domingo, 26 de febrero de 2017

Joaquín, muchas gracias

Probablemente estemos cansados de llegar tarde, hartos de dejar de reconocer los méritos de los que están a nuestro alrededor porque imaginamos que hay cosas que se dan por sabidas. Tenemos la mala costumbre de dejarlo todo para el final, el hábito debería ser una excepción. Imagino que por eso, y porque se lo merece, Joaquín Rodríguez ha recibido tantos reconocimientos a lo largo de los últimos días.

El baloncesto leonés no se entendería sin la inestimable aportación de Joaquín Rodríguez. Lo fue todo en el Elosúa, primero, y después en Baloncesto León: delegado, director deportivo, gerente y presidente. Su gran especialidad ha sido comerse y solucionar los marrones de otros. Día tras día, año tras año. Nunca una mala palabra, siempre con una sonrisa en la cara.

Joaquín siempre ha sido muy prudente; vale más por lo que calla que por lo que dice. Hay cantidad de cosas que no se pueden contar; y hoy él solo recuerda los buenos momentos y la cantidad de amigos que ha hecho gracias al baloncesto. Es lo que le suele pasar a las buenas personas. El otro día, en una entrevista, decía que se sentía en deuda con nuestro deporte. Que este le había dado mucho más de lo que él había aportado. Pepe Estrada, que nunca se ha mordido la lengua, precisó que ni un diez por ciento. No puedo estar más de acuerdo.

Muchos de nosotros lamentamos que, aunque ahora se reconozca, en cierto modo, su valía; todos aquellos que le prometieron tanto para que continuara solucionando sus problemas, no se acordaran de él cuando lo necesitó. Seguro que cometió un buen número de errores, es el precio que tiene tomar decisiones. Pero Joaquín siempre puso por delante los intereses de Baloncesto León aunque fuera en perjuicio propio. Podría poner un sinfín de ejemplos.


Joaco, muchas gracias por todos estos años. Es imposible que podamos devolverte la mitad de los que nos has dado. Espero que tengas tanta suerte como mereces. 

viernes, 24 de febrero de 2017

Algo se nos va con Ranieri

No sigo apenas el fútbol, me importa poco quién gane la liga o quién descienda. Hace bastantes años que dejé de sentir interés por él. Más allá de la trascendencia que tienen algunos entrenadores, en los cuales trato de fijarme con el propósito de mejorar, vivo bastante al margen de lo que sucede en ese universo.

A pesar de ello, la temporada pasada sentí una gran curiosidad, incluso atracción, por conocer el desenlace final de la Premier. Imagino que, como muchos otros, motivado por el deseo de que el Leicester ganara el campeonato.

Claudio Ranieri siempre me ha resultado simpático, ignoro si es un buen entrenador; básicamente porque no entiendo nada de fútbol. Pero la impresión es que su currículum no está al alcance de muchos. Entiendo que la gran mayoría de los entrenadores modestos deseábamos el triunfo de su equipo.

Supongo que Ranieri tenía un poco de todos nosotros. El sueño de conseguir un título con un equipo humilde en una competición tan sumamente competitiva como la Premier. Donde la cartera apenas deja espacio a la épica.

La trayectoria de Ranieri hace suponer que sus cuentas están saneadas, y más aún cuando el año pasado renovó por cuatro temporadas. Pero las consecuencias de su despido transcienden más allá de lo mercantil del negocio. El mensaje es que la hazaña, la proeza, lo idílico y poético del deporte no cuenta. Eres tan bueno o tan malo como tu último resultado. El proceso es una mentira cargada de cinismo.


Con su destitución dejamos de albergar cualquier tipo de esperanza; si es que la había. Hoy todos los entrenadores deberíamos sentirnos un poco Ranieri. 

martes, 14 de febrero de 2017

Sin patadas

Crecí en el patio de un colegio jugando al baloncesto cada día. Ya podía llover, nevar o hacer una rasca de mil demonios. Si en León tienes que esperar a que haga buen tiempo para salir al patio, estás apañado.

Aquel suelo de cemento despellejaba a todo aquel que se caía, poca misericordia existía cuando la gravedad no estaba de tu parte. Los balones no eran una excepción, se veían erosionados por tanto bote y desgastados de tanto frío. Los usados eran los que más gustaban, por cierto. Teníamos uno para cada cuatro; quizás, con suerte, uno por pareja. Y los cuidábamos mejor que si fueran nuestros. Entonces no lo sabíamos, pero así era.

Jamás les dábamos una patada, para eso estaban los de fútbol. Ya se ahuevaban con suficiente facilidad como para andar tentando a la suerte. Los contábamos antes de salir de la “balonera” y no faltaba ni uno al llevarlos de vuelta. Eso sí, recuerdo aprovechar más de un viaje que nos permitió aumentar la familia. En San Claudio siempre fuimos mucho de optimizar recursos.

Desde aquella época tengo obsesión por los balones sueltos, aquellos que no se guardan debidamente y corren el riesgo de perderse. La mayoría de edad me llevo a no traer a casa nada que no fuera mío. Incluso, cuando hacemos tiro la mañana del partido en la pista contraria, al acabar, recojo los que quedan desperdigados. Me incomoda que no vuelvan a su sitio; seguramente sea algún tipo de trauma no resuelto.

Pero hay una cosa que me encabrona sobre manera, y es que se le den patadas a los balones de baloncesto. Ya sea por no agacharte para pasárselo a un compañero o porque decides descargar la frustración con él. Se ve que muchos no se criaron en un patio ni tuvieron que compartir un balón con otros tres compañeros. Los pabellones y el cuero han hecho mucho daño. Tanto como para no saber apreciar el valor de las cosas, aunque sea el de un simple balón.  


Así que, no le deis ni una mísera patada a un balón de baloncesto; sino cambiaros de deporte.

jueves, 9 de febrero de 2017

Cosas que no explican los libros

Cuando fiché por Nässjö, fue la primera vez en mi vida que firmé un contrato con tristeza. Por el contrario, albergaba la esperanza de irme muy feliz antes de terminar la temporada. Desgraciadamente, no ha sido así y tendré que quedarme aquí hasta el final. Y no porque me desagrade la ciudad, el equipo, el club o la liga, muy al contrario. Sino porque aborrezco las circunstancias que me trajeron hasta aquí y, aún más, las que me obligan a quedarme.

Está resultando ser, con mucha diferencia, la temporada más dura de mi vida. En ningún libro te explican cómo gestionar algo así. Llegué una semana antes de comenzar la liga, por no conocer, no sabía ni el nombre de mis jugadores. Aún menos cómo jugaba cada uno de ellos, ni tampoco el equipo del que me iba a encargar después de que hubiera tenido siete semanas de pretemporada. De la competición mejor ni hablamos.

Aprendí a la carrera cuanto pude y traté de estorbar lo menos posible. Después no supe si mantener lo que había y hacerlo crecer; o simplemente dejarlo estar. Pero claro, un equipo es un ser vivo y debe seguir desarrollándose. Entonces introduje algunos detalles, especialmente en defensa. Y con el paso de las semanas me vi en la obligación de proporcionar al equipo más herramientas ofensivas. Aunque continuaba sin ser yo. Estaba ahí, hablaba, entrenaba y dirigía. Pero seguía sin saber cómo debía manejar todo aquello.

Me sentía como un intruso, usurpando la personalidad de otro, pensaba con frecuencia que este no era mi lugar y no sabía cómo me percibían los jugadores. Y mientras tanto, veía a mi amigo un día bien y otro mal. Aunque siempre queriendo recuperarse, sin que su ánimo flaqueara. Porque era un fuera de serie, alguien digno de admiración.

Hasta que llega un día que las circunstancias te obligan a ser tú mismo. Entonces, a finales de noviembre decidí dejar de mirar atrás y equivocarme o acertar con todas las consecuencias. Aquella postura no me ayudaba a mí ni al equipo.

Hasta que la semana pasada viví los días más duros de mi vida. Horas cargadas de tristeza y rabia; por la pérdida y por la injusticia.

Y la vida siguió, en apariencia, como si tal cosa. Y el mismo día que Raúl falleció tuvimos que jugar; quien no haya pasado por una experiencia semejante jamás sabrá lo que esta significa. Y jodidos, destrozados por dentro, con las lágrimas rasgando nuestros ojos y nuestras cabezas intentando luchar contra todos aquellos sentimientos, fuimos más equipo que nunca. Perdimos, pero fuimos lo que Raúl hubiera querido que fuésemos. Y jamás les podré agradecer a esos doce tíos, a Jordi y a Miguel el comportamiento que tuvieron aquel día y en los meses anteriores. Como tampoco existen palabras para agradecer al club cómo se ha portado con Raúl y su familia durante estos meses. 


Lo que está por llegar tampoco está escrito en los libros. Nadie me explicó en el curso de entrenadores cómo gestionarlo. Pero si aquel día no nos rompimos, tengo serías dudas de que vayamos a hacerlo.