotros que somos los yugoslavos de antes; hay entrenadores españoles en cualquier parte del globo. Y la gran mayoría con éxito.

Como muchas otras profesiones, ser entrenador no es algo fácil. Pero hacerlo en otro país: con un idioma diferente, con distintas costumbres o con estilos de juego que poco o nada tienen que ver con los que aquí, eleva el reto a la categoría de desafío.

Por otro lado, todas estas circunstancias que podrían convertirse en un obstáculo, deben transformarse en algo estimulante que nos permita crecer a nivel personal y profesional. De no ser así, no habrá otro resultado que el fracaso.


                                                                                        Publicado el 2-6-17 en zonadebasquet.com

sábado, 8 de abril de 2017

Se acabó

Se acabó. Se terminó la temporada más dura de mi vida, el reto más complicado que jamás haya afrontado. Por el camino perdí a un buen amigo, gané a una prima. Conocí una nueva competición, gente fantástica, otra cultura, diferentes ciudades y formas de vivir. Sufrí, lloré como hacía tiempo. Me reí varias decenas de veces y bromeé, aún más de lo habitual, para mitigar el dolor. Crecí como entrenador, aunque seguramente más como persona. Porque estos siete meses se convirtieron en una experiencia de vida. Con sus luces y sus sombras, resultará una etapa que me marcará para siempre.

Aún así tuve suerte, mucha. Encontré a dos personas fantásticas, como Jordi Juste y Miguel Sousa, que contribuyeron a que los días fueran más soportables. Sin ellos no hubiera sido posible. Me topé con un vestuario lleno de tipos magníficos que resultaron ser el compromiso personificado. Otro equipo, con todo lo que hemos vivido (el fallecimiento de Raúl, el diagnóstico de esclerosis múltiple de Daniel, la retirada definitiva de Wictor debido a una lesión inoperable o la peritonitis de Karim a tres semanas de empezar los play off) se hubiera desintegrado. Gracias, chicos, ha sido un privilegio entrenaros.

Tuve suerte porque me encontré un club limitado de recursos pero con un corazón de Euroliga. Así lo sentí al ver el comportamiento que tuvieron con Raúl y su familia. Descubrí a un presidente que, junto con su mujer, me trató como a un hijo. A un tipo como Uffe que me apoyó sin concesiones. O a alguien como Anna que no permite que nada sea fruto del azar. Suele pasar cuando la capacidad de trabajo tiende a infinito. Son muchos a los que hay que estar agradecidos, tantos que resulta imposible nombrarlos a todos.

Vi a mi mujer dos días en todo este tiempo, los que me escapé en Navidad para llenar de vida los pulmones, el corazón y el cerebro. A pesar de ello, seguro que todo esto mereció la pena; siempre merece la pena. Así somos los entrenadores, unos locos absolutamente incorregibles.


Hace tiempo que dejé de soñar con el futuro, me agarro al hoy, a lo inmediato. Y trato de tener presente la volatilidad de la vida y de la profesión. Nadie puede predecir el mañana, aunque sé que una parte de mi corazón siempre se quedará aquí, en Nässjö; con Raúl.