Aquel
fue un sentimiento contradictorio, gobernado en su totalidad por el corazón y
desbrozado por la rabia y el alivio. Fue como una de esas sentencias de muerte
que no están dictadas pero a las que se ve venir. Más aún cuando uno lleva
varias estocadas en el cuerpo, cuando no hizo falta ni tan siquiera doblar la
esquina para sentirse traicionado y cuando el argumento se tornó en algo
personal y mantuvo alejado en un extremo cualquier razonamiento profesional.
Aquello
ocurrió hace mucho tiempo, tanto, que incluso he conseguido mantenerlo aislado
en el trastero de mi memoria. Desgraciadamente, todos los años, y sin excepción,
alguien derriba la puerta a patadas y libera aquel recuerdo con el rostro de
otro compañero en lugar del mío.
No
puedo evitar traer a mi memoria aquellos días del mes de noviembre de 2003 cada
vez que cesan a un entrenador, cuando uno lo ha vivido en primera persona se ve
invadido por una empatía difícil de describir. Ajeno quizás a un sentimiento
corporativista que no existe en esta profesión. Porque el mercado cada día es
más escaso y porque para que unos trabajen deben dejar de hacerlo otros.
También
recuerdo de aquella época dos frases perfectamente traídas para la ocasión: “La
cuerda siempre se rompe por el mismo lado” y “Ahora ya eres entrenador”. La primera
es una de aquellas frases hechas que, por un lado lo resume todo y, por el
contrario, con el paso del tiempo ha perdido su verdadera fuerza y significado.
La
otra es absolutamente despreciable, mezquina, repudiable, vomitiva y asquerosa.
Mucho más aún, si quien te la dice es la persona que se supone debe defender
tus intereses profesionales, es decir, tu agente. Yo ya era entrenador antes de
aquello, como todos a los que alguna vez han cesado. Del mismo modo, ¿eso
quiero decir que todos aquellos a los que no han cesado no se les puede
considerar entrenadores?
Ahora
que nos creemos tan cerca del baloncesto USA, hoy que pensamos que ellos
inventaron el baloncesto pero el primer balón lo cosimos nosotros, no estaría
demás poner algunos ejemplos de cómo funciona el asunto de los entrenadores por
aquellos lares. Vayan dos aspectos por delante, la idea de negocio que tienen
ellos está a años luz de la nuestra (lo que hace aún más incomprensible alguna
decisiones que aquí se toman) y siempre hay excepciones en cuanto a
entrenadores efímeros.
NBA:
Phil Jackson, 9 años en los Bulls y 11 en los Lakers en dos etapas. Jerry
Sloan, 23 años en Utah Jazz. Gregg Popovich, 15 años en los Spurs y sigue, al
igual que Glenn Doc Rivers 7 años en los Celtics. George Karl, 6 en Seattle, 5
en Milwaukee y 6 en Denver, donde continúa.
También
podemos hablar de la NCAA, donde poseen mayores medios y presupuesto que el
100% de los equipos en LEB Oro y que la mayoría de ACB. Mike Krzyzewski 31 años
en Duke, Tom Izzo, 16 en Michigan State, Rick Pitino 10 en Louisville o Rick Majerus,
15 años en Utah; los tres primeros siguen sus carreras en sus respectivas universidades.
Podría
seguir escribiendo sobre decenas de ejemplos en el baloncesto, fútbol
americano, beisbol, etc. Aquí, por el contrario, solamente podemos asirnos a la
experiencia de Ivanovic en sus 8 años en Vitoria (dos etapas), las mismas que
llevan Jesús Sala y Alejandro Martínez en Logroño y Canarias respectivamente.
Todos
los entrenadores saben que el despido forma parte de la profesión, que las
maletas no se deben bajar al trastero por miedo a necesitarlas en el momento
más insospechado, que están de paso y nunca para quedarse, que el éxito es
efímero, que la silla en la que se sientan tiene tres patas y que son tan
buenos o tan malos como su último resultado. Lo saben, lo aceptan y asumen ese
riesgo, pero eso que ya se ha convertido en norma queda lejos de ser lo necesario
en la mayoría de los casos.