martes, 7 de marzo de 2017

El camino, la victoria y la derrota

No nos preparan para la derrota, tampoco para la frustración. Se nos muestra el éxito como el único destino posible cuando no es cierto. Nadie nos explica cómo digerir el fracaso, cómo aprender de él, cómo crecer aunque duela. Pocos son los que asumen que instruye más la derrota que media docena de victorias. Aunque el necio es el único que cree aprender más de los triunfos.

Cada cual quiere ser el número uno en lo suyo; y no hay que ser muy listo para saber que únicamente hay uno que disfruta de esa condición. La cual no es eterna, ni mucho menos. La volatilidad es la sustancia con la que se fabrica el deporte.

Para que gane LeBron tiene que perder Curry, para que triunfe Messi debe fracasar Cristiano o para que Federer ganase en Australia tuvo que no hacerlo Nadal. ¿Qué hubiera sido de Bugno si no hubiese existido Indurain?, ¿Cómo de grande hubiera sido Senna si a Prost le hubiese dado por pintar cuadros? Karpov no tendría sentido sin Kasparov, ni Larry Bird sin Magic Johnson, ni Bilardo sin Menotti, ni Tom Brady sin Payton Manning, ni Ben Johnson sin Carl Lewis, ni quizás Ali sin Frazier.

La sucesión de antagonismos es infinita y elocuente en el deporte. Uno gana y otro pierde. Y somos más los que probamos con mayor frecuencia el amargo sabor de la derrota, y no por ello somos unos fracasados. Dijo un día Bielsa: “No permitan que la derrota deteriore su autoestima. Lo importante es la dignidad con que se recorre el camino”.


Por eso el proceso importa; porque andar el camino es la esencia. La meta es la consecuencia del tránsito; a pesar de no llegar los primeros aunque hayamos trabajado como los que más para lograrlo. No permitamos que nadie nos diga que hemos fracasado porque no hemos ganado; porque no terminemos los primeros. Y aprendamos de todos esos días en los que salimos derrotados para acumular los conocimientos que nos lleven a triunfar, a sabiendas de que un día dejaremos de hacerlo. 

martes, 28 de febrero de 2017

Los árbitros también son personas

San Claudio siempre fue territorio comanche para los árbitros. Allí sufrían todo tipo de perrerías. Incluso recuerdo una época en la que se negaron a ir a pitar nuestros partidos como locales. Ya he dicho en más de una ocasión que desprecio profundamente aquella época adolescente en la que ellos eran los enemigos y todo se terminaba convirtiendo en algo personal.

Con el paso de los años mi visión sobre ellos ha ido cambiando, al día de hoy me precio de ser amigo de unos cuantos. Y me jacto de ser el único entrenador que acudió a la boda de un árbitro de la LEB; en la que me arrinconaron en una mesa redonda (ya es difícil), entre cinco o seis, y en la que salí airoso gracias al inestimable apoyo de mi mujer.

Bromas aparte, toca una reflexión después de la Copa del Rey de baloncesto y el campo atrás. También tras los pines y los bolígrafos que recibieron en el Estadio de la Cerámica por parte del Real Madrid.

Siempre he creído en la imparcialidad de los árbitros. Y siempre he dicho que el día que deje de hacerlo, me iré para mi casa y me dedicaré a otra cosa. Hay árbitros para todos los gustos: buenos y malos, humildes y arrogantes, modestos y pretenciosos, profesionales y amateurs, con criterio o sin él, influenciables o no. Hay árbitros que caen bien, otros que caen realmente mal y alguno más que deja indiferente. Como hay entrenadores, jugadores, ingenieros, albañiles, periodistas, tenderos o encofradores que tienen las mismas virtudes o defectos que ellos. Es algo relativamente común en las personas.

Ser árbitro tiene que ser bien jodido. Y cuanto más arriba están, mayor es la repercusión de sus decisiones y más grande la presión a la que se ven sometidos. En baloncesto hay algunos árbitros que no me caen bien y otros a los que no encuentro capacitados para llevar un partido con ciertas garantías. Seguro que más de un aficionado, incluso de mi equipo, tiene la misma impresión sobre mí. Completamente legítimo, resulta imposible sentir simpatía por todo el mundo y caerle en gracia a todo aquel con el que te cruzas.

Ahora bien, el respeto de los unos hacia los otros, en ambas direcciones, es una línea marcada a fuego que ninguno debería traspasar. Siempre he pensado que los profesionales tenemos gran influencia con nuestros comportamientos. Y no voy a negar que a veces haya sentido tanta impotencia y rabia que he tenido que contar hasta diez para controlar mis reacciones.


Todo comienza con la educación; pero también con la capacidad de cada uno de nosotros para estar lo mejor preparado posible en el momento de desempeñar nuestro trabajo. 

domingo, 26 de febrero de 2017

Joaquín, muchas gracias

Probablemente estemos cansados de llegar tarde, hartos de dejar de reconocer los méritos de los que están a nuestro alrededor porque imaginamos que hay cosas que se dan por sabidas. Tenemos la mala costumbre de dejarlo todo para el final, el hábito debería ser una excepción. Imagino que por eso, y porque se lo merece, Joaquín Rodríguez ha recibido tantos reconocimientos a lo largo de los últimos días.

El baloncesto leonés no se entendería sin la inestimable aportación de Joaquín Rodríguez. Lo fue todo en el Elosúa, primero, y después en Baloncesto León: delegado, director deportivo, gerente y presidente. Su gran especialidad ha sido comerse y solucionar los marrones de otros. Día tras día, año tras año. Nunca una mala palabra, siempre con una sonrisa en la cara.

Joaquín siempre ha sido muy prudente; vale más por lo que calla que por lo que dice. Hay cantidad de cosas que no se pueden contar; y hoy él solo recuerda los buenos momentos y la cantidad de amigos que ha hecho gracias al baloncesto. Es lo que le suele pasar a las buenas personas. El otro día, en una entrevista, decía que se sentía en deuda con nuestro deporte. Que este le había dado mucho más de lo que él había aportado. Pepe Estrada, que nunca se ha mordido la lengua, precisó que ni un diez por ciento. No puedo estar más de acuerdo.

Muchos de nosotros lamentamos que, aunque ahora se reconozca, en cierto modo, su valía; todos aquellos que le prometieron tanto para que continuara solucionando sus problemas, no se acordaran de él cuando lo necesitó. Seguro que cometió un buen número de errores, es el precio que tiene tomar decisiones. Pero Joaquín siempre puso por delante los intereses de Baloncesto León aunque fuera en perjuicio propio. Podría poner un sinfín de ejemplos.


Joaco, muchas gracias por todos estos años. Es imposible que podamos devolverte la mitad de los que nos has dado. Espero que tengas tanta suerte como mereces. 

viernes, 24 de febrero de 2017

Algo se nos va con Ranieri

No sigo apenas el fútbol, me importa poco quién gane la liga o quién descienda. Hace bastantes años que dejé de sentir interés por él. Más allá de la trascendencia que tienen algunos entrenadores, en los cuales trato de fijarme con el propósito de mejorar, vivo bastante al margen de lo que sucede en ese universo.

A pesar de ello, la temporada pasada sentí una gran curiosidad, incluso atracción, por conocer el desenlace final de la Premier. Imagino que, como muchos otros, motivado por el deseo de que el Leicester ganara el campeonato.

Claudio Ranieri siempre me ha resultado simpático, ignoro si es un buen entrenador; básicamente porque no entiendo nada de fútbol. Pero la impresión es que su currículum no está al alcance de muchos. Entiendo que la gran mayoría de los entrenadores modestos deseábamos el triunfo de su equipo.

Supongo que Ranieri tenía un poco de todos nosotros. El sueño de conseguir un título con un equipo humilde en una competición tan sumamente competitiva como la Premier. Donde la cartera apenas deja espacio a la épica.

La trayectoria de Ranieri hace suponer que sus cuentas están saneadas, y más aún cuando el año pasado renovó por cuatro temporadas. Pero las consecuencias de su despido transcienden más allá de lo mercantil del negocio. El mensaje es que la hazaña, la proeza, lo idílico y poético del deporte no cuenta. Eres tan bueno o tan malo como tu último resultado. El proceso es una mentira cargada de cinismo.


Con su destitución dejamos de albergar cualquier tipo de esperanza; si es que la había. Hoy todos los entrenadores deberíamos sentirnos un poco Ranieri.